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Un hecho notado desde las primeras observaciones es que las manchas no se presentan indistintamente en cualquier parte del disco. Pre

E

Movimiento aparente de las manchas del borde oriental al occidental

séntanse aquéllas principalmente en dos zonas, una á cada lado del Ecuador, y comprendidas entre los 10 y los 30° de latitud. En el Ecuador son raras las que se presentan, y aún son menos las que se observan más allá de los 35°, y sólo

una se registra que haya aparecido á más de 45° del Ecuador: la observada por Peters en 1846.

Era sabido que el número de manchas era distinto de una época ú otra; pero que esta variación en el número tenía un período regular no se descubrió hasta el año de 1851, en el que Schwabe publicó el resultado de veinticinco años de observaciones propias. Wolf, llevando en cuenta un número inmenso de observaciones, halló que el valor medio de este período era 11,111 años, ó aproximadamente 11 años y un mes. La variación de la frecuencia de las manchas en este período no es uniforme, pues del mínimo al máximo siguiente hay un intervalo de 4 1/2 años, y del máximo al mínimo que le sigue pasan 6,6 años.

Además de estas manchas obscuras de que nos hemos ocupado, se obervan en el Sol otras manchas brillantes que se llaman fáculas. Existen, en efecto, porciones de la superficie solar de brillo más intenso que la que le rodea; y aunque este accidente se manifiesta en todo el disco solar, descúbrense las fáculas principalmente en los bordes del disco y más aún en las inmediaciones de las manchas. Tan estrecha relación existe entre manchas y fáculas, que es frecuente

Fácula alrededor de la penumbra

ver aparecer fáculas allí donde se ha borrado una mancha, y también el que se desarrollen nnevas manchas en las fáculas. Las fáculas que acompañan las manchas preséntanse en los bordes exteriores de la penumbra, y experimentan, como éstas, grandes variaciones en su forma. Es ésta algunas veces la de canales ó regueros convergentes que dominan en los contornos de la mancha y semejan arroyos brillantes. Las fáculas que se presentan aisladas de las manchas cambian muy lentamente de forma y posición, y á veces persisten varios días sin experimentar aparentemente alteraciones.

Cuando en el momento de un eclipse total de Sol el disco de la Luna pasa por delante del disco solar tapándolo poco á poco hasta llegar á ocultarlo por completo, revélanse al astrónomo fenómenos notables, pues durante la corta duración de la totalidad del eclipse, principalmente por la obscuridad de la noche que se produce, ofrece condiciones favorabilísimas para la observación y estudio de la porción del cielo inmediata al contorno de la Luna y del Sol.

El primer fenómeno que se observa es la auréola luminosa de que aparece rodeado el disco de la Luna. Consiste esta auréola en un resplandor ordinariamente blanco, bastante vivo junto al contorno lunar, pero cada vez más débil á medida que se consideran puntos más distantes de este contorno lunar, hasta desvanecerse por completo á una distancia que algunas veces llega á valer el diámetro solar. En ciertos casos despréndense de la corona, que así se llama este fenómeno, rayos luminosos desiguales, irregularmente distribuídos en su contorno, dándole el aspecto de una gloria.

Otro fenómeno no menos curioso es el de las llamadas protuberancias, que consiste en unas manchas de tinte rojizo ó rosáceo, de formas y dimensiones muy variadas, contiguas al borde del disco lunar ó muy próximas á él, unas completamente aisladas y otras como sustentadas ó apoyadas en la superficie del Sol.

La corona se ve á simple vista, y es conocida de antiguo; pero las protuberancias difícilmente se ven sin el auxilio de un anteojo, y no se han estudiado seriamente sino desde el eclipse de

1842, desde cuya época también la corona ha sido más detenidamente examinada.

Por la inspección ocular con auxilio de los anteojos y las pruebas fotográficas efectuadas durante los eclipses, y principalmente el de 1860, se ha llegado á las conclusiones siguientes respecto de las protuberancias, formuladas por el P. Secchi:

1.a Las protuberancias no son meras ilusiones ópticas ó efectos de difracción ó espejismo, sino fenómenos reales que tienen lugar en el Sol. La aparición progresiva de las diferentes partes de una protuberancia á medida que la Luna cruza por delante del Sol evidencia esto.

2. Las protuberancias son aglomeraciones de materia luminosa de gran poder iluminante y notable actividad fotográfica. Esta actividad es tan grande que muchas de ellas no han podido ser observadas directamente, ni aun con muy buenos instrumentos, debido sin duda á que no emitían rayos luminosos sino en débil proporción, predominando casi en absoluto los rayos químicos en sus radiaciones.

3. Algunas protuberancias se hallan suspensas y aisladas como las nubes en nuestra atmósfera. Estas generalmente cambian de forma, pero su variación es tan gradual que no se hace sensible en menos de diez minutos.

4. Además de las protuberancias existe una capa de materia de igual naturaleza que envuelve al Sol por todas partes, y de ella proceden y arrancan las protuberancias, pues éstas no son sino masas de la misma que se elevan sobre el nivel general, ó que se desprenden completamente de ella. Algunas de ellas se asemejan al humo que sale de las chimeneas ó de los cráteres de los volcanes, que cuando llega á cierta altu ra, obedeciendo á la acción de los vientos, se inclina horizontalmente.

5. El número de protuberancias es muy grande. Observado el Sol á través de un anteojo en el momento de un eclipse aparece rodeado de llamas, en tan gran número que casi no se pueden contar. Este número de protuberancias es, sin embargo, variable.

6. La altura de las protuberancias es muy considerable, sobre todo teniendo en cuenta la

parte de las mismas que la Luna oculta. Protuberancias se han observado de tres minutos de altura, lo que indica una altura real de más de 10 veces el diámetro terrestre.

Los estudios efectuados con el espectroscopio desde el eclipse de 1868, y principalmente el descubrimiento hecho casi simultáneamente y con completa independencia por Janssen y Lockyer, en virtud del cual la observación de las protuberancias pudo hacerse en cualquier momento, sin esperar, como antes, á que el Sol estuviera eclipsado, han completado el conocimiento de las protuberancias hasta llegar á su composición química.

Con un anteojo de 10 centímetros de abertura por lo menos, montado ecuatorialmente, y un espectroscopio de un poder dispersivo que no sea inferior al de cinco ó seis prismas ordinarios, se tienen los elementos precisos para el estudio de las protuberancias y capa rojiza ó cromoesfera de donde proceden. Este estudio puede concretarse al estudio del espectro usando el instrumento con abertura estrecha, ó al examen de la forma ó modificaciones de las protuberancias empleando en tal caso el espectroscopio con abertura ancha. Uno y otro estudio podrán ser más completos si se emplean anteojos de grandes dimensiones y espectroscopios especiales de gran poder dispersivo, como son los que se emplean en los Observatorios.

El número de protuberancias que se descubren en un momento dado en toda la circunferencia solar es variable, y las de magnitud considerable nunca es muy grande. Dicha variación sigue una ley análoga á la de las manchas solares, aunque nunca disminuyen las protuberancias tanto como las manchas.

Su distribución en la superficie solar es también en cierto modo semejante á la de las man. chas, si bien conviene señalar algunas diferen. cias. Mientras que las manchas no se presentan en latitudes superiores á 40° y su máxima corres. ponde á la latitud de 20°, tanto en uno como en otro hemisferio, las protuberancias, aunque son más numerosas donde las manchas abundan más, no desaparecen desde los 40° de latitud, sino que se presentan hasta en los polos, y de 60 á 75° de latitud adquiere su número un máximo relativo.

Cuando una mancha llega al borde del Sol, descúbrense rodeándola numerosas protuberancias. También con las fáculas ha puesto la observación de manifiesto estrecha relación de las mismas.

Las protuberancias difieren mucho en magnitud. Aunque la mayoría no llega á un minuto, ó unos 56000 kms., no se considera como verdadera protuberancia la que no llega á alcanzar 15 ó 20", y se han observado de 7' y hasta de 13. La extensión superficial sobre que se extiende una protuberancia está en proporción con su altura. En su forma y estructura las protuberancias no difieren menos que en su magnitud. Dos clases principales se establecen por todos los observadores: las tranquilas y las eruptivas. Las pri meras se pueden comparar con toda exactitud, en cuanto á su forma y contextura, á las nubes terrestres, ofreciendo la misma variedad que éstas. Las segundas consisten ordinariamente en llamaradas o chorros brillantes que cambian de forma y brillo con gran rapidez.

El fenómeno de la corona es más perceptible que el de las protuberancias, como que se descubre a simple vista, y descripciones de él tenemos hechas por Filostrato y Plutarco, pero en cambio la observación se reduce á los cortos momen tos de un eclipse. Por otra parte, el carácter del fenómeno no consiente observaciones precisas y bien definidas; porque ligeras diferencias en la transparencia del aire atmosférico, la sensibili dad del ojo del observador, la imaginación de éste, que no puede permanecer pasiva ante espectáculo tan espléndido, y otras muchas circunstancias, hacen que las observaciones y dibujos de dos observadores que han visto el fenómeno casi uno junto á otro discrepen notablemente. Y si las indicaciones que permiten las impresiones oculares deben hacerse con mucha cautela, tampoco las pruebas fotográficas están exentas de toda inseguridad, pues una ligera diferencia en la sensibilidad de la placa, la mayor o menor exposición, los diferentes procedimientos en el revelador y obtención de positivas, puede dar lugar á notables diferencias en los resultados.

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De aquí y de las distintas apariencias del fenómeno nace la extraordinaria variedad que se observa en los distintos dibujos que de la corona se dan en los libros y periódicos.

Las dimensiones, brillo y estructura de la corona varía mucho de un eclipse á otro, pero en general redúcese, según hemos dicho, á una nebulosidad blanca que rodea la Luna, de la que parten radiaciones luminosas de longitud desigual en los diferentes puntos y como agrupadas en penachos más ó menos simétricamente.

La iluminación producida por la corona es bastante más fuerte que la de la Luna llena, y en la mayoría de los casos es bastante intensa para que con ella se pueda leer. En esto, como en todo, de un eclipse á otro hay grandes diferencias, y esta variabilidad hace sospechar algu na periodicidad en el desarrollo de la corona, indudablemente relacionada con la periodicidad de las manchas; la deficencia de las observaciones, pues éstas se reducen al momento de un eclipse, impiden comprobar esta correlación.

En el examen físico del Sol, el aparato que proporciona datos más interesantes y sorprendentes es indudablemente el espectroscopio; desde que se aplicó este aparato al análisis de las radiaciones solares es desde cuando empezó á conocerse la estructura y composición química del astro del día. En los artículos ESPECTRO, ESPECTROSCOPIO Y ANÁLISIS ESPECTRAL quedan expuestos los principios fundamentales de este método, descritos los aparatos que se emplean y apuntados algunos datos referentes al análisis espectral del Sol. Nos concretaremos aquí á dar algunos resultados que completen lo dicho allí. Si se enfila la mira ó abertura del espectroscopio á una mancha de manera que cruce la pe numbra y núcleo y rebase hasta la parte luminosa ó brillante, se verán superpuestos los espectros de estas tres regiones del astro. La mayor parte de las líneas obscuras del espectro normal del Sol no sufren modificación alguna en las diferentes regiones de la mancha, pero otras se ensanchan y se presentan más obscuras y peor definidas en la porción correspondiente á la penumbra, que es una zona más pálida que la del espectro ordinario, y aun se ensanchan más en la porción correspondiente al núcleo, que es una banda obscura. No todas las rayas son alteradas en la misma proporción.

En las fáculas el espectro no es modificado; sólo es más brillante.

El espectro de las protuberancias presenta una porción de rayas brillantes, destacándose entre ellas las del hidrógeno, lo que manifiesta que estas protuberancias son inmensas masas de materia gaseosa á altísima temperatura cuyo elemento constituyente principal es el hidrógeno. En el espectro de la capa rojiza de donde nacen las protuberancias, ó cromoesfera, abundan las rayas brillantes, principalmente en el correspondiente á la parte baja, revelando la presencia en ella de numerosos vapores metálicos y de metaloides incandescentes, principalmente el hidrógeno.

El aspecto de la corona con sus rayas brillan tes puso fuera de duda que ésta tenía realidad material y radicaba junto al Sol y no era una pura ilusión óptica producida por una supuesta atmósfera lunar, como admitieron algunos, ó por la atmósfera terrestre, como creyeron muchos, pues dichas rayas brillantes revelaban gases incandescentes cuya existencia no podía admitirse sino en las inmediaciones del Sol. Pero además de dichos rayos brillantes presenta dicho espectro algunas rayas obscuras, lo que indica que además de la luz propia emitida por los gases incandescentes refleja la corona también la luz que le envía la fotoesfera y las regiones más brillantes de la cromoesfera, y esta luz reflejada debe serlo por materia en un estado de gran división, como de polvo ó niebla, dada la tenuidad general de la corona.

Muchos y muy interesantes son los datos que el análisis espectral proporciona de las diferentes regiones del Sol; pero ante la imposibilidad de detallarlos, nos contentamos con remitir al lector á las obras que tratan especialmente del asunto, y particularmente á las que al final de este artículo se citan.

Constitución física y composición química del Sol. Hasta aquí no hemos hecho más que apun tar hechos y consignar datos, manteniéndonos en el terreno positivo de la observación. Para completar el artículo tenemos que entrar en el terre

TOMO XIX

no de las hipótesis, á fin de reducir todos los hechos observados á la necesaria unidad, y tratar de ver si podemos formarnos idea de lo que es este hermoso astro cuyo estudio nos ocupa. No es posible expresar las numerosas teorías que sobre la constitución del Sol se han formulado, ni detallar las variadas explicaciones que sobre algunos fenómenos observados en él se han dado: esto haría interminable este artículo. Nos concretaremos a dar á conocer las conclusiones más universalmente admitidas sobre el asunto; la idea general que actualmente del Sol se tiene no es tan completa, dígamoslo desde luego, que podamos dar por perfectamente conocidos el estado y distribución de la masa solar, la estructura de este inmenso globo y la composición química de la misma.

Admítese que el globo del Sol está formado de un núcleo central, probablemente constituído en su inmensa mayoría de una masa gaseosa á una temperatura elevadísima.

Este núcleo central está rodeado de una capa ó corteza de nubes luminosas formada por el enfriamiento y condensación de los vapores condensables en la superficie, donde se hallan expuestos al frío del espacio exterior Esta capa es la que constituye la superficie visible del Sol, por lo que se le da el nombre de fotoesfera, y en ella se produce el interesante fenómeno de las manchas.

Sobre la fotoesfera viene otra capa de poca altura compuesta de gases incondensables, principalmente hidrógeno, originada por la formación de las nubes fotoesféricas, respecto de las cuales vienen á representar dichos gases lo que el oxígeno y nitrógeno de nuestra atmósfera representan con relación á las nubes de la misma. A esta capa es á la que se le da el nombre de cromoesfera, y á ella pertenecen la zona rojiza y el espléndido fenómeno de las protuberancias que de ésta deriva.

Termina, por fin, el globo solar en una atmósfera de materia muy enrarecida y altura mal definida, que da lugar al sorprendente fenómeno de

la corona.

La razón fundamental para admitir que en el globo solar predomina el estado gaseoso está en el enorme calor que su superficie emite, y el cual mantiene cargada la atmósfera solar de vapores de los metales ordinarios, como demuestra el espectroscopio, y en el hecho de que la densidad media del Sol sea tan pequeña que es casi in posible que cualquiera de las substancias cuya presencia en el Sol se ha demostrado pueda haİlarse al estado sólido ó líquido en la mayor parte de la masa de este astro. Pues si gran porción del globo solar estuviera formada de hierro, titano, magnesio, etc., al estado sólido ó líquido, la densidad sería mucho mayor de lo que es realmente; y puesto que la temperatura, en la superficie por lo menos, donde hay radiación libre y exposición al frío del espacio interestelar, es tan alta que mantiene aquellos cuerpos al estado de vapor, no es probable que á mayores profundidades baje en el núcleo lo bastante para que se liquiden y solidifiquen.

Aun cuando teniendo en cuenta la enorme presión á que las capas inferiores del núcleo solar deben estar sometidas por la acción gravita toria de la masa supraestante pudiera creerse que esto fuera bastante para que algunos cuerpos se liquidaran y solidificaran en él, no sucederá así en razón á la elevada temperatura que debe reinar, temperatura que incuestionable mente no bajará hasta el punto crítico ó temperatura esencialmente necesaria para que al menor aumento de presión determine la liquefacción de un gas, y sin la cual la presión, por sí sola, por mucho que aumente, no produce el cam

bio de estado.

La fotoesfera está constituída de nubes luminosas por sí mismas, comparables á las que flotan en la atmósfera terrestre, aparte de la luminosidad, y con la diferencia de que en vez de vesículas de agua están formadas las de la fotoesfera por gotas de metal fundido, y que la atmósfera solar en que éstas flotan es la llama de una in

mensa hoguera, de un horno horrible que vomita fuego con una furia é intensidad inconcebibles. Todas las apariencias y fenómenos que se observan, como fáculas, manchas, granulación, etcétera, están conformes con tal hipótesis, que por otra parte es una consecuencia necesaria de que el Sol es principalmente gaseoso. La condensación que la masa gaseosa del Sol experimenta en su superficie exterior procede de que el frío del espacio determina una rápida y fuerte radiación, y el enfriamiento consiguiente hace que se condensen algunos vapores en forma de nubes. Es

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Estructura de la fotoesfera

tas nubes flotan en una atmósfera saturada de vapores de la misma materia que ellas, y de otros gases que no se han condensado, y de aquí las particularidades del espectro solar.

El espesor de la fotoesfera no es conocido, como hay incertidumbre y diversidad de opiniones respecto á la constitución íntima, forma y dimensiones de las nubecillas, á los elementos químicos predominantes, temperatura y presión, etc. Lo más comúnmente admitido es que las nubes son formadas principalmente por la condensación de las substancias más características del especto solar, como el hierro y los demás metales. En cuanto á la forma de las nubes, también es lo más generalmente admitido, como consecuencia de las corrientes ascendentes por las que son formadas, que es la de columnas de gran altura con relación á las otras dimensiones.

La superficie exterior de la fotoesfera es en general definida, aunque existen irregularidades en ella; hay elevaciones en los puntos que se observan las fáculas, y depresiones en los que se presentan las manchas.

Que las manchas son depresiones ó huecos producidos en la fotoesfera, lo demuestran los cambios de aspecto que el núcleo y penumbra experimentan en su movimiento de Este á Oeste. Consideremos, para simplificar las ideas, una mancha de forma circular, cuyo núcleo está rodeado de una penumbra de la misma anchura todo alrededor, y supongamos que no cambia en realidad de dimensiones ni de forma mientras su tránsito aparente por el disco solar, del borde oriental al occidental. Sólo en el centro se presentará esta mancha al observador en su verdadera forma, la de dos círculos concéntricos, ó por mejor decir, la de un círculo negro rodeado de un anillo gris. Antes de llegar al centro, como después de haber rebasado éste, la persepectiva deformará necesariamente la mancha, pues con servará ésta sus verdaderas dimensiones paralelamente al eje de rotación, pero se achicará ó estrechará en el sentido perpendicular al mismo eje, y este efecto será tanto más notable cuanto más cerca se halle de uno ú otro borde. Si la mancha y su penumbra fueran dos accidentes completamente superficiales de la fotoes era, porciones de la superficie exterior de esta de tinte más obscuro, entonces el anillo de color gris que forma la penumbra aparecería menos ancho del lado en que la oblicuidad de los rayos visuales es mayor, es decir, del lado de los bordes del Sol, y esta desigualdad de anchura será tanto más apreciable cuanto más cerca esté la mancha de uno u otro borde.

Si la mancha fuera un objeto saliente sobre la superficie de la fotoesfera el efecto de perspec

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tiva que acabamos de describir sería aún más manifiesto, hasta el punto de que el núcleo negro llegaría á ocultar la penumbra del lado del borde haciéndola desaparecer, mientras que la porción de la misma que estuviera del lado del centro permanecería visible.

Si la mancha es, por el contrario, una cavidad ó hueco cuyas paredes interiores, en forma de talud, constituyen la penumbra, el efecto de perspectiva en el movimiento aparente de la mancha a través del disco que se producirá será inverso. Ahora la parte de la penumbra que está del lado del centro será la que disminuirá su estructura y concluirá por desaparecer completamente, mientras que la parte opuesta ó que corresponde

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al lado del borde, presentándose á la vista bajo incidencias tanto menos oblicuas cuanto más cerca de este borde se halle, parecerá aumentar de dimensiones. Muy cerca del borde llegará un momento en que el núcleo, que es el fondo de la cavidad, desaparecerá á la vista; luego la propia penumbra se irá estrechando tanto que se redu. cirá á una línea cada vez más fina y concluirá por hacerse movible antes de alcanzar el borde del Sol.

Tal es precisamente la serie de apariencias que en general presenta una mancha, hecho notado por primera vez por Wilson en noviembre de 1769, y que le sugirió la hipótesis de que el Sol estaba constituído de un núcleo relativamente

Cambios aparentes en la forma de una mancha solar

obscuro, rodeado á una cierta distancia de una atmósfera vaporosa llena de nubes opacas, pero de gran poder reflector; y sobre esta primera capa, á mayor ó menor distancia, otra atmósfera luminosa, que es la fotoesfera, constituyendo el límite visible. Si se imagina que en la superficie del núcleo obscuro se forman de tiempo en tiempo masas gaseosas, á las que una alta temperatura hace estallar, ó si existen en la misma superficie focos de erupciones volcánicas, por el impulso de estas erupciones ó de aquellos esta llidos se desgarrarán las dos atmósferas del Sol, produciéndose agujeros de extensión más ó menos considerables por los cuales se podrá ver el núcleo central. La parte de este núcleo que queda visible constituye la porción negra de las manchas, y las paredes de los huecos producidos, que corresponderán á la atmósfera nubosa, la penumbra; así se explican las manchas, Esta teoría de Wilson, modificada y completada por W. Herschel en nuestro siglo, estuvo en gran favor durante algún tiempo por la facilidad con que explica las principales apariencias de las manchas y lo bien que se acomodaba á la creencia, fundada en razones teológicas, que existía entonces, de que el Sol debía ser habitable; pero fué abandonada después, principalmente cuando se tuvieron en cuenta los datos suministrados por el espectroscopio.

El espectro de una mancha viene á corroborar lo dicho, pues manifiesta que la porción obscura es una cavidad llena de gases y vapores que producen el obscurecimiento, al menos en parte, por la absorción de la luz emitida desde el fondo de la depresión. Queda, pues, como un hecho probado que las manchas con sus penumbras son agujeros, huecos ó cavidades que aparecen temporalmente en la fotoesfera, ó por lo menos depresiones de ésta.

Dos son las teorías, y en cierto modo rivales, que principalmente dividen las opiniones de los astrónomos respecto á la naturaleza íntima y constitución de las manchas solares: una debida al astrónomo francés Faye, y otra formulada por el ilustre P. Secchi. Según Faye, las manchas no son más que tempestades que se desenvuelven en la fotoesfera, verdaderos torbellinos que se producen en ella, análogos á los que se originan en las corrientes de agua cuando se interrumpen éstas por una barrera ú obstáculo, como sucede en las presas de los ríos. Según esta teoría, debe existir en las manchas un movimiento giratorio y predominar las corrientes descendentes. Para Secchi las manchas son nubes densas de productos eruptivos que caen en la fotoesfera, no en los mismos puntos en que son lanzados, sino en puntos inmediatos á éstos. Estas

erupciones rompen de continuo la fotoesfera, arrastrando y lanzando vapores metálicos de las regiones inferiores, los cuales, después de haberse enfriado considerablemente, descienden sobre la fotoesfera y forman depresiones en ella que se llenan con estos materiales absorbentes y menos luminosos.

A una y otra teoría se hacen serias objeciones, y por esto no las detallamos más.

En cuanto al mecanismo de la cromoesfera y protuberancias, también queda bastante por conocer. Cierto que en la mayoría de los casos la forma y proceso de las protuberancias son satisfactoriamente explicados, suponiendo que el hidrógeno y vapores asociados á él son arrojados en estado incandescente á regiones más frías por la presión que existe inferiormente; pero no aparece tan clara la formación de las protuberancias aisladas y sin conexión visible con la capa de la cromoes era, verdaderas nubes engendradas en su propia atmósfera.

Y aún más misteriosa es la naturaleza íntima

y constitución de la corona. En general, supónese compuesta de filamentos que emanan del Sol ó son desarrollados en su atmósfera, no uniformemente, sino con más abundancia en las latitudes solares medias.

Como se ve, son muchos los problemas que hay que resolver y muchos los fenómenos que no tienen una explicación enteramente satisfactoria en la física solar. De aquí la importancia de la observación asidua del Sol y del estudio de este astro, pues no ha de ser infructuoso tal trabajo ni hay otro camino para llegar á conocer la estructura y constitución íntima de este astro, conocimiento del mayor interés en cuanto ha de contribuir al esclarecimiento de la composición de los demás astros, pues ya sabemos que el Sol es una estrella, ó las estrellas soles muy lejanos.

Ya sabemos cómo el espectroscopio puede servir de aparato analizador de la composición quí. mica de los cuerpos. Con auxilio de este aparato se ha demostrado la existencia en el Sol y su atmósfera de los siguientes cuerpos: hierro, titano, calcio, manganeso, níquel, cobalto, cromo, bario, sodio, magnesio, cobre, hidrógeno, pala dio, vanadio, molibdeno, estroncio, plomo, uranio, aluminio, cerio, cadmio y oxígeno. Existen además otros dos elementos cuya presencia en las substancias terrestres no se ha identificado, uno de los cuales prepondera en la corona y otro es el llamado por Frankland helio, como elemento propio del Sol. Además de los elementos dichos, considérase muy probable la presencia en la atmósfera solar de los cuerpos siguientes: indio, litio, rubidio, iridio, cesio, bismuto, estaño, plata, glucínio, lantano, itrio y carbón.

Uno de los problemas más interesantes de la física solar es el del origen y sostenimiento de las radiaciones solares. ¿Cómo se engendran el calor y luz que con tanta abundancia y energía irradia el Sol en todos sentidos? Este calor y esta luz, han sido siempre igualmente intensos, ó están sometidos á alguna variación? Esta variación, ¿es constantemente decreciente, ó experimenta alzas y bajas periódicas? Difícil es contestar á todas estas preguntas y á otras muchas que pudieran formularse sobre el mismo tema.

Consignemos desde luego que no hay hecho ninguno por el cual se descubra la más pequeña variación, ni en el sentido de aumento ni en el de disminución de la intensidad de la radiación solar. Desde que se hace registro exacto y preci so, del calor principalmente, ningún cambio se ha manifestado en esta radiación. Ni cambio apre ciable ha habido tampoco en la distribución de los animales y plantas en los dos mil últimos años, lo que revela que el calor recibido por la Tierra del Sol ha sido constantemente el mismo. De modo que podemos afirmar que dentro de los tiempos históricos la radiación solar ha permanecido inalterable, ó su variación ha sido tan insignificante que ha quedado inapreciale. Y nada dicen sobre el particular los cambios de clima, y por tanto de flora y fauna, habidos en la Tierra durante los períodos geológicos, por. que en tales cambios influía la Tierra misma muy eficazmente por su calor propio, por su estado físico, por la órbita descrita, y no es fácil determinar la parte que correspondía al Sol.

Pero todo cuerpo que irradia calor se enfría, si no hay algo que regenere y repare esta pérdida. ¿Qué es, pues, lo que mantiene vivo é inva riable el fuego solar? O lo que es lo mismo, ¿cómo se genera este calor?

Que éste no es producido por combustión, es cosa fuera de duda. Ninguna de las combustio nes, ninguna de las afinidades que conocemos, dice Tyndall, podría alimentar la radiación solar. La energía química de las substancias quemadas sería demasiado débil, y se disiparian rápidamente en el espacio. Si el Sol fuera un bloque de hulla y se le facilitara oxígeno bastante para hacerle arder con la intensidad que exige la radiación solar, quedaría consumido en unos cinco mil años.

Dos teorías se han propuesto para explicar el mantenimiento del calor solar. Una de ellas con

sidera como el principal origen del calor solar

la caída de materia meteórica sobre el Sol, la que al perder su movimiento convierte su fuerza viva en calor; la otra explica el calor solar por una lenta contracción del Sol. Que sobre el Sol caen materiales cósmicos, de los que abundan en el espacio, ya como restos de cometas, ya como astros erráticos, ya como materia cósmica

difundida alrededor del Sol, es indudable; pero

no es fácil establecer si esta materia meteórica que se precipita sobre el Sol es bastante para sostener sin decadencia sensible la energía solar. Según el cálculo, á razón de 44 millones de calorias por kilogramo de materia, lo que supone una velocidad de caída de unos 180 kilómetros por segundo, bastaría que cayera uno de estes kilogramos de materia por hora sobre cada metro cuadrado de la superficie del Sol. La objeyendo sin cesar materia sobre el Sol, la masa de ción que se hace á esta teoría está en que, ca

éste deberá aumentar en

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La lenta contracción del globo solar y la gradual liquefacción y solidificación de la masa gaseosa explican también perfectamente el sostenimiento de la radiación solar, pues la misma cantidad de calor se produce cuando un cuerpo se mueve venciendo una resistencia que lo para gradualmente, que si cae libremente de la misma distancia y es interrumpido súbitamente su movimiento. Si, pues, el Sol se contrae, se ha de desarrollar por esta causa una cantidad enorme de calor, puesto que la fuerza atractiva es en la superficie solar más de 27 veces mayor que la gravedad en la superficie de la Tierra, y la masa contraída es tan inmensa.

Se calcula que una disminución de un milíme.

tro en el diámetro del Sol bastaría para sostener su radiación actual durante veintiún mil años.

El paso del estado gaseoso al líquido, y el de líquido á sólido, son manantiales fecundos de calor, contando con el cual serà necesaria menos contracción para mantener la radiación solar. Esta hipótesis de la contracción del Sol determi naría á la larga una disminución del diámetro de éste, y la observación no acusa tal achicamiento.

Acaso haya de todo: precipitación de materiales cósmicos, contracción y liquefacción; y aun cuando todo ello sea en proporción insuficiente para compensar la pérdida de calor que por su irradiación el Sol experimenta, puede muy bien no hacerse sensible el enfriamiento de éste en un tiempo limitado, aunque de miles de años, porque dicho enfriamiento no sea sólo de la superficie, sino de la masa toda, pues en virtud de los cambios continuos que se operan verticalmente en el globo solar entre la superficie y la región central, los productos líquidos y sólidos incandescentes, que se forman en la superficie y cons. tituyen la fotoesfera, vuelven á sumergirse en las capas íntimas por su exceso de densidad, transformándose allí en vapores por vía de volatiliza ción ó de disociación, y determinan la ascención de corrientes gaseosas que van á su vez à renovar la fotoesfera, de suerte que la superficie se mantendrá en el mismo estado físico.

De todos modos, el hecho de la constancia secular de la radiación solar es altamente consolador, pues nos asegura los beneficios de dicha radiación, origen y sostén de todas las energías terrestres, y particularmente de la vida orgánica que tan directamente nos atañe.

No habiendo hecho más que indicar ó tratar someramente muchas de las cuestiones que al Sol se refieren, ya se considere este astro desde el punto de vista geométrico, mecánico é físico, remitimos al lector deseoso de más amplios detalles á las siguientes obras, dedicadas particularmente á estos asuntos:

Secchi: El Sol, traducción española de don A. García, ó la edición francesa de la misma obra.

Young: The Sun;

Lockyer: Contributions to Solar physics; Lockyer: The chemistry of the Sun, aparte de los tratados generales de Astrono. mía, en los que suele estudiarse más detenidamente la parte geométrica y mecánica.

- SOL: Mit. é Iconog El rey de los astros ocupa en todas las Mitologías y en la Iconografía lugar preferente, y en muchas de aquéllas es el fundamento ó representación más alta y magní fica de la Divinidad. La influencia que el Sol ha ejercido siempre sobre la humanidad, tanto en el orden físico como en el imaginativo, justifican sobradamente su preeminencia en las Cosmogonías, y que en una forma ó en otra haya sido objeto de reverencia y de culto. El Sol es la luz, es el calor, es la vida, y de esta idea ha nacido naturalmente el concepto del poder creador, poder eterno que prodiga infinitos beneficios sobre los humanos. Como todo poder físico, misterioso para las infinitas generaciones que han vivido ignorantes de las verdaderas leyes de la naturaleza, y que veían en él un poder de acción constante y soberana, fué considerado como ma. nifestación suprema de la Divinidad. Y no es de extrañar, por lo tanto, que la salida y la puesta del Sol, el obscurecimiento pasajero de éste por las nubes, y la mayor ó menor fuerza de sus rayos, fueran otros tantos fenómenos que la imaginación popular tradujese en fábulas, cuya significación religiosa importa conocer. No sólo figura el Sol en las Mitologías, sino en la simbólica cristiana, por lo cual nos ocuparemos primero de aquellas y luego de éstas en el presente artículo.

I Sin duda el culto inconsciente al astro de quien el hombre recibe tantos beneficios es antiquísimo y se nos ofrece como una característica del estado salvaje. Más tarde, á medida que se fué desarrollando la cultura en las sociedades humanas, se fué formando lo que podemos llamar la leyenda del Sol.

Los dioses de las Mitologías de la raza semítica representan los poderes y leyes de la naturaleza, y el Sol y la Luna vienen á ser los símbolos exteriores de ese poder universal, por donde el culto á los cuerpos celestes fué el sistema de

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idolatría predominaute y más antiguo. Se da como probable que la hipótesis de este culto naciera en las llanuras de Caldea, desde donde se extendió á Egipto, Grecia, la Escitia y hasta Ceilán y Méjico. También parece que los egip cios fueron los que iniciaron á los israelitas en el culto solar.

En la civilización más antigua que conocemios, que es la de Egipto, el culto del Sol aparece con una preponderancia como quizás no ha tenido en ningún otro sistema religioso. Aquella es una religión esencialmente solar. En todo Egipto el Sol era el símbolo divino por excelencia. Los egipcios se explicaban la inmutabilidad divina por la constante renovación de la luz, puesto que el Sol que renacía cada mañana era aquel que se había ocultado la víspera tras de la niontaña occidental; y no sólo le consideraban como símbolo, sino como manifestación material de Dios. Tal es el pensamiento predominante en los signos religiosos que se conocen, en los cuales se leen frases como estas: «El dios Shu (la luz) ha esclarecido el abismo celeste. >> - - «Yo soy el Sol que apareció al principio y gobierna lo que ha hecho. Por estas y otras frases análogas se comprende el concepto que el Sol mereció á los egipcios, para ellos Dios había organizado y conservado el Universo por la luz y el calor. Llamaban á Osiris alma del Sol, porque Oriris es el bien que sucumbe víctima de las asechan. zas del mal, para renacer bajc una nueva forma, la del joven Horus. En el panteón egipcio Ra (v. esta voz) es el dios que personifica al Sol de una manera general; Horus (v. esta voz) personifica el Sol saliente; Tum al Sol poniente; Osiris es el Sol escondido, porque según el sistema cosmogónico de los egipcios dicho astro alumbraba durante la noche la región inferior ó mundo misterioso de los muertos, que se extendía por debajo de la Tierra habitable, que suponían plana, y numerosas divinidades secundarias simbolizaban otros aspectos del mismo (véase EGIPTO). El movimiento del Sol, su carrera de Oriente á Occidente, sugirió á los egipcios la idea de que un dios navegaba por el Océano celeste en un barco impulsado por genios servidores del sér divino.

En la Mitología caldeo-asiria el Sol no tiene tanta preponderancia: no es el sér supremo, sino que fue creado por éste, que se llama Belo (véase esta voz). El dios Sol es Shamas, que figura en la guerra de los dioses.

En el culto panteístico de los fenicios encontramos que el dios Tammuz ó Adón personifica el curso periódico del Sol, que al frío del invier no hacía suceder el calor del verano, por lo cual las fiestas con que se le honraba componíanse de muestras de duelo alternadas con manifestaciones de alegría Los fenicios invocaban al Sol con el nombre de Señor de los cielos (Baal-Samim), y con los nombres ya citados. Los amonitas le adoraron bajo el nombre de Moloch, y los moavitas con el de Kemosh. Los asirios le llamaban Hadad, y también le encontramos con los nombres idumeos de Benhadad, Hadadezer, y aun Hadad 6 Adad. Según Filón, los esenios acostumbraban á invocar al Sol por la mañana y por la noche.

Los últimos reyes de Judá consagraron al Sol caballos y carros, como perros y caballos le inmolaron también los masagetas y otros pueblos. El culto sirio-fenicio del Sol y de la Luna era más grosero que el de los magos, pues se apartaba igualmente de la Astrología caldea que del sabeismo de los últimos tiempos.

El pueblo del Yemen profesaba la religión de los sabeos ó sabeísmo, en la cual excusado es decir que el Sol ocupaba puesto muy principal. Para aquellos pobladores de la Arabia el Sol era la manifestación más alta de la Divinidad, cuyas fases estaban personificadas por dioses especiales, que no eran sino formas distintas de I, el sér absoluto. El astro, en su forma material y visible, estaba representado por la diosa Shams, cuyo nombre, que significa Sol, encontramos también entre los caldeos. En el país de Hedjaz el dios solar se llamaba, según Herodoto, Akh-as-Samain ó Urotal, nombre cuya forma primitiva debía ser Ur-Taala (la luz suprema). El dios solar y nacional de los nabateos era DhuSara, cuyo nombre significa Señor del monte Scir.

En el vedismo las personificaciones solares son los Adityas, hijos de Aditi (la naturaleza). Sus nombres y significaciones son los siguientes: Varuna, sol escondido que recorre con faz tene

brosa su camino de Occidente á Oriente durante la noche; Surija, el sol fuente de la luz; Savitri, el sol productor y fecundante; Bhaga, sol dichoso; Puchan, el sol victorioso de las tinieblas; Mitra, el sol diurno por oposición á Varuna; Aryaman, la energía solar; Aditya, de la muerte ó sol destructor. Uritra es la nube obscura que oculta al Sol. En el brahmanismo el Sol está representado por el dios Surya.

En la Mitología griega el Sol es Helios, el dios que todo lo ve, á quien invocaban los inocentes cuando se veían oprimidos, á quien rindieron culto especial en Corinto y sus colonias, el que nos representan las medallas rodias en la figura de un joven de mirada viva, cabellera rizada con diadema de rayos, vestidura ligera y flotante, y guiando una cuadriga. La luz del Sol estaba personificada por Faetón (V. esta voz), hijo de Apolo Febo, que expresa una idea semejante, y cuya representación más elocuente es la del tirador de flechas que mata á la serpiente Pitón

En Italia tuvo más importancia que en Gre cia el culto al Sol: tué un culto especial, que parece ser de origen sabino Personificaban al astro los dioses Jano, Vejovis, Júpiter, Anxur y Apolo Soranus. En los cantos sabinos se encuentra la antigua forma de Ozeul Adosio, de la palabra latina uro, que significa á un tiempo quemar y alumbrar.

En la Mitología romana es cuando aparece el dios Sol con este nombre. El antiguo santuario que tenía en Roma estaba contiguo al templo de Quirino, y sobre el frontispicio trazó, en el año 293 a. de J. C., Lucio Papirio Cursor, el primer cuadraste solar. Según las calendas de la época de Augusto, se celebraba el dios Sol en 9 de agosto, aniversario de Farsalia; adorábasele bajo el nombre de Indiges, sin duda sinónimo de index, porque en Roma como en Grecia se creía que el dios que personificaba el astro vigilante conocía todos los misterios y sabía revelar todas las perfidias. También se rindió culto al Sol en el circo, donde tenía un templo en el centro, porque en su cualidad de conductor infatigable del carro del Sol era el dios bajo cuya protección estaban los juegos del circo y el espacio en que éstos se celebraban. Estábale consagrado el obelisco del circo, lo cual es un dato del carácter sagrado y solar que tuvieron estos monumentos desde su origen (V. OBELISCO). El Sol era también para los romanos el dios que lo veía y preveía todo; gracias á él fué descubierta la conjuración tramada contra Nerón. Encomendábanse à su custodia los monumentos públicos las tumbas, y no faltan inscripciones en que se le invoca con el nombre de Sol Jurans, de Sol æternus. En algunas medallas romanas aparece representado el Sol Oriens, símbolo de todo principio, y en las monedas de Vespasiano y de Trajano se ve representada la cabeza del Sol. La misma idea está expresada en otras monedas por la imagen de la Aurora, que según los poetas era hija del Sol.

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el

La idea de un poder divino y supremo que preside al orden natural, físico y moral, y de ser el Sol la expresión de este poder, idea que, como hemos visto, existió en todos los cultos, adquirió en Roma una significación especial desde que emperador Aureliano la hizo extensiva al orden político. La madre de dicho príncipe fué una sacerdotisa del Sol, y por eso él se hizo pasar por hijo de este dios. Cuando alcanzó su victoria sobre Zenobia atribuyó el triunfo á una aparición divina, y llenó de magníficos presentes los templos de Emesa y de Palmira. No contento con esto quiso fundar en Roma un nuevo culto del Sol, y construyó á éste cerca del Quirinal un inmenso templo, que hizo decorar según la moda oriental, y donde colocó imágenes, cuadros, tapices y ricas preseas conquistadas á Zenobia. La estatua del dios era doble: representaba á la vez el Baal sirio, que es el que se apareció al emperador cuando su triunfo, y la representación ordinaria del Sol, que los soberanos anteriores habían adoptado como símbolo. La nueva forma del dios solar que nos ocupa era el Sol Invictus, el dominador celeste, cuya religión, de que nos dan cuenta las monedas de Aureliano, alcanzó su mayor importancia bajo Diocleciano, hasta que vino á obscurecerla el cristianismo. Juliano la reanimó por un momento y osó consi. derarse como representante del Sol ó supremo rey del Imperio celeste. Al lado de este culto abstracto é imperial hallamos otras formas más

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populares de la misma creencia, sobre todo los misterios de Mitra, de origen persa, pero modificados, como todos los cultos orientales, por el sincretismo y la invasión de las formas simbólisas y ascéticas. Ya los reyes persas se habían identificado con el Sol en el culto de Mitra, y los reyes del Ponto y de los Partos, los de Bactriana, tomaron frecuentemente el nombre de Mitra y se hicieron adorar como dioses del Sol. Los indicados misterios y sus ritos fueron introducidos en Roma por medio de los piratas de Seleucia, y tomaron durante el Imperio gran extensión.

II Los paganos adornaron los extremos de sus sarcófagos con dos máscaras ó caretas que venían á ser una representación alegórica de la vida humana, y á las cuales han considerado los arqueólogos como imágenes del Sol y de la Luna; á veces dichas caretas llevan el gorro frigio. En los monumentos funerarios cristianos emplearonse estas imágenes con distinto sentido, como símbolo de la esperanza cristiana. No sólo se emplearon en la decoración de las tumbas, sino en otros monumentos, como el altar de la basílica de San Lorenzo, extramuros de Roma, que parece ser imitación de un sarcófago antiguo. Se conservan varios sarcófagos cristianos en cuyos ángulos aparecen dos semifiguras humanas, de las cuales una representa al Sol y lleva general. mente en la cabeza una corona radiada ó un gorro frigio como la representación de Mitra, y la figura del lado opuesto está coronada por la media luna, que indica su significación. El abate Cavedoni entiende que cuando dichas imágenes acompañan a la del Buen Pastor, como acontece en una lámpara de la colección de Sante Bartoli, el Sol y la Luna podrían expresar la eternidad como en las medallas, y recordar que Cristo es el Pastor eterno. En los crucifijos más antiguos se ven á un lado y otro el Sol y la Luna bajo formia humana, como expresión del hecho milagroso de la obscuridad simultánea que ocultó los dos astros en el momento de espirar el Redentor, ó como expresión de las dos naturalezas de Jesucristo. No queda duda de lo que tales figuras representan: en el crucifijo del díptico de Rambona, sobre la cabeza de cada una de estas imáge nes se leen los nombres Sol, Luna; ambas figu ras llevan en una mano una antorcha, y apoyan la mejilla en la otra en señal de dolor. Como estas imágenes podían considerarse como una imitación servil del paganismo, los cristianos no tardaron en sustituirlas por las cabezas de San Pedro y San Pablo ó por la de otros santos. Sin embargo, existen monumentos del arte cristiano en que las representaciones del Sol y de la Luna, completamente paganas en cuanto a su forma, aparecen como una representación simbólica que no tiene que ver con la Mitología; así tenemos que, en el especie de tapiz ó gran paño bordado, obra peregrina del siglo x, que se conserva en la catedral de Gerona, y que representa de una manera alegórica los primeros capítulos del Génesis, para representar el día tercero de la Creación el artista puso dentro de un gran círculo, ó sea el firmamento, dos círculos pequeños, cada uno de los cuales contiene una media figura, que son las imágenes del Sol y de la Luna, el primero con Corona de rayos y la segunda coronada por la media luna, es decir, como las imágenes paganas del Sol y de Diana, y en la orla del tapiz aparece todavía representado el Sol en una figura también con corona de rayos que va en un carro arrastrado por cuatro caballos, como en la Mitología se representó á Helios ó al Sol.

- SOL: Zool. Género de moluscos gasterópodos, orden de los prosobranquios, familia de los turbínidos. Sus caracteres más importantes son los siguientes: rádula provista casi siempre de algunos dientes centrales, de un diente lateral y de gran número de dientes marginales dispues.

tos en series curvas como las varillas de un abanico. La línea epipodial contiene algunos cirros alargados; un par de apéndices cefálicos simples colocados entre los tentáculos; las maxilas casi siempre visibles; la concha sólida, nacarada, tro. quiforme, imperforada, con la espira poco elevada: los contornos acostillados y espinosos; una

SOLA

por el recto. Una ó dos branquias cervicales reunidas en la base. Su régimen es herbívoro.

La especie más notable y común de este género es el Sol longispina Lamark, de los mares cálidos y templados, Antillas, Océano Indico, Australia, Polinesia, China, Japón, costa Oeste de América, Mediterráneo y Nueva Zelanda.

- SOL (EL): Geog. Río de la isla de Cuba, en la prov de Puerto Príncipe. Baña los términos de Guaimaro y Guaimariilo, y se une al Sevilla por la izq.

SOL (V. FA): Mús. Quinta nota de la escala de do.

Ut, re, mi, fa, SOL, la, alegre,
Cuando sube, el uno canta
La SOL, fa, mi, re, ut, triste,
Dice el otro, cuando baja.

FRANCISCO DE LA TORRE.

SOL (contrac. de sólo): adv. m. ant. SOLA

MENTE.

SOLA: Geog, Pueblo con agencia municipal del dist. de Villa Alvarez, est. de Oaxaca, Méjico; 850 habits. Sit. en un llano, á 60 kms. al S. de la cab. del dist. y á 84 al mismo rumbo de Oaxaca. Pueblo con agencia municipal del 2680 habits. Sit. en un llano, á 63 kms, al dist. de Villa Alvarez, est. de Oaxaca, Mejico; S.S.O. de la cab. del dist. y á 95 al S.O. de la cap. del Estado.

SOLA: Geog. Arrabal del ayunt. de Rasquera, p. j. de Tortosa, prov. de Tarragona; 275 ha. bitantes.

- SOLA (ANTONIO): Biog. Escultor español. N. en Barcelona á fines del siglo XVIII. M. en Roma á 7 de junio de 1861. Pensionado por la Junta de Comercio de su ciudad natal para completar en Roma su educación artística, remitió á la misma (1802) un estudio del gladiador moribundo y otros trabajos. La Real Academia de San Fernando le nombró individuo de mérito (30 de marzo de 1828), y más tarde le hizo director de los artistas pensionados en Roma. La Real Academia de Florencia y la Pontificia de San Lucas de Roma le abrieron sus puertas. En esta última durante tres años ejerció Solá el cargo de director, y en 1846, con motivo de los regios despo

sorios, mereció ser nombrado escultor honorario de cámara. Sus achaques le obligaron á solicitar (1856) la jubilación del cargo de director de los Real orden pensionados, que le fué concedida por de 28 de agosto de dicho año. Las principales y más conocidas obras de este artista son las siguientes: Las Nereidas, que completan la composición de la fuente que se colocó en el patio de la Casa Lonja de Barcelona, figurando á Neptu

no en su carro de delfines; el busto del sabio naturalista Carlos de Gimbernat, existente en la Biblioteca Episcopal de Barcelona, la estatua de

Cervantes, que se conserva en Madrid en la plaza de las Cortes: fué fundida en bronce por los artistas prusianos Jollage y Hospgarten; el Grupo de Daoiz y Velarde, modelado también en Roma, y que une, en sentir de un sabio extranjero, á la filosofía del Arte la inspiración del amor á la patria, obra á que el duque de Frías dedicó unos bellísimos versos: este grupo, después de haber estado, en Madrid, colocado en el Retiro y en el Museo del Prado, se trasladó solemnemente á la

plaza del Dos de Mayo, inaugurada en 1869, y hoy se ve delante del Museo Nacional de Pintu ras; busto del Papa Pio VII, existente en el

Museo del Prado, reproducido fotográficamente en el Tesoro dela Escultura; La caridad romana, grupo de mármol, que se conserva en el Museo del Prado, reproducido en el tomo III de la dicha obra. El Monumento sepulcral, existente en la catedral de Oviedo, que encierra las cenizas de Pedro Quevedo y Quintana, obra que fué costeada por el comisario de cruzada Manuel Fernández Varela. Busto en mármol de Angel Ra

mirez Saavedra, duque de Rivas: figuró en la Esposición Nacional de Bellas Artes en 1856. Monumento para el sepulcro del duque de San Fernando. Estatua en mármol de Fernando VII, colocada en la plaza de Armas de la Habana en 1834. También trabajó Solá en Roma, y remitió

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SOLACIO (del lat. solatium): m. ant. SOLAZ.

SOLAD: Geog. Aldea de la parroquia de Santa María de Cuquillos, ayunt. y p. j. de Siero, provincia de Oviedo; 64 habits.

SOLADA: f. SUELO; asiento ó poso que deja en el hondo la materia líquida.

SOLADO: m. Suelo ya vestido con ladrillo, losas ú otra cosa semejante.

-SOLADO: Alb. Rama del arte de Albañilería, que consiste en formar, ó mejor cubrir, el suelo con materiales pétreos, naturales ó artificiales, de formas regulares, combinadas de manera que resulten cómodos para el tránsito, resistentes y bellos ó agradables á la vista. El solado puede ser interior o cubierto y exterior ó descubierto, debiendo tener en cuenta que ca cada uno de éstos es diferente el desgaste y los ataques exteriores, y en ambos casos pueden estar los materiales que se empleen sobre el suelo natural, ó sobre otro de madera ó hierro ó en las bóvedas de fábrica; los llos, y en el primer caso losas ó mosaicos; de las materiales pueden ser piedras, baldosas ó ladrilosas y losetas ya nos hemos ocupado en otros artículos, y por tanto entre los solados de piedra sólo nos tenemos que ocupar de los pavimentos de mosaicos; el mosaico le forman prismas de piedra de más o menos altura y secciones poligo nales bien definidas, perfectamente labrados, de dimensiones reducidas en su sección, de colores variados, ordinariamente de mármol, pero que también pueden ser porfido, jaspe y hasta piedras de mayor precio; para formar un mosaico, lo primero que debe hacerse es el proyecto en escala reducida del solado que se va á construir, presentándose en el plano con sus formas y colores los mo saicos en el orden en que deben colocarse, y si el solado tiene alguna complicación conviene hasta numerar en el plano todas y cada una de las diversas piezas, si no se busca correr el riesgo de una equivocación que anule el trabajo. Estos solados se colocan de ordinario sobre el suelo natural, y entonces hay que comenzar por limpiarle y nivelarle perfectamente, igualándole, humedeciéndole y apisonándole, de modo que resulte perfectamente plano y horizontal; encima se tiende una capa de arena de 1 ó 2 centímetros, que se apisona perfectamente; después se tiende sobre este cimiento, una capa de buen mortero de cemento, comenzando por hacer un encintado de losetas; luego se colocan de trecho en trecho losetas maestras que con el nivel se las lleva á la después, próximamente en el medio de la habialtura del plano que ha de formar el pavimento; tación, se tiende una cuerda que enrase con las losetas maestras ó puntos de mira, y con el dibu jo del pavimento á la vista, y habiendo señalado en él el sitio que ocupa el cordel en la obra, se coloca la primera fila enrasando con aquél; se pasa por encima una regla, pegando con ella sobre el mosaico colocado hasta que toque á los debe puntos de mira, para que baje al nivel que tener; colocada la primera fila se continúa por líneas oblicuas y siguiendo el dibujo, hasta llegar á otro cordel que habrá tendido á un metro próximamente de distancia del primero y paralelo á él, siguiendo así hasta rellenar el espacio entre ambos comprendido, continuando de la misma manera hasta terminar la obra, teniendo cuidado de no manchar de mortero los mosaicos ni emplear aquél sino en pequeñas cantidades; la par te inferior de los mosaicos que toca con el cimiento no debe estar labrada para que agarre al mortero, y por el contrario, las caras laterales de los prismas que forman aquéllos deben tener una labra esmerada á fin de que ajusten perfectamente sin que quede mortero en las juntas, ó que la capa de aquél que resulte en éstas sea tan tenue que no sea visible desde el haz; al llegar á las maestras se llenan los huecos con trozos de mosaico, ó con otros labrados ad hoc, pues es difícil partir los que ya están labrados.

Tanto la baldosa ordinaria de 28 centímetros de lado, como la sepulturera de 50 á 56, pueden

callosidad alrededor de la región umbilical; Peá Madrid (1835), los proyectos de dos cenotafios emplearse en el exterior sobre el suelo natural,

ristoma no continuo; labro agudo; opérculo calizo, grueso, ovalado, aplastado en su cara interna, con el núcleo excéntrico; la respiración branquial ó pulmonar, según las especies; el corazón con dos aurículas y con un ventrículo atravesado

en honor de Melendez Valdés y Jovellanos, por encargo de Fernández Varela, pero no llegaron á ejecutarse á causa del fallecimiento de éste. SOLACEAR: a. SOLAZAR.

del suelo igual à la que acabamos de explicar, como las losas y losetas, con una preparación pero con mortero ordinario y á baño flotante de mortero, esto es, que se vierte aquel sobre el cimiento de arena medianamente espeso y en

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