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mando con ella una cadena de dunas que corre paralelamente á la playa durante algunas millas y se esparce por la llanura depositándose en al gunos sitios en gran cantidad hasta la distancia de 3 millas sobre la mar, donde las montañas comienzan y forman una barrera que impide que cubra todo el primitivo suelo de la isla. Al Ñ. la llanura es pedregosa y cubierta de un ár bol enano (el Metayne) que tiene unos 2 m. de alto y que conserva su follaje durante la monzón del N. E., lo que da á los lugares en que cre. ce el aspecto de un campo de verdura. Las tierras altas ofrecen una gran variedad en suelo y aspecto. Por regla general se observa que nada presenta un contraste más sorprendente, durante la monzón del N. E., que las partes oriental y occidental de la isla; en la oriental no hay pastos ni verduras, á no ser en algún que otro terreno cerca de la mar, ni más aguas que las que pueden conservarse en depósitos naturales; por el contrario, la occidental está bañada por numerosos arroyos; los valles y las llanuras abundan en buenos pastos en que se ven numerosos rebaños, y el aspecto de la campiña recuerda la de Europa en muchos parajes.

La cordillera más elevada de la isla se compone de granito gris común; sus cimas rara vez se ven libres de nubes, pero con tiempo despejado su aspecto escabroso es pintoresco. La parte más baja de la cordillera está cubierta del mismo árbol enano que la llanura del N., y además ostenta gran variedad de árboles y plantas aromá ticas; los picos de granito, desprovistos de toda vegetación, están sólo cubiertos de un musgo de color claro. Unida á esta cordillera de granito se extiende de N. á S. otra más baja que tendrá unos 579 m. de elevación, y se compone de caliza primitiva de color blanquecino. Desde allí las montañas se dividen en pequeñas cadenas hasta la orilla del mar, sus contornos son por regla general uniformes, sus cimas presentan el aspecto de mesetas y redondeadas las laderas; las que se encuentran más próximas al mar apare cen en su mayor parte como murallas á pique ó barrancos. Las montañas de la parte occidental de las islas son todas parecidas á esta cadena ó cordillera, en aspecto, elevación forma.

Socotora no tiene ningún puerto donde pueda fondear un buque con seguridad al abrigo de todos los vientos; la isla está orientada de tal modo que los buques no encuentran suficiente abrigo durante la monzón reinante, sino fondeando en la costa opuesta. Hay, sin embargo, muchas bahías ó fondeaderos donde con vientos del E. y E.N.E. se encuentra un buen abrigo. Entre éstos se encuentran Gubbet Kurmeh, Gollonsir, Bander Né, Bander K'dreseh y Bander Fikeh; también lo es Tamaria cuando el viento sopla del E. y se fondea muy cerca de tierra. Con vientos del N.E., Gubbet Kurmeh, Gubbet Gollonsir, Bander Shaab, Bander Né y Bander K'dreseh ofrecen un buen abrigo, y también se encuentra resguardo fondeando cerca de tierra en la costa S. de la isla. Los naturales dicen que el único fondeadero bueno durante la monzón del S.O. es Bander Delichi, entendiendo por éste un sitio donde el barco no siente ni el viento ni la mar, siendo ésta tan llana que no se ve nunca rizada, y donde muchos buques han permanecido durante el período de la monzón. A pesar de esto se encuentran al abrigo de la mar todas las bahías entre Ras Kadarmeh y la extremidad occidental de la isla, es decir, Kuzmeh, Kadhup, Tamarida, Delichi, Garrieh y Fikeh, pero en todas se experimentan violentas rachas que salen de las montañas y los valles. El clima de Socotora, á pesar de la situación que ocupa, no es de los más cálidos; las brisas y las monzones refrescan la atmósfera, y en lugares elevados la temperatura es poco más ó menos la del centro de Europa; en cambio hay lugares en la zona baja donde casi es constante la temperatura media de 30o

La isla no se distingue en manera alguna por la fertilidad de su terreno. Las cimas y laderas de la mayor parte de las montañas que compone su parte oriental ofrecen una superficie compacta de roca del todo desprovista de tierra vegetal, excepto en unas cuantas hondonadas y barrancos formados por las lluvias, donde retoñan escaso número de arbustos. En las cumbres situadas hacia la parte meridional de la isla, y en las la deras de los picos elevados de granito, existe una rica vegetación. En la llanura que rodea á Tamarida y ciertos sitios inmediatos á Kadhup

hay muchos valles hermosos en que el terreno es de los mejores para el cultivo de cereales, frutas y legumbres. Estando estos valles regados por arroyos, se encuentran, no solamente grandes palmares de dátiles, sino también buenas y extensas praderas, campos de mijo, y algunas veces, aunque por rareza, plantaciones de añil y de algodón.

Las más importantes producciones de la isla consisten en el Aloe spicata ó socotrina (que sus habitantes llaman tayer y los árabes subah), y el árbol sangre de drago. La isla ha sido famosa desde remotos tiempos por la primera de estas plantas, que se cría espontáneamente en las la

deras de las montañas calizas á una elevación de 150 á 900 m. sobre el nivel de la llanura. Siendo puro el áloe socotrina es el mejor del mundo, pero á causa del poco cuidado con que lo recogen y empaquetan contiene muchas impurezas, que le hacen disminuir de precio considerablemente. Se puede obtener en gran cantidad, porque los montes de la parte occidental de la isla son un espeso bosque de esta planta en extensión de muchas millas, pero la indolencia de sus naturoles les hace no recolectarlo sino cuando llega un buque que lo solicita. Después de los áloes sigue en importancia para la exportación el árbol de sangre de drago (Pterocarpus draco), cuya goma (Sanguis draconis) se recolecta en toda estación, como los áloes: se encuentran comúnmente en las montañas á una altura de 240 á 600 m. sobre el nivel del mar La goma mana espontáneamente del árbol. También puede obtenerse una goma ligeramente coloreada de un árbol llamado amara en lengua del país; es algo odorífera, pero inferior al luban de la costa de Arabia La madera de un árbol llamado metayne ó malarah muy común en toda la isla, es tan dura como el guayacán, y puede emplearse en los mismos usos, para roldanas de poleas, pasadores, etc. El único cereal cultivado en la isla es una especie de mijo llamado dajan, y lo prefieren á los demás por exigir menos cuidados y producirse en todas las estaciones En la parte occidental de la isla no se cultiva el dajan, pero en la oriental los valles contienen numerosos campos. El principal alimento de sus habits es la carne de sus ganados y el fruto de sus palmares de dátiles, los cuales se encuentran todos situados en la parte oriental de la isla, á orillas de los arroyos. No obstante la cantidad que recogen de este fruto es insuficiente para el consumo de sus habits., que anualmente necesitan importar una cantidad considerable. En las cercanías de Tamarida hay algunos sembrados de habas, y se cultiva tabaco que, aunque en corta cantidad, es suficiente para el consumo Se encuentran por toda la isla numerosos rebaños de cabras y carneros, en tan crecida cantidad las primeras que no las cuentan sus propietarios.

Por las inmediaciones de Tamarida y en las montañas contiguas hay mucho ganado vacuno. Las vacas las mantienen y estiman por la leche, de la que hacen el gui, que es muy apreciado en Africa y Arabia. Hay en la isla crecida cantidad de asnos, en completa libertad desde que por la introducción de los camellos dejaron de ser necesarios como bestias de carga. El único animal salvaje conocido en las montañas es el gato de Algalia, que abunda mucho. El antílope, la hiena, el chacal, el perro y los demás animales comunes en las costas de los dos continentes son allí desconocidos. En las tierras bajas hay muchos alacranes, cientopiés y grandes arañas venenosas, llamadas naryub por los árabes. Hay innumerables hormigas, y de una especie cuya mordedura es casi tan dolorosa como la de la avispa. Los indígenas fabrican tejidos muy fuertes de lana y la manteca especial llamada guí. La población está constituída por árabes, negros y mestizos de unos y otros; en las montañas del interior viven gentes que parecen de raza especial, pues ni por su tipo ni por el idioma se asemejan á ninguno de los pueblos vecinos de Asia y Africa; hay, sin embargo, autores que los suponen oriundos de Arabia. La principal localidad de la isla es Tamarida, en la costa N.

Socotora no fué desconocida de los antiguos geógrafos; llamábanla Dioscoris, y, según la tradición, Alejandro Magno primero y los Ptolemeos después enviaron á ella colonos. A principios del siglo XVI los portugueses se establecieron en la isla, y algunos viajeros contemporáneos asc. guran que han visto ruinas de fortificaciones portuguesas. La dominación de Portugal fué

muy breve, y Socotora quedó en poder del sultán árabe de Kechin. En 1834 empezaron las gestiones de los ingleses para adquirir la isla; enviaron tropas, pero la abandonaron en 1839. En 1851 estableció allí depósitos de carbón la East Indian Company, y el sultán de Kechín firmó en 1876, mediante la cantidad de 1000 pesos, el compromiso de no ceder la isla á otra nación que á Inglaterra En 1877 se formalizó el contrato, aceptando el sultán el protectorado inglés, y por fin (1886) fué declarada colonia de la corona inglesa.

Socovos: Geog. V. con ayunt., al que están agregados varios cortijos y caseríos, entre ellos los caseríos de les Olmos y Tazona, p. j. de Yeste, prov. de Albacete, dióc de Murcia, 1916 habitantes. Sit. en la parte meridional de la provincia, al S. E. de Elche de la Sierra y cerca de la prov. de Murcia. Terreno montuoso, bañado aceite, cáñamo, esparto y hortalizas; cera y al N. por el río Segura; cereales, arroz, vino,

miel.

SOCOYOLI: m. Bot. Nombre vulgar usado en Méjico para designar una planta perteneciente á la familia de las Oxalidáceas, cuya denomina. ción científica es Oxalis americana Big.

SÓCRATES: Biog. Ilustre filósofo griego. N. en Atenas en 469 a. de Jesucristo. M en la misma ciudad en la segunda mitad del mes de junio del año 401, 400 6 399 antes de la era vulgar. Fué hijo del escultor Sofronisco y de la partera Fenareta, ambos de condición libre y de mediana fortuna. La Historia nada dice de la infancia ni de la juventud de Sócrates. Este, según parece, aprendió el arte de su padre, arte que le dió medios de subsistencia cuando, muerto Sofronisco, perdió Sócrates, por culpa de un pariente, la modesta herencia paterna, consistente en 25 minas (unas 2000 pesetas). Luego, al decir de varios biógrafos, por los consejos y las rique zas de Critón, pudo dejar la Escultura y dedicarse á sus estudios favoritos; pero todas estas tradiciones son muy inciertas, como también las que se refieren á su aprendizaje filosófico, hacien do figurar entre sus maestros á Parménides, Anaxagoras, Arquelao, Teodoro de Cirene, Damón y otros. Es, sin embargo, innegable que Sócrates, dotado de un espíritu investigador, estudió todas las ciencias de su tiempo antes de señalar nueva dirección á las inteligencias. Cuando educó la suya en Atenas predominaban los sofistas, siendo por tanto muy probable que entre éstos hallase sus primeros maestros y que en su juventud profesara también la doctrina sofista, que tanto combatió más tarde. Aceptando esta opinión, algunos críticos modernos la ven confirmada en Las nubes, comedia de Aristófa. nes que ridiculiza á Sócrates, y que apareció veinticuatro años antes del proceso de este últi mo. Si en la edad madura el inmortal filósofo llegó á ser su propio maestro, según la frase de Jenofonte, no es menos cierto que de sus rela ciones con los sofistas conservó siempre una forma de argumentación con frecuencia capciosa. De las tradiciones no comprobadas relativas à Sócrates, merece especial recuerdo la que refiere un suceso cuyo teatro fué Atenas. El fisonomista Zopiro, que no conocía á Sócrates, viéndole conversar familiarmente con sus discípulos, por la sola inspección de aquella cara trivial y de fealdad casi grotesca declaró que el hombre á quien pertenecía se hallaba dominado por todos los vicios; y como el auditorio acogiese estas palabras con risas de incredulidad, el maestro confesó que, en efecto, había nacido con malas inclinaciones, pero que su fuerza de voluntad se había impuesto á su naturaleza. Los críticos modernos sustentan la creencia de que Sócrates comenzó su educación filosófica por las especulaciones de los físicos, dando á esta palabra la acepción de aquellos tiempos, y que la continuó oyendo á los sofistas; pero que, con el transcur so de los años, reconoció que la verdad no se hallaba en unos ni en otros. Entonces, agregan, leyó y meditó las sentencias y máximas de los sabios antiguos, y en estos tesoros de experien cia práctica halló una tradición que quiso conti nuar. De una frase de dichos sabios: Conócete á tí mismo, hizo el comienzo y fin de la Filosofía que enseñó. Aun después de haber adoptado una dirección nueva, conservó Sócrates algo de sus primeros maestros: de Anaxagoras la noción de inteligencia ordenadora, que supo desarrollar y fecundar maravillosamente; de los sofistas el

una misión sagrada Platón pone en su boca es-
tas palabras «Obro del modo que veis para cum-
plir la orden que Dios me ha dado por la voz de
los oráculos, por la de los sueños y por todos los
otros medios empleados por una potencia celeste
para comunicar su voluntad à un mortal. » Sien-
do innegable el buen sentido de Sócrates, acre-
ditado por el hecho de basar el comienzo de la
sabiduría en el conocimiento de sí mismo, y en
el no menos fehaciente de probar que la antigua
Filosofía se perdía en vagas especulaciones, y
que los sofistas, por sus negaciones, degradaban
la inteligencia y dejaban vacía el alma, se ha
discutido, sin embargo, en la antigüedad, como
en los tiempos modernos, lo que fuera el demo-
nio ó espíritu familiar de Sócrates. En nuestro
siglo, Lélut (Del demonio de Sócrates, París,
1836, en 8.) ha llegado á decir que el gran re-
formador de la Filosofía griega fué un apóstol,
modelo de la más pura virtud, pero también un
alucinado, un visionario. Al efecto recuerda he-
chos singulares de la vida del inmortal maestro.
En el sitio de Potidea, Sócrates, durante veinti-
cuatro horas, permaneció en pie, inmóvil y co-
mo en éxtasis, á pesar del tumulto del campo,
sin que nada pudiera sacarle de su meditación
solitaria. Habiendo ido á comer á casa de Aga-
tón, se detuvo repentinamente á la entrada y
quedó largo tiempo abstraído en una especie de
contemplación interior Sin cesar hablaba de una
voz divina que él solo oía y que le apartaba de
lo malo; de un genio, de un demonio, de quien
era como la pupila y que le hacía advertencias
que el filósofo aprovechaba para sí mismo y para
los demás. Todo ello no es suficiente para cali-
ficar de loco á Sócrates. Consultado acerca de
éste el oráculo de Delfos, la pitonisa respondió
que era el más sabio de los hombres. Sorprendi-
do por tal respuesta, fué Sócrates, según cuenta
Platón, buscando á los que gozaban de mayor

hábito de volver el pensamiento sobre sí mismo,
no para dudar como aquellos, sino para buscar
el tipo del ser como fundamento de toda inves-
tigación. Como referían los antiguos, acaso es
cierto que Sócrates asistió á la representación de
Las nubes, y que se reía como los demás espec-
tadores, porque risa debían causar en él las qui
meras que en su juventud le habían seducido.
Hallado el camino de que no debía apartarse,
dedicó su vida á la polémica y á la enseñanza,
no descubriendo generalmente sus opiniones más
que por la negación de las de sus adversarios.
Enseñaba á la vista de todos y no en el secreto
de una escuela. La plaza pública, los gimnasios,
los pórticos, las tiendas de los artesanos, cual-
quier sitio era bueno para Sócrates con tal de que
hubiera hombres de buena voluntad que desea
ran ilustrarse, que estuvieran dispuestos á con-
versar con él, á responder á sus preguntas, á
buscar y exponer la verdad. Iba de un lado á
otro sin salir nunca de Atenas, pues nadie amó
menos que Sócrates los viajes, y se detenía con
cuantos hallaba al paso, prefiriendo á los jóve-
nes de talento. Con los poetas y artistas hablaba
de Poesía, de Pintura y de Escultura, discutien-
do con ellos las reglas y principios de su arte;
con los políticos trataba de las dotes necesarias
á los gobernantes, del fundamento de las leyes,
de los recursos y necesidades del Estado; á los
padres de familia les recordaba la economía do-
méstica, les decía el modo de arreglar su casa y
tratar á los esclavos, á los hijos les exponía sus
deberes para con sus padres y hermanos, y á
todos les hablaba del Dios que ha dispuesto el
mundo con tanto orden y sabiduría, dando á
cada sér todo lo que le es útil, Dios al que, en
nuestra ignorancia de lo que nos conviene, pe-
dimos con frecuencia falsos bienes. No perdona
ba á los sofistas ui á los demagogos. Con aire bo-
nachón y sonriente, con sencillez afectada, pre-
textando el deseo de hacerse discípulo de aqué-fama, con el propósito de desmentir al oráculo;
llos y de aprender de su boca maravillosos se-
cretos, les interrogaba con instancia, suplicán-
doles que dejaran satisfecha su curiosidad, y
luego, de consecuencia en consecuencia, los hacía
caer en absurdos manifiestos que los dejahan
confundidos ante un auditorio en un principio
suspenso de los labios de aquellos sofistas, y á
la postre desencantado. Esta polémica de esca-
ramuzas y emboscadas, de las que salía siempre
vencedor, atrajo sobre la cabeza de Sócrates
odios implacables. No se cuidaba de ellos el
maestro, que diariamente procuraba el desper-
tar de las almas y la mejora de las costumbres,
haciendo la guerra á los prejuicios y á los vicios,
poco atento en general á las teorías sobre el bien
que le asigna Platón buscando siempre, por el
contrario, las aplicaciones, acomodando sus lec-
ciones á las circunstancias y á los caracteres,
aclarando y fortificando sus preceptos con ejem
plos, y dándoles autoridad con el espectáculo de
una vida que nada ocultaba, que todos cono-
cían. - Por Platón sabemos los efectos admirables
que la palabra de Sócrates producía. Un biógra-
fo, Aubé, dice: «Con los que hallaba atrinche
rados en sus afirmaciones, infatuados y orgullo-
sos de su saber, se hacía humilde é ignorante,
fingía una admiración y una curiosidad cando-
rosa, y solicitaba la gracia de recibir sus leccio-
de ser iniciado en los misterios de sus co-
nocimientos. Comenzaban aquéllos á discurrir,
y les detenía como si temiera ser deslumbrado por
su elocuencia y no poder seguirlos en su vuelo.
Rogábales que respondieran solamente à un cor-
to número de sencillas cuestiones, y comenzaba
sus interrogatorios precisos y llenos de ardides,
por medio de los cuales les obligaba á reconocer
finalmente que sus ideas eran confusas, obscuras,
que estaban mal digeridas, ó que eran completa-
mente falsas. Esto es lo que se ha llamado la
ironía de Sócrates.» Después de haber aturdido
por tal medio á sus adversarios, habiendo arran-
cado de su espíritu todos los prejuicios, Sócrates
arrojaba á manos llenas las buenas semillas, ó
mejor, hacía que germinasen y fructificasen en
las almas así purificadas. Proponiendo nuevas
cuestiones, hábilmente desarrolladas, y aclarán-
dolas con ejemplos vulgares, hacía surgir poco á
poco ideas sanas y justas, sacadas una á una de
los espíritus de sus oyentes, sin que pareciese
que el trabajo del maestro era otro que el de
ayudarles en aquel alumbramiento. Sócrates de-
cía, recordando el oficio de su madre, que aquel
método era el arte de partear los espíritus. Al
convertirse en instructor de almas, creía cumplir

nes

y

TOMO XIX

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mas pronto se convenció de que los más céle-
bres eran los que estaban más lejos de la sabidu-
ría, y, si es cierto el relato de Platón, hubo de
decir «Atenienses, la verdad es que el único
sabio es Apolo, el cual por su oráculo ha querido
declarar solamente que toda la sabiduría huma-
na no vale gran cosa, ó que no vale nada; y es
evidente que el oráculo no habla de mí, sino
que se sirve de mi nombre como de un ejemplo,
y como si quisiera decir á todos los hombres:
El más sabio de vosotros es el que, como Só-
crates, reconoce que su sabiduría no es nada.»
El incansable discutidor iba así por todas partes
confundiendo las necias pretensiones de la va-
nidad ignorante, censurando á los ambiciosos, á
los falsos sabios, á los malos poetas y á los malos
oradores, prodigando saludables consejos y bue-
nos ejemplos, y afirmando que la mejor manera
de servir al Estado era corregir las costumbres,
ilustrar las almas y preparar servidores útiles. -
Aunque se mantuvo alejado de los negocios pú-
blicos, no ocultó su disgusto por los excesos de
la democracia ateniense En el sitio de Potidea
(432-430 a. de J.C.) figuró como simple soldado,
dando ejemplo de bravura, de templanza, y sal-
vando á Alcibiades herido. Igual intrepidez, con-
tinencia y serenidad mostró en Delium (424),
especialmente en el desorden de una retirada, en
la que se ha dicho que salvó la vida á Jenofonte,
caído de su caballo; pero de esta salvación no
hablaron ni el salvado ni Platón, á pesar de que
este último elogia la conducta de Sócrates en
Delium. También en Anfípolis (423) dió mues-
tras de valor. Si es dudoso que se considerase
ciudadano del mundo, título que no conviene á
un ateniense contemporáneo de Pericles y que le
atribuye Cicerón, consta a lo menos que honró á
su patria en el ejército. Más tarde la suerte le
designó para ser pritano Ejercía estas funciones
enando se discutió la conducta de los 10 gene-
rales vencedores en las Arginusas (406), y acu-
sados por no haber dado sepultura á los muer-
tos. La voz unánime del pueblo reclamaba una
condena, y el Senado quería ceder á los clamores
populares; pero Sócrates, pagando tributo á la
justicia, votó en contra, no obstante las amenazas
y los gritos de la multitud. Dominada su patria
por los 30 tiranos (404), el filósofo, que nunca
había adulado al pueblo, no supo callar ante el
despotismo. Censuró á los gobernantes, y por ello
Critias y Caricles, los dos nomotetas, le prohibie-
ron enseñar á la juventud y le amenazaron, todo
lo cual no le hizo variar de conducta. Otro día

le ordenaron que con otros cuatro ciudadanos

marchase á Salamina en busca de León el Salaminiano, cuya muerte deseaban. Sócrates se negó, prefiriendo la pérdida de la vida á la realización de una injusticia. «No es dudoso que mi muerte hubiese seguido á mi desobediencia, dijo Sócrates, según cuenta Platón, á no ser abolido poco después el gobierno de los treinta.» - Eran muchos los enemigos de Sócrates. Los demagogos le reprochaban el haber atacado la institución más popular: la designación de magistrados por la suerte; los amigos de la democracia recordaban que Alcibiades, traidor á su patria, y Critias, el más cruel de los 30 tiranos, habían recibido sus lecciones; los sacerdotes y los devotos le tachaban de incrédulo é impío; los retóricos, los poetas y los artistas no le perdonaban sus censuras. Melito, Licón y Anito recogieron estas quejas é intentaron la acusación, cuyo texto decía: «Melito, hijo de Melito, del burgo de Pitos, acusa, bajo la fe de juramento, á Sócrates, hijo de Sofronisco, del burgo de Alopece. Sócrates es culpable porque no reconoce á los dioses de la república, y pone en su lugar extravagancias demoniacas. Es culpable porque corrompe á los jóvenes. Pena, la muerte.» Esta acusación se hizo en uno de los años 400 ó 399 a. de J.C. El caso no era nuevo. Anaxágoras, Esquilo, Diagoras, Protágoras, Pródico y otros pasaron por situación semejante. Algunos se salvaron huyendo; pero Sócrates se negó á hacerlo y á toda defensa, diciendo á un amigo que le aconsejaba lo contrario: No ves en lo que me he ocupado toda la vida? Jamás he cometido una injusticia. Esta es, á mi juicio, mi más hermosa apología. >> En el proceso intervinieron los heliastas. Los individuos de este tribunal, elegidos por la suerte, eran casi todos hombres del pueblo, susceptibles, dados á la ira, más acostumbrados á oir los humildes ruegos de los acusados que á sufrir con paciencia sus lecciones. Sócrates compareció ante ellos con sus discípulos. Lisias, el mejor orador de su tiempo, compuso para él una brillante defensa. El filósofo la rechazó y se defendió por sí mismo con la noble altivez del hombre de conciencia pura, fuerte con el sentimiento de su inocencia. Expresábase, escribe Cicerón, á quien confirman Platón y Jenofonte, «no como un acusado ó como un culpable, ni suplicando, sino como el maestro y juez de sus propios jueces. >> La defensa propiamente dicha, tal como aparece en Platón y Jenofonte, es débil. Acusado de no creer en los dioses del Estado, Sócrates respondió que era piadoso, que reconocía la existencia de la Divinidad, á la que veía presente en todas partes, en el alma humana y en la naturaleza; pero esto no era afirmar la existencia de los dioses en que creían los griegos, antes bien parecía referirse á un Dios nuevo, al Dios de la conciencia, al Dios desconocido de que San Pablo habló más tarde á los mismos atenienses. Nunca atacó Sócrates de frente à las dioses del Estado; mas su silencio y su reserva á propósito de la religión popular no eran una adhesión. Creía en los demonios, pero como divinidades inferiores y subalternas, guardianas y consejeras de la vida de los mortales, lo cual era introducir una novedad en la religión, ó mejor, para los jueces equivalía a declararse culpable de impiedad. Los jueces eran en número de 559. Una mayoría de tres votos, ó de seis según los cálculos de Grote, afirmó la culpabilidad del acusado. Faltaba fijar la pena. Melito proponía la muerte. El acusado tenía derecho, ya declarado culpable, á indicar la pena á que se creía acreedor, y el jurado elegía entre ésta y la pedida por la acusación. Sócrates, ejercitando su citado derecho, trazó el cuadro de su vida, y terminó pidiendo, no el castigo, sino una recompensa la de ser alimentado en el Pritaneo. En vano, para complacer á sus amigos, á la vez que para cumplir con la ley y destruir el efecto de sus anteriores palabras, se condenó sucesivamente á la multa de una y treinta minas. Los jueces, aceptando la pena propuesta por la acusación, pronunciaron la muerte. Sublimes son las últimas palabras que Sócrates, ya condenado, dirigió a sus jueces: «Cuando mis hijos sean mayores, si los veis buscar las riquezas ú otra cosa distinta de la virtud, castigadlos con los tormentos que yo os he aplicado; y si creen ser algo, aunque no sean nada, hacedlos avergonzarse de su apatía y de su presunción. Tal ha sido mi conducta con vosotros. Si obráis de este modo, mis hijos y yo sólo tendremos motivos de alabanza para vuestra justicia. Pero llegó el tiempo de separarnos: yo para morir, para

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vivir vosotros. ¿Quién sale más ganancioso? Sólo Dios lo sabe.» - La víspera del día en que Sócrates fué juzgado, el sacerdote de Apolo había coronado la popa de la galera que llevaba á Delos las piadosas ofrendas de los atenienses; y como la ley prohibía ejecutar ninguna sentencia de muerte antes del regreso de la galera, hubo de permanecer Sócrates en la prisión un mes, rodeado de su mujer, de sus tres hijos y de sus amigos, sin perder la calma, con serenidad admirable, hablando con todos, animándoles y dándoles consejos. Su viejo amigo Critón le propuso la fuga á Tesalia, para la que todo estaba preparado. Sócrates no la aceptó, obedeciendo, según máxima que solía repetir, à la ley injusta, como á un padre poco razonable. Uno de sus discípulos, Apolodoro, ó la mujer del reo al decir de otros, manifestó al filósofo su indignación contra la iniquidad de un juicio que le arrebataba al mundo de los vivos. Socrates, con dulce sonrisa, le respondió: ¿Prefeririais verme morir culpable?

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Que alguna vez el ocio

Es de las armas cordial SOCROCIO,
Y Venus en la paz, como Santelmo,
Con manos de marfil le quita el yelmo.
LOPE DE VEGA.

SOCTRANG Ó SOKTRANG: Geog. Dist. de la
Baja Cochinchina, Indo-China francesa, sit. en la
parte oriental de la península de Rachgia, limi-
tado al E. por el brazo occidental del Mekong ó
río de Basac, al N. por el dist. de Traon ó Can-
tho, al O por el de Rachgia y al S. por el Mar
de la China. Administrativamente forma parte
de la inspección de Basac, y está dividido en 11
cantones y 134 municips. ; 75 500 habits. Capital
Soktrang.

SOCUCHO: m. Arq. Patio interior de muchas
casas de Méjico, que emplean como bodega y que
tiene bastante más largo que ancho, y sus pare-
des algún tanto elevadas; muchas veces se cubre
con un toldo para resguardar de los rayos del
sol á lo que en él se guarda. En algunas aldeas
emplean esta bodega especial como prisión pro-
visional. En la isla de Cuba tiene esta voz un

significado completamente distinto, pues es lo
mismo que cueva y caverna, llamándose de este
modo á un escondrijo cualquiera.

SOCUÉLLAMOS: Geog. V con ayunt., p. j. de
Alcázar de San Juan, prov de Ciudad Real,
dióc. de Cuenca; 3758 habits. Sit. en el extremo
N. E. de la prov., cerca y al S. del río Záncara,
con estación en el f. c. de Madrid á Alicante,
intermedia entre las de Záncara y Villarrobledo.
Terreno llano; cereales, vino, hortalizas y legum-
bres. Rodean la v. campos perfectamente culti
vados, que riegan las aguas del citado río y del
Córcoles. Para evitar la estancación de las aguas
do varias acequias.
y las consiguientes inundaciones se han construí-

En el último día de su existencia habló á sus ami-
gos de la esperanza que tenía de hallar en otro
mundo hombres mejores, dioses justos y buenos.
Luego, tranquilo y risueño, sin énfasis teatral,
consolando á sus amigos (Critón, Platón, Apo-
lodoro) que gemían, y al carcelero que lloraba,
bebió la cicuta, no sin hacer que antes se aleja-
sen las mujeres. Nada más conmovedor ni más
patético que el relato de los últimos momentos
del gran maestro escrito por Platón. Bebida la
cicuta, aún conversó algún tiempo Sócrates con
sus amigos Sus últimas palabras, dice Platón,
fueron estas: «Critón, debemos un gallo á Escu-
lapio; no olvides el pago de esta deuda.» Esta
frase, que acaso pertenece á Platón, no es en
todo caso una profesión de fe pagana. Muerto el
insigne filósofo, Critón le cerró la boca y los ojos.
Célebre es también la mujer de Sócrates, llamada
Jantipa, cuya memoria va unida á no pocas fal-
sas anécdotas, si bien parece indudable que
aquélla no era un modelo de dulzura, y que el
filósofo en su propia casa vió puesta á prueba su
paciencia Jantipa le dió cinco hijos: el mayor,
Lamprocles, y otro llamado Sofronisco, murie-
ron antes que el padre, á quien sobrevivieron
otros tres varones, uno de los cuales había pa-
sado de la niñez. La posteridad adoptó y respetó
el magnífico testimonio de Platón. Los doctores
cristianos de los primeros tiempos, de ordinario
poco tolerantes con los hombres y cosas del pa-
ganismo, se inclinaron todos con cariño ante la
memoria de Sócrates, á quien se recuerda natu-
ralmente cuando se busca el tipo de la virtud.
San Justino llegó á decir que Sócrates era cris-
tiano, que había conocido á Cristo en parte;
Erasmo escribió esta frase: Sancte Sócrates, ora
pro nobis; y Montaigne declaró que el alma de
Sócrates era la más perfecta de que había tenido
noticia, y que dudaba mucho que hubiese otra
semejante. Raro es el museo de antigüedades
que no posee algún busto de Sócrates. Tenía éste
los ojos saltones, la nariz chata, los labios grue-laguna que da origen á la quebrada Carbonera,
sos; era calvo, y ha venido á ser un tipo prover-
bial de fealdad física, como su alma lo es de be-
lleza espiritual. Sócrates no dejó ninguna obra.
Las cartas que se le atribuyen son evidentemente
apócrifas. Publicadas por León Allacci (París,
1637, en 4.), en griego y latín, lo fueron tam-
bién por Orelli en su Collectio Epistolarum Græ-
carum. V. ARISTOTELISMO Y PLATONISMO.

- SÓCRATES: Brog. Historiador griego apelli dado el Escolástico. N. en Constantinopla hacia 379 M. después de 440. Continuó la Historia eclesiástica que había empezado Eusebio de Cesárea, y añadió á ella siete libros que comprenden desde el año 306 al 349, es decir, uno de los períodos más agitados y fecundos de los anales de la Iglesia. Su obra es muy estimada por la exactitud de los hechos y por su moderación. Impresa en griego por R. Estienne (París, 1544, en fol.), fué traducida al latín por Musculus (Basilea, 1549, en fol.) y por Christopherson (París, 1571, en fol.); al francés por el presidente Cousin, y al inglés por Parker. La mejor edición es la grecolatina de Enrique Valois (París, 1688, en fol.), reproducida varias veces con notas ó sin ellas, y copiada en la Patrologia griega de Migne (íd., 1859, t. LXVII). En Oxford se hizo una edición griega (1844, en 8.°). El sobrenombre de Escolástico lo debió á su título de abogado, pues esta era la acepción de la palabra en aquel tiempo. SOCRÁTICO, CA (del lat. socraticus): adj. Que sigue la doctrina de Sócrates. U. t. c. s.

SOCUEVA: Geog. Aldea del ayunt. de Arredondo, p. j. de Ramales, prov. de Santander;

115 habits.

SOCUY Geog. Río de Venezuela. Nace en la serranía de Perijá; corre hacia el N. E.; atraviesa la laguna de Sinamaica, y desemboca en el Golfo de Venezuela.

SOCHA: Geog. Laguna de Colombia, en el de-
partamento de Boyacá, sit. entre los 5 y 6o de
lat. N., en el promedio de Socha y Tasco, sobre
una elevada meseta; suministra parte de sus
aguas á la quebrada Rancherías, que vierte en el
Chicamocha; en la misma situación hay otra

la cual desagua en el mismo río, cerca de Tasco
(Esguerra, Die. Geog. de Colombia). || Dist. de
la prov. de Tundama, dep. de Boyacá, Colom-
bia, sit. en la falda de un cerro, no lejos del
río Chicamocha, á 2625 m. de alt.; 3500 ha-
bitantes.

SOCHACZEW: Geog. C. cap. de dist., gobier-
no de Varsovia, Polonia, Rusia, sit. cerca de la
orilla dra. del Bzura, entre las confl. del Pisia y
del Utrata; 7000 habits.

SOCHANTRE (de so, por sub, y chantre): m. El que en las iglesias dirige el coro en el canto llano.

SOCHAPÁN: Geog. Pueblo cab. de la municipalidad de su nombre, cantón de Huatusco, estado de Veracruz, Méjico; 560 habits. Compren de la municip., el rancho y congregación de Rincón Juárez.

SOCHIACA: Geog. V. SAN JUAN SOCHIACA.

SOCHIAPÁN: Geog. Pueblo con agencia muni-
cipal en el dist. de Tuxtepec, est. de Oaxaca,
Mejico; 520 habits. Sit. en la cima de un cerro,
á 184 kms. al S.O. de la cab. del dist. y á 248
al N. de la cap. del est.

SOCHILTLAPILCO: Geog. V. SANTA MARÍA
SOCHILTLAPILCO.

SOCHO: Geog. ant. V. Soco.
SODA (del ital. soda): f. Sosa.

SODA

... no sé en qué se funda el doctor Amado, cuando quiere que la llamada de los árabes alkali, y de los castellanos SODA, de cuya ceniza se hace el vidrio, sea la antilide verda dera. ANDRÉS DE LAGUNA.

- SODA: Geog. Lago del condado de Caddo, est. de Luisiana, Estados Unidos; comunica por el N.O. con el lago Caddo y por el S. E. con el río Rojo de Shreveport; 25 kms. Es nave. gable.

SODADA (del lat. soda, sosa): f. Bot. Género de plantas perteneciente á la familia de las Caparidaceas, cuyas especies habitan en Egipto, y son plantas fruticosas, con las ramas espinescen tes, y hojas poco numerosas, alternas, enteras, coriáceas, con estípulas espinosas aplicadas sobre el tallo, y flores formando racimos apanojados, terminales y bracteados; cáliz cuadripartido, con las divisiones empizarradas en la estivación; corola casi siempre blanca, de cuatro pétalos insertos sobre un disco y empizarrados en la estivación; estambres numerosos insertos sobre un disco pequeño de forma hemisférica, con los filamentos filiformes, y las anteras dispermas, biloculares y longitudinalmente dehiscentes; ovario sostenido por un pedicelo largo, unilocular, con óvulos numerosos insertos sobre placen tas parietales, con estigma sentado y orbicular. El fruto es una baya globosa ó silicuiforme, coriácea y unilocular; semillas numerosas, envueltas en una masa pulposa, arriñonadas ó casi globosas, con la testa crustácea; embrión arrollado y sin albumen.

SODALITA (de soda, y el gr. Miros, piedra): f. Min. Silicato clorífero de alumina y sosa, conteniendo algunas veces ácido fosfórico en muy exiguas proporciones, sin que pueda afirmarse, dada la inseguridad de los resultados numéricos, cuál sea el lugar que á este mineral corresponde en el orden numerosísimo de los silicatos. Inclúyelo Lapparent, con muy buenas razones, en el género denominado por él mismo de los fel. despatoides, fundándose en sus relaciones con otros minerales que á tal género pertenecen: la tenita, la sufelina, la hauyna y algunas más, cuya composición química refiérese siempre á un silicato doble de alúmina y otra base, alcalina ó alcalinoterrosa, siendo las relaciones del oxíge no como 1:3:8, y también como 1:3:4, ob. servándose cómo la última cifra es un múltiplo de 4, lo cual dice el autor citado que es condición muy de tenerse en cuenta y que sirve para establecer una distinción primordial entre feldespatoides y feldespátidos, por cuanto en los últimos la misma cifra es de ordinario 3 ó un múltiplo de 3. En su calidad de silicato clorifero, contiene la sodalita, conforme se verá luego, cierta cantidad de cloruro de sodio, cuyo cuerpo hace en su molécula análogas funciones á las asignadas al sulfato potásico en la hauyna, cuyo mineral es uno de los mejor definidos y caracte rizados feldespatoides. Trátase, por lo tanto, respecto del cuerpo que en este artículo vamos á describir, de un mineral propio y característi co de las rocas eruptivas modernas, en las cuales desempeña papel análogo al asignado á los cuerpos denominados feldespátidos respecto de las rocas eruptivas de formación más antigua. Al enunciar este hecho, bien se entiende cómo se trata de uno de tantos minerales formados á expensas del silicato de alúmina cuando se une á determinadas bases que provienen de metales alcalinos ó alcalinoterrosos, y son de ordinario la potasa, la sosa y la cal, y es que la magnesia por excepción se halla unida alguna vez al silicato alumínico en la naturaleza. Dada la generalidad de las definiciones establecidas y admiti das en la actualidad, se comprende cómo en el grupo en el cual la sodalita aparece incluida deben comprenderse muchas otras especies mineralógicas, si análogas en cuanto á su estructu ra molecular y á la formación, distintas y muy distintas teniendo en cuenta caracteres de tanta importancia como la forma cristalina, notablemente influída, á lo que parece, por los cuerpos reconocidos como asociados constantes del sili cato doble, á ejemplo del cloruro de sodio en el que nos ocupa, y que parecen imprimir cierto carácter á los minerales del grupo marcando su presencia en caracteres muy propios suyos y pe culiares de su individualidad, mediante los cuales es determinable su presencia en todos los casos, sirviendo esto como verdadero carácter de

los feldespatoides, cuantos son calificados de mezclas por lo menos y resultan, conforme va indicado, principalmente de la unión del silicato doble alumínico sódico con el sulfato potásico ó con el cloruro sódico, que es el caso presente, digno de atento estudio desde muchos puntos de vista, ya que, en definitiva, trátase de un mineral capaz de dar primera materia en algunas industrias químicas.

Cristaliza la sodalita en formas pertenecientes al sistema cúbico, y afecta de continuo la de un dodecaedro romboidal dominante, con frecuencia alargado en una dirección; considerando el mineral que nos ocupa como un sílicocloruro, incluído en el grupo en el cual compréndese la pisosmalita, vese ya una primera diferencia con este cuerpo, que cristaliza en la forma primitiva y dominante del prisma hexagonal, si se compara con la hauyna, también desde el punto de vista de la forma cristalina, adviértese cómo ésta, calificada, no sin razón, como un sílico sulfato, resultante de las asociaciones de un silicato triple, alumínico, sódico, cálcico con sulfatos sódico, potásico y cálcico, cristaliza, al igual del mineral objeto del presente artículo, en dodecaedros romboidales con los caracteres señalados y determinados en las formas reconocidas por más constantes en la sodalita, cuyos cristales son fácilmente exfoliables, cuando menos en una dirección muy marcada y manifiesta; la estructura es, por lo general, lunular bien reconocible, y la fractura concoidea astillosa y á veces bastante desigual, particularmente tratán. dose de los ejemplares cristalizados cuyas formas han experimentado modificaciones mecánicas bastante sensibles; es mineral translúcido en mayor 6 menor grado, y posee marcado brillo vítreo y á veces craso. Las sodalitas procedentes del Vesubio son casi siempre incoloras ó blancas; pero las de otras procedencias tienen tonos verdosos bastante acentuados, y casi son de color verde montaña y verde de Caledonia, y existen ejemplares amarillos, aunque el color no sea muy marcado, y cítanse también varios de color de rosa y azules, de la propia suerte que se hacen notar, á modo de gran rareza, muestras de sodalita dotadas de la más perfecta transparencia. Generalmente dominan los colores verdosos no bien definidos, y es de advertir al propio tiempo cómo los cristales tienen de ordinario las aristas desgastadas, sucediendo lo propio con los ángu los, y por eso es frecuente ver el mineral que estudiamos constituyendo granos redondeados y masas granulares, cuyo volumen nunca es considerable, pues no se trata de cuerpo muy abundante ni tampoco muy repartido en la naturaleza; su peso específico, no muy considerable, hállase comprendido entre los números 2,27 y 2,29, y respecto de la dureza varía de 5,5 á 6 en la escala de Mohs, advirtiendo que el polvo del mineral que nos ocupa es à la continua de color blauco. En cuanto à la composición química de la sodalita, sucede como en otros muchos minerales mejor calificados de mezclas que, tenidos por combinaciones definidas, los datos asimismo suministrados por el análisis difieren notablemente, y aun teniendo presentes muchos los términos medios no pueden representar con la exactitud debida su composición de ciertos ninerales bien caracterizados y definidos cuando se apela á otras cualidades determinantes y tan señaladas como la forma ó las propiedades químicas, ó examinándolos desde el punto de vista petrográfico, según modernamente se hace, y considerándolos, por ejemplo, en sus acciones sobre la luz polarizada cuando se examinan convenientemente, tallados en láminas delgadas y transparentes, por medio del microscopio. En este caso, como en muchos otros, no sólo los minerales tienen interés, desde el punto de vista de la investigación, considerándolos especies definidas, sino que es menester tener presente al pro pio tiempo cómo trátase de elementos constitu tivos de rocas, con su estructura particular dependiente del estado de agregación de las moléculas, aun de la orientación y naturaleza de las mismas, por cuanto es à tales caracteres inherente propiedad tan importante, por ejemplo, como las acciones sobre la luz polarizada, de las cuales aprovéchase el investigador, no tan sólo para diferenciar en una roca cada una de sus partes constitutivas, sino también para distinguir cada elemento constitutivo de estos agrega

dos mineralógicos, resultado de unirse un cloruro á un silicato, como en el caso presente, un

cuerpo formado: 3(Na, Al,Si,Og) + 2(NaCl), la cual también puede escribirse

3(Na,0,3A1,0)6 (SiO2) + 2(NaCl),

que viene á expresar lo mismo, y constituye, no diremos la fórmula verdadera, pero sí la más probable de la sodalita, en cuanto justifica su inclusión en el grupo de los feldespatoides, y es además considerada como un silicato anhidro no exclusivamente aluminoso. De todas suertes, venimos á parar en que, si la determinación de la especie mineralógica, atendiendo de preferencia á la forma cristalina y al conocimiento petrográfico, no ofrece dificultades mayores y pueden seguirse los ordinarios procedimientos de inves tigación con la seguridad de llegar à resultados ciertos y positivos, no pueden darse iguales seguridades tratando de determinar la especie química, ya atendiendo á la complicación mole. cular, ya atendiendo á la discordancia de los análisis, la cual es parte para no poder fijar la fórmula ni representar en un símbolo la composición y estructura molecular del silicato clorifero de alúmina pura, clasificado con buen acuer do entre los feldespatoides.

fluoruro á un silicato, de lo cual es el mejor ejem |
plo el topacio, ó un sulfato á un silicato, según
acontece en la hauyta, varias veces citada en
este artículo; no se sabe si constituyendo un
cuerpo definido desde el punto de vista químico
ó formando un agregado menos íntimo, especie
de asociación mineralógica de cuerpos bien dis-
tintos atendiendo á su composición química,
pero de separación tan difícil que no llega á rea-
lizarse sin alterar profundamente la constitu
ción íntima de los cuerpos así formados, entran-
do en ellos cada uno de los elementos asociados
en proporciones variables, dependientes de ma.
sas hasta el presente ignoradas y á cuyo escla
recimiento contribuyen á cada paso las determi
naciones numéricas y el estudio minucioso de
los caracteres esenciales de los minerales así
constituídos y formados. Para ver de qué suerte
se cumple lo dicho, bastará poner aquí sólo dos
análisis de la sodalita: el primero de antigua
data, y el segundo practicado por Rammelsberg
trabajando con ejemplares procedentes del Ve-
subio y ensayando valiéndose de métodos per-
feccionados y sujetos á bien conocidos errores;
según el primer análisis, el mineral que estudia-
mos contiene, en 100 partes, 46, 81 de ácido si- Los caracteres químicos que sirven para reco-
lícico, 23,97 de sesquioxido de aluminio, 21,48 nocer y determinar la sodalita son los siguien
de óxido de sodio, 7,43 de cloro y 0,85 de ácido tes: apelando á la vía seca, y calentando el mi-
fosfórico, siendo muy leves y despreciables las neral, como es uso en este linaje de ensayos, en
pérdidas de materia en las operaciones; aten- un tubo cerrado, obsérvase, tratando de las va-
diendo al segundo análisis, la sodalita estaríariedades transparentes y de colores azules ó azu-
compuesta de la manera siguiente, también en
100 partes: ácido silícico 38, 12, sesquióxido de
aluminio 31,68, óxido de sodio 24,37 y cloro
6,69, sin trazas de ácido fosfórico, cuya presen-
cia se considera accidental y fortuita. Basta ins.
peccionar las cifras para entender cómo su dis-
paridad y ningún acuerdo son causas para no
poder fijar, de modo cierto y seguro, la composi-
ción centesimal del mineral que estudiamos, y
pudieran ponerse otros análisis que así lo com-
prueban á su vez; sin embargo, atendiendo á los
mejores análisis y á los resultados numéricos
conseguidos mediante el empleo de los procedi-
mientos modernos más perfeccionados, suele
admitirse, con Lapparent, que el mineral objeto
del presente artículo contiene, por 100 y en nú.
meros redondos, 38 de sílice, 32 de alúmina,
25 de sosa y 5 de cloro, que son los que pueden
denominarse elementos esenciales suyos.

Iguales indicaciones y la misma inseguridad pueden advertirse tratando de representar en una fórmula la composición química y la probable estructura molecular de la sodalita, pues tales cosas reconocen por esencial fundamento los datos numéricos apuntados por el análisis; sin entrar aquí, por no ser lugar oportuno, en discusiones acerca de las fórmulas propuestas, deben presentarse algumas de ellas siquiera para ver de qué suerte hay dificultades, en más de un caso insuperables, tratando de investigar la constitución de ciertos silicatos complicados, al igual de este que ahora describimos. Para algunos debe representarse, atendiendo sólo á la composición química de la sodalita, y considerándola al propio tiempo como silicato alumínico sódico mezclado con cloruro de sodio, por la fórmula 3Na0,8A1,O,6SiO2 + NaCl, la cual no es admisible aun cuando aparezca fundada con las minuciosas determinaciones analíticas de Rammelsberg; no es tampoco más seguro comprender la composición química del clorosilicato cuyo estudio nos ocupa en el símbolo

12SiO, 3Na,0,3A1,03+2NaCl,

que indicaría haberse formado ó constituído me-
diante la unión de 12 moléculas de ácido silícico
con tres de óxido de sodio y tres de sesquióxido
de aluminio, mezclándose luego el cuerpo así
constituído con dos de cloruro sódico; la hipóte-
sis tampoco parece muy admisible, y cuando
menos puede ser tachada de demasiado artificio-
sa, no respondiendo en verdad á hechos reales,
sino á ciertas doctrinas establecidas respecto de
la constitución de los silicatos y de las maneras
de hacer derivar á los naturales de diversos hi-
dratos de un ácido silícico tipo, el cual consti-
tuiría la especie química verdadera; más en lo
cierto están, á nuestro entender, los que admiten
la constitución de la sodalita como resultante
de la unión de los elementos sodio, aluminio,
silicio y oxígeno, para formar un compuesto
de unirse al cloruro sódico en la
capaz

salino

proporción de tres moléculas del primero por dos
de éste, escribiendo así el símbolo ó fórmula del

t

lados, que no tardan en perder la transparencia, y al tornarse opacos cambian su color por el blanco más o menos acentuado; al fuego del soplete, siendo muy vivo y continuado, llega á fundirse al cabo de bastante tiempo el clorosilicato alumínico sódico, convirtiéndose en un vidrio voluminoso transparente, y que al fuego se hincha como si fueran á desprenderse de su masa burbujas gaseosas. Por la vía húmeda casi todos los ácidos minerales atacan á la sodalita, particularmente si están concentrados, y en parte la disuelven dejando por residuo ácido silícico, afectando la forma gelatinosa; si el ácido empleado es el sulfúrico ejerce sus acciones de preferencia sobre el cloruro de sodio, y por virtud de ellas despréndese ácido clorhídrico gaseoso: tratando el mineral pulverizado con ácido nítrico concentrado, dejando depositar la sílice y filtrando luego, se consigue un líquido incolo. ro, en el cual determina el nitrato de plata la formación del precipitado blanco cuajoso, propio del cloro y de todos los cloruros solubles. De otra parte, la llama amarilla denuncia la presencia del sodio y es la alúmina reconocible apelando sólo á sus caracteres generales, en particular después de haber separado el ácido silicico en la forma que más arriba queda dicho.

Encuéntrase la sodalita constituyendo granos de no gran tamaño, redondeados, y también masas granuladas, muy pocas veces en cristales aislados, en las masas erráticas de la Gomma, en las lavas antiguas y modernas de los alrededores de Nápoles y en las traquitas de la propia localidad; en Lamoc, no lejos de Brevig, está asocia da con la cleolita y diversos feldespatos, y se citan como yacimientos de las variedades azules, que son las más raras, nunca halladas en cristales, siquiera de regular tamaño, Miaok y Litchfield; de España no hay datos acerca de la exis. tencia y yacimientos de este mineral, propio, conforme se ha visto, de las cercanías é inmedia ciones de los volcanes, y que se ve en diferentes lavas, sin que por su formación sean precisas las más antiguas, y por decirlo así mejor consoli. dadas.

Algunos autores de gran nombradía conside ran una variedad de sodalita, y como tal admiten, la glaucolita, mineral acerca de cuya composición no hay datos seguros ni concretos; procede de Siberia, donde ha sido hallado diseminado en una roca feldespática, y tiene como caracteres el color muy semejante al que es propio de la flor de espliego, la textura designal y astillosa bien marcada; su dureza, inferior a la de la sodalita, no pasa del número 5 de la correspondiente escala, y el peso específico varía desde 2,7 á 2,9; sus cualidades químicas son las que más particularmente hacen considerar este cuerpo como un clorosilicato alumínico sódico perfectamente anhidro.

Para caracterizar debidamente las sodalitas de todo género, llamando así por extensión á las asociaciones del cloruro de sodio con silicatos sódicoalumínicos, deben considerarse estos mi

nerales desde el punto de vista petrográfico, determinándolos por aquellos métodos cuyos resultados son de grandísima eficacia cuando se opera con ejemplares reducidos á secciones delgadas, transparentes y en estado de poder ser estudia das con el microscopio ordinario y con el polarizante, adoptando disposiciones variadísimas de acuerdo con el carácter especial de los problemas que se han de resolver. Atendiendo, pues, á las cualidades peculiares de la sodalita tallada en láminas muy delgadas, califícase entre los minerales opacos y en el grupo de los denominados regulares, por presentarse á la continua en formas cristalinas más o menos perfectas, es cierto, pero siempre con toda claridad determinables, las cuales pertenecen á alguno de los sistemas cristalinos admitidos, siendo en el caso presente la forma cúbica el tipo al cual son referibles las formas dodecaédricas romboidales propias del clorosilicato alumínico sódico que hemos descrito. Dentro del grupo indicado cabe todavía hacer tres divisiones, fundadas en que los mine rales en él comprendidos no sean atacables por el ácido clorhídrico; lo sean poco y con grandísima dificultad, ó sean solubles en aquel reactivo, en cuyo caso hállanse las sodalitas, las cuales dejan, conforme es sabido, gelatina de sílice, produciendo el líquido ácido, ó sea la parte solu ble, las reacciones que en la llama sirven para caracterizar el sodio, cuyo metal determinase igualmente empleando como reactivo disolvente el ácido hidrofluosilícico; es asimismo carácter de la sodalita y lo comparte con la hauyna y la noscana, el no dar agua cuando se somete á las acciones del calor, por tratarse de minerales anhidros, ó mejor de asociaciones mineralógicas en las cuales no es posible la presencia de semejante cuerpo, por haberse ellas formado á elevadísimas temperaturas, pues no ha de echarse en olvido cómo la sodalita hállase de continuo entre los productos de proyección volcánica, y es mineral cuyo yacimiento está precisamente en las sienitas eleolíticas y rocas que guardan ciertas analogías con ellas. Presenta el mineral que nos ocupa secciones cuadradas, hexagonales, redondeadas y de contornos sumamente irregulares; cuando tal suceda y véanse atravesadas por hendeduras cuadradas, muchas veces desprovistas de todo color, y en ocasiones presentando hermosos y bien determinados tonos azulados y ver. dosos, son además dichas secciones particularmente ricas en inclusiones, gomosas de ordinario y de grandes dimensiones, semejando burbu jas retenidas en una masa pastosa, cuya resis. tencia no ha podido ser vencida por las presiones interiores de sus gases. La sodalita da directamente la reacción del cloro con la pasta de sal de fósforo impregnada de ácido cúprico, y de su disolución en el ácido nítrico obtiénense, evaporando, cristales cúbicos de cloruro sódico.

ciertos instrumentos dispuestos para el caso; este
carácter de la dureza, aunque muy relativo en
cierto respecto, debe aquí ser tenido en cuenta,
porque en cierto modo diferencia al alumbre
potasico del sódico, siendo el primero bastante
más blando y fácil para la raya. Posee el que nos
ocupa lustre vítreo, y algunos ejemplares son
enteramente transparentes y hialinos.

En cuanto a la composición química del alum-
bre sódico, si no es complicada atendiendo á la
manera de estar combinados sus elementos cons-
titutivos, lo es atendiendo á los numerosos aso-
ciados nombrados hace un momento; y á fin de
verlo confirmado, he aquí el análisis debido á
Th. Thomson, tal como lo presenta Dana en su
acreditada y excelente obra de Mineralogía; en
100 partes de alumbre sódico contiénense: 37,70
de ácido sulfúrico, 12 de sesquióxido de alumi-
nio, 6,96 de óxido de sodio, 41,96 de agua, 0,01
de ácido silícico, 0,14 de óxido de calcio, 0,42
de protóxido de hierro y 0,11 de sesquióxido de
hierro, explicándose la presencia de tal número
de cuerpos atendiendo á los yacimientos del
cuerpo que estudiamos, bien semejantes á los
asignados para la alumita ó alumbre ordinario,
que es el doble sulfato alumínico potásico cris-
talizado en octaedros perfectos, reteniendo siem-
pre 24 moléculas de agua, separable en totalidad
por medio del calor á no muy elevada tempera-

tura

A la composición del alumbre sódico, descartados los elementos accidentales, corresponde la fórmula No.SO,ALSO12+24 HO; y en cuanto á sus caracteres químicos, bien puede decirse en este respecto que su diferencia esencial del alumbre potásico consiste en la insolubilidad con el alcohol; por lo demás, calentado experimenta la fusión acuosa y pierde totalmente su agua, reduciéndose á una masa blanca, ligera y porosa, la cual con gran facilidad se pulveriza, constitu yendo el llamado alumbre sódico calcinado, que ha recibido algunas, aunque no muy grandes, aplicaciones en la Medicina, por virtud de sus propiedades astringentes, y en las Artes para limpiar metales y otros usos, no ciertamente más importantes, en todo análogos á aquellos en los cuales es utilizado el alumbre potásico, siempre preferible por su abundacia y baratura y por presentarse en la naturaleza muchas primeras materias de las cuales puede ser extraído mediante operaciones industriales practicadas en muy grande escala, conforme queda puntualizado en otro artículo de este DICCIONARIO (véase ALUMBRE). Dada su rareza y poca frecuencia en que se halla, y la poca determinación de sus propiedades, bien se comprende cómo el alumbre sódico constituye una verdadera rareza mineralógica, notable por su aspecto, en todo semejante al yeso fibroso mejor caracterizado y brillante, constituyendo masas cuyas fibras únense en toda su longitud, sin cruzarse jamás ni cortarse en SODALUMBRE (de soda, y alumbre): m. Min. modo alguno, como si hubiesen experimentado Alumbre sódico natural, cuya composición res- al formarse muy enérgicas y violentas presiones, ponde á un sulfato alumínico sódico cristalizado suficientes para deformar cristales, obligándoles con 24 moléculas de agua. Preséntase esta rara á desarrollarse en determinados sentidos. Y tan especie mineralógica cristalizada en formas per- raro y escaso es el alumbre sódico natural, que tenecientes al primer sistema, siendo general sólo se ha señalado una localidad donde se enverlo en octaedros bien formados y perfectamen-cuentra, sin asociaciones manifiestas con otros te determinados; su estructura es siempre fibrosa, aun formando costras sobre otros minerales esquistosos ó masas mismas de gran tamaño; posee los caracteres generales de los alumbres todos; su color es blanco, bastante puro, ya que sólo en contadas ocasiones vese manchado por el óxido de hierro; generalmente hállase formado por fibras acopladas longitudinalmente, en tal disposición que recuerdan por su aspecto al yeso fibroso, con cuyo cuerpo no puede, sin embargo, confundirse nunca. El mineral que nos ocupa es bastante notable desde muchos puntos de vista, en cuanto difiriendo apenas su composición de la típica asignada á todos los alumbres, en sus análisis se han reconocido y determinado otros cuerpos como obligados acompañantes de los dos sulfatos isomorfos que lo constituyen y son constantes asociados suyos, aunque sus proporciones son tan exiguas que no alcazan siquiera en cada uno de estos cuerpos extraños el 1 por 100. Caracterízase también el alumbre sódico por el peso específico, bastante leve, pues no llega á 1,88, siendo la dureza del mineral cuya descripción nos ocupa 3, igual ó muy próxima á la asignada á la caliza, uno de los términos elegidos para valorar la resistencia ofrecida por los minerales si se dejasen rayar por otros cuerpos ó con

minerales ó rocas á cuyas expensas pudiera ha-
berse producido, en virtud de alteraciones y me-
tamorfosis de algunos de sus elementos; esta lo-
calidad es Mendoza, ó mejor San Juan, á cuya
provincia pertenece, en la vertiente de los An-
des de América, de donde viéuele el nombre de
mendozita, que suelen darle algunos mineralo-
gistas, aunque conviénele mejor el aquí adopta-
do, teniendo presente su composición química
definida.

Fácil es obtener, mediante síntesis, el cuerpo
que nos ocupa, y la operación queda reducida,
en último término, á cristalizar una mezcla he-
cha en las proporciones convenientes de sulfato
sódico y sulfato alumínico disueltos en agua; no
aparecen los cristales con la estructura fibrosa ca-
racterística del alumbre sódico natural, antes
tiene la apariencia octaédrica de las formas del
alumbre potásico, pero diferenciándose de este
cuerpo porque no pueden reconocerse secos en
contacto del aire, por virtud de sus propiedades
efluescentes, ya que perdiendo poco a poco las
24 moléculas de agua que entran en su composi
ción pronto redúcese á polvo, perdiendo, cuando
menos, la apariencia cristalina, debida en el caso
presente á ignoradas influencias del agua rete-

nida.

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SODAMIDA (de sodio, y amida): f. Quím. Compuesto descubierto por Gay-Lussac y Thenard, resultante de sustituir un átomo de hidrógeno del amoníaco por otro de sodio, composi ción que dedujeron los químicos citados fundándose en la cantidad de hidrógeno libre que resultaba al hacer actuar dicho metal sobre el gas amoníaco seco. Este cuerpo, denominado también amiduro de sodio, debiera designarse mejor que con el nombre que lleva con el de sodamina, si se tiene en cuenta que, según las reglas generales de nomenclatura, los compuestos sustituídos del amoníaco se terminan en ina cuando el radical que determina la sustitución es electroprositivo, y en ida si es electronegativo; sin embargo, la razón que indudablemente ha inducido á los químicos á conservarle su primer nombre ha sido sin duda alguna el deseo de evitar confusiones, toda vez que la terminación ina en esta clase de compuestos parece indicar cierto carácter básico análogo al de los alcaloides, y del que carece en absoluto el cuerpo de que se trata. Para prepa rar la sodamida, cuyo estudio más completo ha sido realizado por Beinstein y Geuther en 1859, se coloca el sodio en porciones de 2 gramos próxi mamente en una serie de matraces llenos de antemano de hidrógeno seco, y susceptibles de ser calentados mediante un baño de arena; desalojado aquel gas por amoníaco previamente desecado se observa la formación de la sodamida, que se separa en forma de líquido denso de color verde, sobre el que flota el exceso de metal, que va desapareciendo con lentitud; terminada la reacción se deja enfriar el aparato, con lo que el producto se solidifica en masa cristalina.

La sodamida obtenida por el procedimiento anterior es de color verde aceituna, menos densa que el agua, susceptible de arder vivamente cuando se la calienta en presencia del aire, y que calcinada fuera del contacto de este gas y en condiciones de recoger los productos desprendi dos produce amoníaco y deja un residuo sólido compuesto de nitruro de sodio; analizado este cuerpo según esta última reacción, y teniendo en cuenta también el hidrógeno que al formarse deja libre, han concluído los químicos que su composición debe representarse por la fórmula NH Na.

Los caracteres químicos del cuerpo de que se trata fúndanse casi todos en su inestabilidad al ponerle en presencia de los distintos reactivos, que le descomponen dando origen á compuestos variables según la naturaleza de aquéllos; tratado por el agua ó por el alcohol se observa desprendimiento de calor y se descompone en sosa y amoníaco, sin que en el caso del segundo de aquellos cuerpos se haya podido comprobar la producción de etilamina; la reacción con el primero se expresa por la ecuación

NH.Na+H,O=NH +NaOH;

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el ácido clorhídrico la transforma en una mezcla de cloruros sódico y amónico, y tratada por la sal amoníaco se desprende gas amoníaco, formándose á la vez cloruro sódico

(NH2Na+ NH4Cl = NaCl +2NH3). Calentada en corriente de óxido de carbono ori

gina cianuro sódico, sosa y amoníaco, por más que la reacción principal dé lugar tan sólo al primero de estos tres cuerpos y agua, y esta úl tima, reaccionando sobre la sodamida aún no descompuesta, forma los álcalis antes citados. La sodamida, tratada por el sulfuro de carbono, reacciona con gran energía, hasta el punto de que no pocas veces la temperatura se eleva de tal, manera que la masa se pone incandescente; durante la reacción se forma sulfocianato sódico é

hidrógeno sulfurado, pero este último actuando á su vez sobre nueva cantidad de sodamida á la manera que lo hace el agua, da nacimiento á sulfuro sódico y amoníaco. Con el ácido carbónico la reacción es también muy enérgica, formándose un compuesto dotado de los caracteres físicos y químicos propios de la cianamida

(2NH,Na+CO2 =CN2H2+2NaOH).

La sodamida humedecida con cloroformo produ
ce una mezcla susceptible de hacer explosión
por la acción del choque, y calentada con cloru
níaco, pero no etilamina.
ro de etilo da cloruro de sodio, etileno y amo-

SODAMONIO (de sodio, y amonio): m. Quim.
Compuesto descubierto por Veyl y resultante de

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