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etc. Este polimorfismo simultáneo, lo mismo que el sucesivo, unidos á la cronicidad y á la falta de prurito, tienen una importancia clínica de primer orden.

Nicolás Massa, en una época (1532) en que la sifilis sembraba el terror por los pueblos cultos, reconoció en las dermatosis específicas un color malus. Falopio (1601) le comparó al de la carne de jamón, y más tarde Swediaur al del cobre. El color cobrizo no siempre es exactamente igual en todas partes, ni corresponde al de las diversas eflorescencias examinadas en el momento de su declinación, ni siquiera á los estadios más recientes de las formas graves desde el punto de vista anatomopatológico; pero lo han aceptado muchos autores y ha llegado á ser clásico. En las erupciones muy difusas, generalizadas, los elementos eruptivos suelen estar dispuestos al acaso, sin orden: en las variedades papulosas que recidivan, en las pústuloulcerosas, y más aún en las tuberculosas, se agrupan en forma de círculos, elipses, curvas, ovoides, arcos de círculo unidos ó separados, herraduras, curvas poliédricas, figurando una S, etc. En las formas generalizadas no es extraño que, fijando un poco la atención, se encuentre aquí y allá cierta simetría; es raro que ésta falte en las pápulas humedas. En las formas intermedias, en las tardías, no existe muchas veces ese carácter.

Las erupciones maculosas invaden principal. mente los vacíos, el tronco y los puntos en que más delicada es la piel de las extremidades; las papulosas suelen infestarlo todo, tronco, miembros y cabeza, pero dominan en los confines del cuero cabelludo y en las alas de la nariz; son raras en el cuello, frecuentes alrededor del ano, etc. Las erupciones de pequeñas pústulas (acneicas é impetiginosas) prefieren la cabeza, las regiones cubiertas de pelos; en cambio las que se hallan caracterizadas por grandes pústulas (ectima) atacan sobre todo los miembros inferiores; las escamosas la palma de las manos y la planta de los pies; las pápulas húmedas son comunes alrededor y en las inmediaciones de los orificios naturales; las sifilides tardías invaden la nariz, los labios, el cuero cabelludo, las regiones esternal y clavicular, las nalgas y piernas (cerca de las articulaciones) mejor que los muslos. Sólo cuando la evolución de la dermatosis es muy rápida, y además en el momento de la descamación, si ésta es muy activa, suele haber prurito, en ocasiones leve. Si el prurito es intenso conviene buscar su explicación en tal ó cual dermopatía concomitante, especialmente en el prurito esencial, en la poca limpieza, en la profesión del individuo, etc. El dolor es todavía más raro que el prurito, pero se deja sentir cuando el sífiloderma ha sido provocado por inflariaciones, grietas, etc.; las ulceraciones precoces malignas y las ulceraciones serpiginosas duelen mucho en cier

tos casos.

La fiebre precede y acompaña á veces á la primera erupción general; también puede depender de la caquexia; en los demás casos no existe. Un sitiloderma puede curar espontáneamente, bien sea maculoso, papuloso, seco ó tuberculoso, y más aún si el individuo se somete á una buena alimentación y á la higiene más exquisita. En cambio ciertas formas malignas exigen la pronta intervencion del médico para oponerse á la aparición de nuevas manifestaciones. De cualquier modo, las sifilides se disipan lentamente, como lentamente aparecieron. Algunas veces dejan en pos de sí una mancha pigmentada, una cicatriz ó ambas cosas á la vez. Las cicatrices se distinguen por el sitio, forma, persis. tencia del color secundario en el punto en que se insertan à la piel sana, por la tendencia á hacerse delgadas y atróficas, etc. Las escamas de las erupciones sifilíticas son más finas, menos blancas, menos numerosas y relucientes que las de origen no sitilítico; su distribución y la infiltración que las rodea pueden indicar á qué enfermedad pertenecen.

Cualquiera que sea la manifestación sifilítica, no siempre es fácil diagnosticarla si no se la observa en varios de sus estadios. En el segundo período se manifiesta á veces una analgesia de la piel, que puede continuar en los casos en que ya se manifiesta durante la segunda incubación.

Los sífilodermas precoces aparecen en los pri

meros doce ó dieciocho meses. Predominan en

tonces las formas maculosas, papulosas y pustulares, todas ellas con tendencia resolutiva. Las

formas intermedias son comunes en el segundo y tercer año; rara vez faltan las pápulas, siendo características las pústulas y los tubérculos. Unos y otros siguen manifestándose cuatro ó cinco años después de la infección, y á veces á veinte, treinta ó cuarenta años. Las pústulas del período intermedio, y mucho más las pústulas y los tubérculos que se mezclan con formas del período terciario decidido, ofrecen marcada tendencia á destruir las papilas, el mismo cuerpo del corion y aun el tejido conjuntivo subya

cente.

Los tubérculos figuran generalmente entre las manifestaciones terciarias. V. TUBÉRCULO.

Las manifestaciones sifilíticas en las mucosas pueden ser provocadas, y lo son á menudo, una ó varias veces, por irritaciones locales, pero también pueden surgir espontáneamente, es decir, por la sola fuerza de la infección. Todas ellas son secretorias; aumentan la producción catarral ó provocan la formación de pus: todas ellas son húmedas. Las sifilides mucosas y las manifestaciones cutáneas alines, situadas en las inmedia. ciones de los orificios naturales, son las que foEn las variedades pústuloulcerosas y tubéreu- mentan y perpetúan en grado máximo esa llaga loulcerosas precoces malignas, la multiplicidad, social. Por sí mismas no provocan síntomas subel polimorfismo, causan bastante menos imprejetivos dignos de mérito, pero se ulceran ó cubren sión que el aspecto general abatido, extenuado de detritus, de secreciones ó de hipertrofias; puedel sujeto, y la rapidez del trabajo ulcerativo, den disminuir la distensibilidad de la mucosa que en ciertos casos avanza en su camino, fo- que las padece y estrechar la luz misma del conmentado por un visible proceso gangrenoso. Si- ducto mucoso, hasta obstruirlo y dificultar el guen este curso lo mismo las pústulas que los paso de los productos fisiológicos ó anormales; tubérculos; unas y otros pueden ulcerarse, ora provocar inflamaciones vivas, hemorragias, trasfiguren como erupciones precoces, ora se decla- tornos funcionales, como la abolición de la voz, ren en el período de transición. del oído y del olfato; hacer que sean dolorosos los movimientos, etc.

Bréda (loc. cit.) admite la siguiente clasificación de los sífilodermas ó sifilides de la piel: 1.° maculoso ó eritematoso. 2.° Papuloso (papulas secas ó humedas). 3.° Vesicular y flictenular. 4." Pustuloso. 5. Tubercular; y 6. Gomoso. La índole de este artículo, y el haber sido descritas en otra parte algunas de estas manifestaciones, impide entrar en mayores detalles.

Según Neumann (1885), los sífilodermas resultan de una proliferación de células redondas que comienza alrededor de los vasos. Es notable sobre todo ese fenómeno en los vasos de la capa superficial y del cuerpo papilar, pero también las arterias y las venas de las capas profundas y del panículo adiposo presentan alteraciones á veces considerables. Estas se acentúan cuando de la mancha se pasa á la pápula, al tubérculo y al goma. El pigmento se presenta bajo la forma de granulaciones finísinias, cuyo color varía del amarillo claro al rojo obscuro, envueltas por células inmigradas y por tejido conectivo.

II Las sifilides de las membranas mucosas tienen bastante analogía con las que aparecen en la piel; sin embargo, razones anatómicas por un lado, é irritaciones de diversa índole por otro, hacen que esta correspondencia falte algunas veces; así, sería inútil buscar en la piel las placas opalinas, y en cambio faltan por lo general en las mucosas el pénfigo, las vesículas y las pústu

las.

Bréda cree inoportuno comprender todos los elementos eruptivos de las mucosas bajo la de nominación de placas mucosas, que abarcaría formas diversas; por el contrario, aconseja distinguir: 1.° Sifílides mucosas eritematosas. 2.° Erosivas. 3. Pápuloerosivas. 4. Pápulohipertróficas. 5. Tuberculosas. 6. Gomosas; y 7.° Ulcerosas.

El eritema maculoso ó difuso tiene color rojo obscuro que se destaca bruscamente en medio del normal de la mucosa. La superficie puede ser granulosa, desigual y con depresiones surcadas; algunas veces en los puntos que en estado sano son eminentemente papilares, como la lengua, se eleva la mucosa (placa lisa), pudiendo haber aumento en la secreción. El epitelio, modificado en su nutrición, puede descamarse ó bien cubrirse de plasma y de glóbulos purulentos, hacerse grueso, turbio, constituir manchas algo prominentes, ovoideas ó circulares, grises ó blan quecinas, como las que deja en una mucosa el toque con el lápiz de nitrato de plata (placa opalina).

En las formas erosivas suele haber caída del epitelio de la mucosa y eritema.

Las sifilides papuloerosivas, llamadas también pápulas mucosas ó pápulas húmedas, son infiltrados papulosos que carecen de epitelio y segregan. Cónicas, hemisféricas, planas, infundibuliformes, en forma de anillo, pueden elevarse por completo ó en parte sobre el terreno mismo del sifiloma.

Las sifilides pápulohipertróficas equivalen á pápulas desarrolladas exageradamente; la infiltración es más o menos considerable y abunda el epitelio; las papilas sufren en ocasiones una gran hipertrofia, se elevan y agrupan para constituir verdaderos papilomas en forma de hongo, de coliflor, etc. Las papulas pueden deprimirse, y según su distribución y profundidad resultan escoriaciones y úlceras de diversa forma é importancia.

Las sifilides mucosas pueden ir acompañadas de sífilodermas diversos; otras veces existen solas.

Frecuentes en los orificios naturales y en las primeras vías, expuestas á irritaciones inevitables, suelen ser muy rebeldes, y siempre reclaman el tratamiento local y el general, higiénico y farmacológico. Interesan la boca, la faringe, el oído medio, la nariz, la mucosa de los órganos genitales, del intestino recto y del ojo.

SIFILIS (de Siphylo, personaje del poema «De Morbo Gallico» de Jerónimo Fracastor): f. Enfermedad de origen venéreo, contagiosa, virulenta, específica y transmisible por herencia.

...: varias afecciones cutáneas, y la misma SÍFILIS, han perdido mucho de su brutal intensidad de trescientos años atrás.

MONLAU.

A otros (mozuelos) les da por la gloria, Como á aquéllos por la síFILIS, Nuevo linaje de buhos, Aunque blasonen de cisnes.

BRETÓN DE LOS HERREROS.

- SIFILIS: MAL VENÉREO.

pa

- SIFILIS: Patol. Pocas enfermedades son tan frecuentes como la sífilis; pocas, acaso ninguna, producen tantos estragos al individuo que la dece, á su descendencia y á las personas con quienes se pone en contacto íntimo; pocas, en fin, han preocupado tanto la atención de médicos, legisladores y sociólogos.

Es una afección general contagiosa, de curso crónico, caracterizada por un accidente primitivo que aparece en el punto mismo en que se verifica el contagio, papula & induración, al cual suceden más tarde accidentes múltiples y varia dos en todos los tejidos de la economía, como manifestaciones de la infección general del orga nismo. Estos síntomas generales se han dividido, según el orden de su aparición, en accidentes sccundarios, que consisten sobre todo en erupciones cutáneas no ulceradas, en afecciones de las mucosas y de los ganglios linfáticos, y accidentes terciarios, más tardíos, que consisten en afecciones cutáneas ulcerosas, de los huesos y de los órganos internos.

Como la transmisión se verifica, en la gran mayoría de los casos, por el coito, la sífilis se coloca entre las afecciones venéreas. Al principio de nuestro siglo, la palabra sífilis abrazaba aún todas estas afecciones y comprendía lo mismo el catarro virulento de la mucosa uretral y de la vagina, blenorragia ó gonorrea, que la úlcera virulenta designada con el nombre de chancro. Ricord fué el primero que estableció la diferencia específica entre la blenorragia y la sífilis; más tarde el mismo autor y sus discípulos demostraron que el chancro simple y la sífilis nada tienen de común, pues ambas enfermedades son debidas á virus diferentes. Después de largas luchas entre unicistas y dualistas, triunfaron definitivamente las doctrinas de estos últimos, por más que aún hay médicos, no muchos, que siguen siendo unicistas.

La historia de la sífilis comienza en los últimos años del siglo xv, en 1493 próximamente, es decir, cuando regresaron de América los primeros expedicionarios que capitaneó Cristóbal Colón. Sin embargo, algunos autores admiten

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que la sífilis apareció en Europa mucho tiempo antes y que existía ya en la antigüedad y en la Edad Media. Liebermeister, en su preciosa obra de Enfermedades infecciosus, dice, ocupándose en este asunto: «Aparte de la falta de documentos auténticos ó bastante explícitos, pueden invocarse otros argumentos contra la existencia de la enfermedad en Europa antes de los últimos años del siglo xv. Los cronistas que describieron la aparición de la sífilis en esa época están de acuerdo en considerar la enfermedad como completamente nueva, desconocida hasta entonces... Este hecho tiene gran importancia. Por poco que estemos al corriente del modo de vivir, costumbres, hábitos y relaciones sociales de la antigiiedad y de la Edad Media, no cabe negar que, si hubiera existido la sífilis con sus caracteres especiales, tal como hoy la conocemos, no hubiera podido pasar inadvertida; por el contrario, se hubiera extendido rápidamente. La facilidad de las costumbres, la falta de precauciones en las relaciones sexuales, no podían menos de favorecer el desarrollo de la enfermedad. >>

Por otra parte, el modo cómo se comportó la afección en Europa en los últimos años de la Edad Media, demuestra la influencia que hubieran tenido las condiciones sociales é higiénicas de aquella época sobre la extensión de la enfermedad. En menos de diez años penetró en todos los países civilizados, atacó á todas las clases de la sociedad, y la afección, desconocida hasta entonces, se convirtió en uno de los azotes más temibles de la humanidad. Puede, pues, afirmarse que, aunque las afecciones venéreas locales eran frecuentes en la antigüedad y en la Edad Media, es muy dudoso que la verdadera sífilis apareciera en Europa antes de 1493.

La sífilis, adquiriendo gran desarrollo, debía presentar necesariamente, en su primera apari ción, caracteres algo distintos de los que ofrece en la actualidad; era sobre todo mucho más contagiosa y mucho más maligna. Ciertos autores a imiten que la enfermedad, en el transcurso de los siglos, llegó á modificarse especialmente; otros creen que la menor frecuencia y malignidad de la sífilis se debe á que los individuos, viviendo en el foco morboso, llegaron á adquirir cierto grado de inmunidad. Ni una ni otra opinión se fundan en argumentos serios. Quizás la mayor frecuencia de las formas graves, en época remota, se debe á la ignorancia acerca del tratamiento específico; en ciertos países, donde se conservan las costumbres primitivas, la sífilis es hoy tan común como lo era en todos los pueblos civilizados al principio del siglo XVI.

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nutrición de los tejidos, consecutivos á la enfermedad. Según dicha opinión, los productos de este período no ofrecen nada de específico, no contienen el agente contagioso, ni son por lo tanto virulentos. Este punto particular merece nuevas investigaciones.

Como el punto de partida de la infección, en la mayoría de los casos, es el coito, pueden transmitirse al mismo tiempo otras afecciones vené. reas, blenorragia, chancro blando, etc.; en tal caso, esas diversas afecciones, no sólo se desarrollan á la vez, sino que llegan á influirse recípro

camente.

duración primitiva. En la mayor parte de los casos no hay más que una pápula, rara vez dos ó más. En la piel se presenta bajo la forma de una eminencia plana, resistente al tacto, del tamaño y forma de una lenteja, y que gradualmente puede adquirir las dimensiones de una judía y aun más; está claramente separada de las partes inmediatas y da al tacto la sensación de un pequeño disco cartilaginoso. Si el punto en que aparece está bien protegido contra toda causa de irritación ó roce, la pápula puede no ulcerarse; sólo sobreviene una ligera descamación epidérmica: el centro de la pápula segrega un poco de líquido que se deseca y forma una costra delgada; en cambio otras veces existe en el vértice de la pápula una pequeña escoriación que profundiza y se ulcera poco a poco.

El contagio se verifica á veces por otras vías; un niño sifilítico puede infectar á su nodriza al mamar, y por otra parte la nodriza puede transmitir la sífilis al niño que cría; los médicos y profesoras de partos están expuestos á contraer Esta ulceración difiere del chancro simple en la enfermedad al practicar el tacto vaginal si que no tiene bordes cortados á bisel, ni fondo tienen una ligera escoriación en su dedo. Tam- anfructuoso, ni tendencia á extenderse en subién se observa el contagio, de un modo indirec-perficie y profundidad, si bien en circunstancias to, por el uso de un mismo vaso, instrumentos de música, vestidos, camas, retretes, instrumentos de cirugía, etc. Se han citado casos de propagación de la enfermedad á numerosos individuos por el intermedio de ventosas; finalmente, en ocasiones la vacuna ha servido de vehículo al virus sifilítico.

Los recién nacidos cuya madre es sifilítica pueden ser infectados durante el acto del parto ó poco tiempo después. La infección de la madre al niño se verifica quizás también durante la vida fetal; sin embargo, cuando la madre está sana en el momento de la concepción y es infectada durante el embarazo nada suele sufrir el feto, y esta inmunidad será tanto mayor cuanto más avanzada se encuentre la gestación al ocu. rrir el contagio. Si el padre ó la madre padecen sífilis en el momento de la concepción pueden transmitir la enfermedad al niño, y entonces resulta la sífilis hereditaria. Enseña la observación que la madre transmite la sífilis con más frecuencia que el padre. En los casos de sífilis larvada, y en aquellos en que no existe ningún accidente de los órganos genitales, puede suceder muy bien que la madre esté sana, mientras que el nuevo ser presenta todos los signos de una sífilis hereditaria; el feto infectado de este modo suele morir pronto; así, los abortos repetidos deben hacer sospechar la existencia de la sífilis en uno de los esposos.

Otras veces el niño nace vivo, en ocasiones antes de término, y los síntomas sifilíticos sólo se presentan al nacer ó algún tiempo después. En ciertos casos el niño no ofrece nada de particnlar; y así, el que un niño esté sano no excluye la posibilidad de la sífilis en uno de los padres en el momento de la concepción. Puede suceder muy bien que algunos hijos de padres sifilíticos nazcan sanos y otros contaminados.

La receptividad para la sífilis es, por decirlo así, universal. La cuestión de la inmunidad conferida por un primer ataque no está completamente resuelta; sin embargo, recientes investigaciones tienden a demostrar que dicha inmunidad sólo es temporal y relativa, citándose casos de recidiva cuya autenticidad nada deja que desear. Las tentativas de inoculación de la sífilis á los animales sólo han dado hasta ahora resultados inciertos; por el contrario, se ha hecho con buen éxito la inoculación del chancro sim

Corresponde ahora hablar de la etiología. La sífilis sólo reconoce un origen: el contagio. El virus sifilítico es un contagio fijo, y se necesita el contacto inmediato para que ejerza su acción. Son puertas de entrada la superficie cutánea, siempre que existe una solución de continuidad de la epidermis; ó las mucosas, aun cuando estén intactas y no presenten ninguna alteración. El accidente primitivo y algunos secundarios, sobre todo los condilomas, las pústulas, las ulceracio. nes, están dotados de virulencia. Las secreciones morbosas de estos accidentes, inoculadas artificial ó accidentalmente, determinan la infección sifilítica. Cuanto á la virulencia de los accidentes terciarios, es una cuestión no resuelta todavía. La sangre contiene también el agente infeccioso y puede transmitir la sífilis por inocula-ple á los monos. ción; en cambio la saliva, la orina, el sudor, las lágrimas y la leche de los sifilíticos no son virulentos. El agente contagioso no existe al parecer en los exudados accidentales y otros productos patológicos, al menos bajo su forma activa.

Ricord creía que sólo eran contagiosos é inoculables los accidentes primitivos, y consideraba los accidentes secundarios como no virulentos. Esta opinión se fundaba en el resultado negativo de muchas inoculaciones, pero inoculaciones que se practicaban en el individuo contaminado, en un punte cualquiera de la piel, pues el mismo Ricord, por un escrúpulo bien entendido, no quiso correr el peligro de inocular la sífilis á un individuo sano.

Posteriormente se han hecho numerosos experimentos para resolver la cuestión, y ellos han probado que los productos de los accidentes secundarios son inoculables y determinan una sífilis normal en un individuo libre de todo antecedente. Respecto á las afecciones terciarias, algu nos médicos han pretendido que no eran efectos directos del virus sifilítico, sino trastornos de

No se conoce aún el microbio de la sífilis, pues los hongos y bacterias encontrados y cultivados por diversos observadores (Salisbury, Hallier, Klebs, Birch-Hirsfeld), lo mismo que los corpúsculos análogos á los micrococos encontrados en la sangre (Lostorfer) no pueden conside. rarse como causa específica de la afección.

La incubación dura bastante tiempo; el accidente primitivo suele aparecer tres ó cuatro semanas después del contagio.

Los síntomas del primer período son puramente locales y se liniitan á los puntos por donde se ha verificado la infección, y, cuando más, á los ganglios linfáticos inmediatos. El accidente primitivo se declara en el mismo punto en que se ha depositado el virus, es decir, casi siempre en las partes genitales, pero también en en otras regiones de la piel ó de las mucosas fácilmente accesibles. Por lo general, á las tres ó cuatro semanas del contagio, rara vez más tarde ó más temprano, aparece al nivel del punto contaminado una rubicundez circunscrita y luego un tuberculito plano, que se llama pápula ó in

excepcionales (irritaciones incesantes de la parte ó existencia de un estado caquéctico) la úlce ra puede constituir una lesión local grave y has ta llegar á gangrenarse. En la mucosa del prepucio, ó en el surco balanoprepucial, el accidente primitivo suele limitarse á una vesícula que, al abrirse, deja una erosión ó ulceración superficial, cuya base se endurece.

En las mujeres el accidente primitivo reside las más veces en la cara interna de los labios mayores o menores, en la comisura posterior ó en la vagina, y la induración suele ser menos marcada. Preséntase casi siempre bajo la forma de una placa delgada, apergaminada, que se escoria en la superficie, y que ora desaparece rápidamente, ora se transforma en un condiloma por hipertrofia papilar. En el hombre la induración puede provocar la hinchazón del prepu cio, y como consecuencia el fimosis y el parafimosis.

El accidente primitivo, chancro ó úlcera sifilitica, tiene duración muy variable. La resolución puede ser completa desde la sexta semana, pero otras veces se prolonga dos ó cuatro meses y aun más. En ocasiones la ulceración recidiva en el mismo punto, después de haber desaparecido por completo. Sólo se observan cicatrices en los casos en que ha habido ulceración, y las dimensiones de esta cicatriz se hallan naturalmente en relación con la úlcera primitiva; entonces sólo queda una mancha pigmentaria redondeada, de la piel. Con frecuencia se observa, poco después de aparecer la pápula, una ligera tumefacción de los ganglios linfáticos inmediatos. Cuando el accidente primitivo se encuentra en las partes genitales sufren los ganglios de la ingle, en uno solo ó en ambos lados. El infarto de los ganglios correspendientes es signo de gran valor para el diagnóstico cuando el chancro reside en un punto anormal; esta adenitis (al contrario de lo que sucede en la del chancro simple) no ofrece tendencia á supurar y es indolente.

Si sobreviene en el mismo punto una doble infección (infección sifilítica y venérea) los dos procesos se desarrollan á la vez, uno al lado de otro, con relativa independencia.

La simple papula puede pasar completamente inadvertida, sobre todo cuando sigue su evolución sin ulcerarse: esto ocurre á menudo en la mujer, y también en los hombres sucios ó despreocupados, y así se explica que en algunos casos parece que la enfermedad comienza los por accidentes secundarios. Aun cuando exista un verdadero chancro, puede suceder muy bien que la induración, que aparece más tarde, algunas veces después de la cicatrización, escape á la observación del médico. Por otra parte, no hay que olvidar que los bordes y fondo de un chancro simple pueden presentar cierta resistencia, cierta dureza especial al tacto (induración inflamatoria), que suele alarmar al médico, aunque nada tenga de común con la induración sifilítica.

Para los médicos que no tienen gran experiencia en las afecciones venéreas, el diagnóstico del chancro simple y del chancro complicado con induración sifilitica presenta á menudo grandes dificultades, y hay casos en los cuales, aun los más autorizados en la materia, no pueden resolver en definitiva y tienen que reservar su diag nóstico hasta que aparezcan los accidentes ulteriores. En los casos en que se ha creído ver la sífilis constitucional como consecuencia de un chancro blando, es muy posible que pasara inadvertido el accidente primitivo.

Desde el principio de la afección primitiva hasta que aparecen las primeras manifestaciones del período secundario transcurre un intervalo de seis á siete semanas (segunda incubación). Los primeros signos de generalización de la enfermedad aparecen, pues, por término medio, unas diez semanas después del contagio, pero la duración puede ser mayor ó menor. En este período la enfermedad no influye sobre el estado general; cuando más, se observan algunos signos de anemia y cierto malestar. Antes de que aparezcan los primeros síntomas constitucionales suele observarse un movimiento febril, que generalmente se limita á un simple acceso de corta duración: otras veces dura mucho bajo la forma de fiebre continua, y hasta puede convertirse más tarde en fiebre remitente. La elevación de temperatura es poco considerable; sin embargo, en ocasiones llega á 40°.

Los accidentes del período secundario se limitan á la región infecta. El agente morboso, du rante la segunda incubación, ha penetrado en la sangre, extendiéndose por toda la economía. Como consecuencia de esta generalización se desarrollan al mismo tiempo en diferentes partes del cuerpo afecciones locales, primeras manifes taciones de la sífilis constitucional. Los síntomas más característicos de este período secundario son: las adenitis múltiples, diversas afeccio. nes cutáneas, que se han denominado sifilides (Alibert), afecciones catarrales y ulcerosas, y por último vegetaciones de la piel y de las mucosas (condilomas, placas mucosus).

Las adenopatías postcervical y cubital son características, porque no hay otras causas que puedan provocar el infarto de dichos ganglios; en una época más tardía obsérvanse también adenitis locales análogas á las que acompañan al accidente primitivo. Las erupciones suelen comenzar por una sifilide maculosa, la roséola; en el pecho, vientre y otras partes del cuerpo aparecen manchas rojas, del tamaño de una lenteja y que al principio se disipan por la presión; los bordes no está bien limitados y se confunden con los de las manchas vecinas, de modo que forman una rubicundez difusa, más visible á cierta distancia que de cerca. La roséola desaparece en ocasiones al cabo de algunas semanas; otras veces dura más tiempo y se transforma en una erupción distinta, que á su vez toma más tarde los caracteres de roséola. Cuando, al nivel de las manchas, la piel presenta pequeñas elevaciones, la roséola se llama papulosa; en otros casos esta sifilide papulosa aparece desde luego, sin ir precedida de roséola. Si las púpulas son pequeñas y se desarrollan sobre todo al nivel de los folículos pilosos se designa el exantema con el nombre de liquen sifilitico; si son más gruesas, del tamaño de una lenteja próximamente, resultará la sifilide lenticular. Si estas emi nencias se cubren de delgadas escamas el exantema se llama soriasis sifilitico, por más que sea muy remota la semejanza con el soriasis verda. dero, no sifilítico.

Algunas veces preséntanse las sifílides bajo la forma de pústulas, con contenido purulento. Cuando la supuración se observa sobre todo al nivel de las glándulas sebáceas resultará el acné ó impetigo sifilítico; si las pústulas son pequeñas y la ulceración profunda se dice que hay ectima sifilitico, forma de transición entre los accidentes secundarios y los terciarios. Lo mismo sucede con la rupia, que aparece en el límite de ambos períodos. Dicha erupción se halla caracterizada por costras gruesas, redondeadas, del tamaño de una peseta á un duro, y de color sucio moreno. Las costras están formadas por una serie de laminillas sobrepuestas. Comienza la afección por una pústula o flictena que, al secarse, se cubre de una costra (V. RUPIA). Generalmente, hay varias apariciones sucesivas de rupia, sobre todo en los miembros, y algunas veces en el y en la cabeza.

tronco

Los exantemas sifilíticos son casi siempre bas tante fáciles de distinguir de las erupciones no sifilíticas, si se buscan los signos diferenciales, menos en ciertos caracteres llamados patognomónicos que en el desarrollo y marcha general de la afección. Así, el color rojo cobrizo, que se ha considerado característico de las erupciones sifiliticas, y que se debe simplemente à una pigmentación de la piel por la materia colorante de la sangre alterada, suele observarse en erupcio nes de distinta indole. Del mismo modo, la tendencia de las erupciones sifilíticas á agruparse

ΤΟΜΟ ΧΙΧ

en círculo, no es especial de dicha enfermedad. Por el contrario, en ciertas circunstancias tiene gran valor para el diagnóstico el sitio que ocupa el exantema, por ejemplo el soriasis; la erupción que aparece en la frente, por debajo de la raíz de los cabellos, es muy conocida con el nom. bre de corona de Venus. Más valor tiene la falta de comezón en las erupciones sifilíticas. Mucho más importantes que todos esos caracteres son: la marcha general de la erupción, la tendencia á convertirse una forma en otra, la existencia simultánea de muchos tipos, afecciones maculosas, papulosas, pustulosas, que se presentan unas al lado de otras; el polimorfismo, en una palabra, de los exantemas. Por último, podrá sospecharse la naturaleza sifilítica de una erupción cuando presente algo de anormal en su curso y en su aspecto. El diagnóstico se confirmará si al mismo tiempo existen otros fenómenos.

Los accidentes secundarios de las mucosas guardan cierta relación con los de la piel. Por lo general están diseminados en las diversas mucosas, rara vez localizados á una de ellas. La mucosa de las fauces, uno de los sitios predilectos de estos accidentes, suele presentar los signos de una inflamación catarral, con tumefacción, rubicundez de la supeificie, infarto de las amígdalas: es la angina sifilítica, que no se distingue por ningún carácter especial de la angina simple. La inflamación se extiende algunas veces á la muco sa de la boca y á la de la laringe; más tarde aparecen en el velo del paladar y en las amígdalas erosiones superficiales que, en ciertos casos, se convierten en verdaderas ulceraciones cada vez más profundas, y pueden determinar pérdidas de substancias considerables en las amígdalas y la destrucción de todo o parte del velo palatino. También se observan ulceraciones análo gas en la laringe y las primeras vías respiratorias. En la laringe estas ulceraciones provocan ronquera y afonía, y pueden ser punto de partida de una pericarditis ó un edema de la glotis. En la tráquea y bronquios pueden dar lugar á una estenosis cicatrizal más ó menos considerable.

Los condilomas ó vegetaciones son alecciones características del período secundario y aparecen casi siempre algún tiempo después de la roséola. Se hallan constituídos por el desarrollo hipertrófico de las papilas dérmicas, desarrollo que se observa sobre todo en las regiones de la piel, en que la epidermis, bañada á menudo por las se creciones, ésta en cierto modo macerada. En el hombre aparecen principalmente en las inmediaciones del ano, en las nalgas y en el escroto; en la mujer en los grandes labios, en las inmediaciones de las partes genitales y del ano, en el surco inframamario, etc. También se ven en el ángulo de la boca, en la cavidad axilar, entre los dedos del pie, en la piel del vientre; en una palabra, en todas las partes cuya piel, en contacto con ella misma, suele estar húmeda.

En las mucosas, las vegetaciones se designan con el nombre de placas ó chapas mucosas: aparecen sobre todo en la mucosa de los labios, en los bordes y superficie de la lengua, en la bóveda palatina, velo del paladar y otras regiones de la mucosa bucal y faríngea, en la nariz y laringe, en la vulva y vagina. Lo mismo que los condi lomas de la piel, pueden ser invadidas por la ulceración y transformarse en una úlcera condilomatosa profunda.

y

nes sifilíticas y no tiene ninguna influencia sobre las demás.

La iritis sifilitica (V. IRITIS) es también accidente propio del período secundario. Puede presentarse en un período bastante precoz, y, como la iritis ordinaria, se halla caracterizada por un estrechamiento y deformidad de la pupila, vivos dolores y fotofobia. Otra variedad de iritis, con formación de ciertos tubérculos amarillentos en las inmediaciones de la abertura pupilar, pertenece á un período más tardío y es más bien accidente de transición entre el período secundario y el terciario.

La coroiditis sifilítica, y sobre todo la forma diseminada, que, al menos en algunos casos, se halla en relación con la enfermedad sifilítica, lo mismo que ciertas afecciones de la retina, pertenecen al período secundario tardío ó al período terciario precoz.

Al período terciario se refieren las afecciones ulcerosas de la piel con tendencia invasora y destructiva, las afecciones graves del periostio y de los huesos, y por último las de los órganos internos. El límite entre las afecciones secundarias y las terciarias es algo indeciso, y hay ciertas manifestaciones que lo mismo pueden incluirse en uno ú otro de estos períodos. El desarrollo de tumores granulares (Virchow), designados con el nombre de gomas ó de sifilomas (E. Wagner), es uno de los caracteres más salientes del período terciario. V. SIFILOMA.

Todas las afecciones cutáneas terciarias ofrecen marcada tendencia á la destrucción de los tejidos, á la ulceración. Desde ese punto de vista, las pústulas del ectima y de la rupia pue den colocarse entre los accidentes de este período; pero como se presentan en una época relativamente precoz y no suelen coexistir con los gomas, se los clasifica entre las afecciones secundarias. En cambio los tubérculos sifilíticos de la piel pertenecen indudablemente á los accidentes terciarios. V. SIFILIDE.

Las afecciones sifilíticas de los huesos pertenecen sin duda al período terciario. Verdad es que en el secundario, y aun durante la fiebre de invasión, se observan á veces dolores terebrantes que el enfermo localiza en los huesos, y que se pueden observar asimismo en esta época formas leves de periostitis; pero las afecciones graves del periostio y de los huesos, sobre todo la formación de gomas, sólo se observan en el período terciario. Los dolores violentos en los huesos, llamados osteócopos, se observan principalmente en las afecciones profundas del periostio y de los huesos; presentan la particularidad de aparecer por la noche y calmarse á la madrugada; este alivio suele ir acompañado de sudores.

La periostitis sifilitica interesa á menudo los huesos situados inmediatamente por debajo de la piel, los del cráneo, la tibia, los huesos del codo, la clavícula y el esternón, pero también se observa en otros huesos. En ciertos casos la periostitis termina por resolución pura y simple; otras veces el periostio es invadido por la osificación, se forman elevaciones óseas, focos circunscritos constituídos por cxostosis ó hiperóstosis. Estas pueden ser origen de graves trastornos funcionales.

Otras veces el virus sifilítico provoca una osteomielitis gomosa que se desarrolla, bien bajo la forma de tumor circunscrito, con hinchazón considerable del cuerpo del hueso, bien bajo la de infiltración difusa. El tejido granuloso de nueva formación invade entonces el conducto medular, provoca la atrofia del tejido óseo y la caries seca. En la cara interna de los huesos del cráneo se desarrollan á veces osteofitos y exóstosis; por otra parte, las gomas de la duramadre pueden producir también, por la compresión que ejer cen, el enrarecimiento del tejido óseo. En ciertos casos la afección ósea es consecuencia de la extensión del proceso ulcerativo y destructor que ha interesado los órganos vecinos; así, los huesos de la nariz y de la bóveda palatina pueden ser invadidos por la ulceración de la mucosa subyacente. La osteitis, lo mismo que los tumores gomosos, van seguidos de necrosis ósea y de la producción de secuestros que son eliminados por supuración.

El diagnóstico entre las vegetaciones sifilíticas las que no lo son es fácil en la mayoría de los casos; sin embargo, la mayor parte de los caracteres que quedan expuestos sólo tienen valor relativo. Así, ocurre á menudo en las mujeres que los condilomas no sifilíticos del perineo y contorno del ano se extienden por una gran superficie de la piel y descansan sobre una ancha base. Por otra parte, los condilomas sifilíticos que se desarrollan en el surco interglúteo pueden presentar el aspecto de los condilomas acuminados, en virtud de la compresión á que se hallan sometidos. Las vegetaciones no específicas, cuando se encuentran en contacto permanente con lí quidos acres ó cuando sufren irritaciones mecá nicas, pueden ulcerarse y rezumar un líquido; por otra parte, los condilomas sifilíticos preservados de toda irritación ó tratados localmente y por la medicación específica ofrecen una superfi- Las afecciones terciarias vise rales consisten, cie seca. Es fácil, pues, equivocar el diagnóstico por una parte, en la proliferación difusa del te si no se tienen en cuenta todas las circunstan- jido conjuntivo intersticial; por otra, en la forcias. El tratamiento podrá en ciertos casos acla- mación de gomas. En el hígado, por ejemplo, rar el diagnóstico, porque la medicación mercu- nótase una proli'eración del tejido conjuntivo rial hace desaparecer rápidamente las vegetacio-interlobular, que algunas veces es difícil distin

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guir del que se produce en la cirrosis ordinaria; la naturaleza sifilítica de la lesión apenas puede establecerse en tal caso más que por el análisis minucioso de los antecedentes y de los síntomas concomitantes. En los pulmones se encuentran, sobre todo en los recién nacidos que padecen sifilis hereditaria, y más rara vez en los adultos, tumores granulares en vías de degeneración caseosa, que constituyen verdaderas gomas. También puede sobrevenir, según parece, una infiltración difusa del parénquima pulmonar. Asimismo se ha mencionado, como una de las consecuencias de la sífilis, la esclerosis del pulmón. Las afecciones sifilíticas de los centros nerviosos dan lugar á trastornos graves y variados de las funciones cerebrales, trastornos que naturalmente guardan relación con el sitio y extensión de las lesiones; entre ellos cita Liebermeister el histerismo, la epilepsia, la apoplejía, las parálisis y desórdenes de la sensibilidad más o menos generalizados, la afasia y perturbaciones intelectuales que pueden llegar hasta la demencia y el coma. La sífilis puede también dar lugar á todos los síntomas de la parálisis general.

Durante el período terciario sobreviene en el testículo la afección llamada sarcocele sifilítico, constituída por una infiltración difusa de tejido celular intersticial, acompañada en ciertos casos de gomas circunscritos (V. SARCOCELE). Los músculos no son respetados por la sífilis, que determina en ellos, ora una miositis eselerosa, ora la formación de gomas que pueden reblandecerse y abrirse al exterior.

En resumen, la sífilis puede, en el período terciario, dar lugar á procesos morbosos específicos en los órganos más diversos, y su acción se revela, bien por una proliferación de tejido conjuntivo, bien por la formación de gomas. Ninguno de los órganos se ven libres por completo, y se han observado procesos de este orden en el bazo, los riñones y cápsulas suprarrenales, en el intestino, timo, glándulas mamarias, ovario, páncreas, etc.

Entre las afecciones que se observan á conse cuencia de la sífilis, importa distinguir las que dependen directamente de la acción del virus morboso y las que son verdaderamente consecu tivas, secundarias. Estas últimas pueden observarse desde el principio de la enfermedad; tales son el fimosis y el parafimosis, determinados por la induración primitiva y la gangrena. Pero las complicaciones de índole no específica son muy frecuentes en el período terciario, y á menudo tienen en ese período mayor influencia que las afecciones específicas sobre el curso y terminación de la sífilis.

No siempre es fácil establecer un límite preciso entre ambos órdenes de accidentes, y, sin embargo, esta distinción tiene gran importancia desde el punto de vista del pronóstico y los resultados de la medicación específica; ésta no obrará nunca con tanta eficacia sobre las lesiones simples como sobre las lesiones sifilíticas verdaderas. En algunas de ellas no hay gran dificultad; así, la naturaleza sifilítica de los gomas no es dudosa; en cambio el reblandecimiento cerebral que se observa alrededor del sifiloma, ó que depende de una obliteración arterial, no puede considerarse como específico. Lo mismo puede decirse de la necrosis de los huesos, de ciertas supuraciones de la piel, de la degeneración amiloidea de los órganos, la caquexia y otras muchas complicaciones.

La sífilis, considerada en su conjunto, tiene al principio un curso tipico; sus manifestaciones se desarrollan siguiendo un orden determinado y en un período de tiempo más ó menos fijo. En época avanzada el curso es menos regular. En ciertas afecciones el período de su aparición, lo mismo que el orden en que se suceden, pueden presentar grandes diferencias. Mientras que el accidente primitivo y los secundarios precoces aparecen algunas semanas después de la infección y la fecha en que se manifiestan es casi siempre la misma, sin que el tratamiento llegue à modificar dicho curso, la época en que aparecen los accidentes secundarios tardíos ó los accidentes terciarios varían dentro de grandes límites. Los accidentes terciarios típicos, como las formas graves de sifilides ulcerosas, las gomas de los huesos de los órganos internos, suelen presentarse muy tarde. A menudo transcurre largo intervalo, años enteros quizás, entre las manifestaciones secundarias y las terciarias.

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gran influencia sobre la localización de las afec ciones sifilíticas y el momento en que se declaran. Así, los verdaderos condilomas apenas se observan más que en las regiones cuya epidermis está macerada; la angina sifilítica puede tener por punto de partida un eniriamiento; la periostitis y aun las afecciones graves de los huesos suelen ser debidas à un traumatismo. Generalmente se declaran las manifestaciones sifilíticas en los órganos que ofrecen menos resistencia. El tratamiento específico retarda de un modo notable la aparición de las diversas manifestaciones. En los dos primeros períodos la enfermedad no influye sensiblemente sobre la salud general; en cambio el período terciario es el de las lesiones consecutivas, que, aunque no específicas, producen á menudo el marasmo y la caquexia. Por otra parte, la sífilis es una de las causas más frecuentes de la degeneración amiloidea del bazo, del hígado, de los riñones y de los demás órganos.

Muchos accidentes locales tardíos, sobre todo los que dan lugar á supuraciones, van acompañados de fiebre, que toma la forma héctica y sume al enfermo en un gran estado de consunción.

Mientras la enfermedad ó sus complicaciones no han determinado lesiones extensas ó profundas, mientras no hay signos de caquexia, el pronóstico es relativamente favorable. La curación puede observarse en todos los períodos. Rara vez espontánea, es casi siempre consecuencia del tratamiento específico, más poderoso contra los accidentes secundarios y terciarios precoces, pues casi siempre hace desaparecer rápidamente las manifestaciones de dichos períodos. Con todo, no hay que olvidar que el sujeto continúa siempre bajo la influencia de la sífilis, y al cabo de algún tiempo, meses ó años enteros, se declaran accidentes que pertenecen á un período más tardío. En ciertos casos la enfermedad revela su existencia por la procreación de hijos sifilíticos. Obtener la curación radical, definitiva, de la sífilis, es misión difícil y penosa; un tratamiento médico, continuado bastante tiempo y con perseverancia, apropiado á las diversas fases de la afección, que no se limite á hacer que desaparezcan las manifestaciones del momento, á blànquear al enfermo, es el único que puede aniquilar el veneno morboso en la profundidad de los tejidos. Una vez llenas dichas condiciones, si el tratamiento está bien dirigido, puede esperarse una curación definitiva y duradera en la mayoría de los casos.

La sífilis, como enfermedad general, lo mismo que por sus manifestaciones locales, tiene fácil diagnóstico. Al principio, los antecedentes de un coito sospechoso y el examen de la parte afecta no suelen dar lugar a dudas. En el período secundario las adenopatías múltiples, sifílides cutáneas, y sobre todo los condilomas, son tan característicos, que aun cuando no existan indicios del accidente primitivo se puede afirmar sin vacilación la naturaleza específica de los accidentes. En el período terciario los fenómenos que han llegado á su completo desarrollo ofrecen también caracteres que permiten establecer su origen, aun en los casos raros en que faltan datos acerca del accidente primitivo y las afecciones secundarias. Comienza la dificultad cuando la sífilis se halla latente, es larvada ó sólo se revela por alguna manifestación local. Es fácil desconocer la naturaleza sifilítica de una lesión que no va acompañada de ningún otro accidente sifilítico, sobre todo cuando no existen antecedentes que puedan servir de guía.

En ciertas circunstancias, sobre todo cuando existan afecciones contra las cuales han sido impotentes todos los tratamientos, será oportuno en caso de duda ensayar la terapéutica mercurial y admitir, según los resultados, la especifici dad de la afección. Así, por ejemplo, los autores citan casos graves de afecciones cerebrales en las que apenas se podía sospechar vagamente sífilis, y sin embargo la medicación específica, administrada con prudencia, dió los mejores resulta dos. Téngase en cuenta que ciertas afecciones sifilíticas pueden mejorar y aun curar por este mismo tratamiento.

La profilaria se funda en la etiología. Las medidas de policía sanitaria, destinadas á circunscribir los progresos de la enfermedad, son las mismas para la sífilis que para todas las afecciones venéreas. Consisten, por una parte, en viCiertas causas ocasionales tienen, al parecer, gilar con cuidado y reglamentar conveniente

mente la prostitución (V. PROSTITUCIÓN), y por otra en dar á los individuos grandes facilidades para el tratamiento tan pronto como aparecen los primeros accidentes.

Existen numerosos hospitales y administraciones de beneficencia cuyos reglamentos guardan gran severidad respecto á la sífilis y otras afecciones venéreas, cuando precisamente debería hacerse lo contrario, pues el mejor medio de limitar la extensión de la enfermedad es facilitar la admisión de los que la padecen. En la clínica de Tubinga (Liebermeister, Enfermedades infec ciosas), en la cual ingresan gratuitamente todos los pobres, los sifilíticos, venéreos y sarnosos son admitidos en la misma forma que los demás pacientes. Se les trata con el mismo régimen que á éstos, si no presentan accidentes muy repugnantes para sus vecinos ó si circunstancias especiales no hacen necesario su aislamiento; son asistidos en las mismas salas que los individuos que padecen afecciones cutáneas ú otras enfermedades que reclamen tratamientos análogos.

Puede considerarse como tratamiento profilác tico el que tienda á destruir in loco el virus des pués del contagio. Si inmediatamente después de la inoculación se pudiera cauterizar con energía el punto en que ha sido depositado el ger men específico, se neutralizaría el virus; pero eso ocurre poquísimas veces. Ordinariamente se sabe que ha habido infección cuando aparece la pápula ó la induración, es decir, á las tres ó cuatro semanas del coito impuro. Se han citado casos en los cuales la escisión de la ulceración parece que previno la sífilis constitucional, pero las más veces no pudo impedirse la generalización. El agente morboso, en el período de incubación, ha penetrado ya profundamente en los tejidos, y quizá también en los linfáticos, y no es posible alcanzarle. Sin embargo, en los chancros mixtos la cauterización enérgica y precoz · de la úlcera podría quizá destruir el virus y prevenir la ulceración. Para ello se han empleado las cauterizaciones con el ácido nítrico fumante, con el ácido fénico concentrado, con una fuerte disolución de sulfato de cobre; estas cauterizaciones, si se practican pronto, no tienen ningún inconveniente; pero aunque den buen resultado ninguna conclusión puede formularse, porque cuando falta la induración cabe dudar si se trata en realidad de una induración sifilítica.

La sífilis pertenece al grupo muy limitado de enfermedades contra las cuales posee la ciencia un específico: el mercurio. El iodo tiene también eficacia indiscutible en el tratamiento de esa afección tan frecuente, pero su campo de acción resulta mucho más limitado. Poco después de aparecer la sífilis en Europa, se recurrió á las preparaciones mercuriales; pero su empleo dió lugar á viva oposición, considerando ese medicamento inútil y hasta peligroso. Los antimercurialistas llegaron á pretender que los accidentes terciarios no eran debidos á la enfermedad, sino á la intoxicación mercurial. Aun en época moderna se encuentran médicos que sostienen dicha oposición. El Dr. Liebermeister, ocupán dose en este asunto, dice: «Si bien consideramos el tratamiento mercurial como la única medicación verdaderamente eficaz de la sífilis, debemos reconocer que los argumentos de los antimercurialistas tienen alguna razón de ser, al menos desde el punto de vista histórico. Mientras la blenorragia y el chancro eran considerados como accidentes sifilíticos, se sostenía que la medicación mercurial era necesaria en todos los casos, y que sólo con ella se podía obtener la curación. Hoy todos los médicos admiten la no especifi cidad de dichas afecciones, y sólo los charlata nes prescriben el mercurio en las purgaciones ó el chancro simple, lo cual quita todo valor á uno de los principales argumentos de los adversarios de la expresada substancia. >>

¿Debe administrarse el mercurio en el primer período? Algunos autores tratan la induración primitiva exclusivamente por medios locales, se abstienen de dar la medicación específica en el período de incubación, y dejan que la sífilis siga su curso hasta que aparezcan los accidentes secundarios. Esta práctica no se halla de acuerdo con la adoptada por la mayor parte de los médi cos, pero puede invocar en su favor la autoridad de eminentes sifiliógrafos. La papula primitiva, mientras no está escoriada, no reclama ningún tratamiento; todo se limita á los cuidados de limpieza para evitar que se irrite y ulcere, y, si sobreviene la ulceración, á lociones con líquidos

ligeramente astringentes. Además del reposo absoluto y un régimen severo, se prescribirán los baños locales frecuentes con una infusión de manzanilla, à la cual se añadirá, al usarla, un poco de agua blanca; también pueden ser útiles las lociones con agua fagedénica negra, ó con una débil disolución de sulfato de cobre y de ácido fénico. Las curas con iodo formo dan también buenos resultados, aunque el olor de dicha substancia denuncia constantemente la enfermedad.

El fimosis y el parafimosis se reducen casi siempre fácilmente cuando se ha hecho desaparecer la tumefacción de las partes por medio de ligeros astringentes; sin embargo, algunas veces son necesarias la incisión ó separación total del prepucio. Al practicar esta operación se tendrá en cuenta la facilidad con que una herida en contacto con el pus virulento se transforma en ulceración chancrosa, y se tomarán precauciones para evitarlo.

Los accidentes secundarios, cuando se desarrollan de un modo normal, se tratarán por el mercurio. Se puede formular, casi como principio general, que, cuanto más tarde comience el tratamiento, más evidentes serán los resultados. Las adenopatías, la aparición de la roséola y los exantemas papulosos al principio, no constituyen en manera alguna una indicación para intervenir. En cambio, cuando aparecen los condilomas y su crecimiento es rápido, ha llegado el momento de obrar con energía. El tratamiento mercurial da grandes resultados en las sifilides tardías, sobre todo cuando se asocian á otros accidentes. Esta regla, dice Liebermeister, no es aplicable á los casos en que una afección local grave y de marcha invasora amenaza algún órgano importante, por ejemplo las úlceras fagedénicas de la garganta, la iritis, etc. En tal caso es preciso intervenir pronto y con energía. El tratamiento mercurial parece que obra con tanta más energía, es tanto más eficaz, cuanto más profundamente ha penetrado el virus en la sangre; cuanto más múltiples son las manifestaciones externas; cuanto más aguda es su marcha: por el contrario, su acción parece tanto más fugaz y superficial cuanto menos pronunciados son los síntomas sifilíticos. Puede decirse, desde este punto de vista, que los resultados del tratamiento serán tanto más ciertos cuanto más maligna sea la forma.

En ciertos casos, si las erupciones brotan mal ó de un modo incompleto, puede ser ventajoso favorecerlas por los baños calientes y prolongados. Estas consideracionos son también aplicables al tratamiento de los accidentes terciarios. La fórmula, tantas veces invocada, de que el mercurio es el específico del período secundario y el iodo del período terciario, es demasiado absoluta. El ioduro de potasio da sin duda buenos resultados contra las manifestaciones de este último período, pero nunca se obtiene con ese medi camento una curación tan duradera y profunda como con el mercurio. Lo mejor es emplear á la vez ambas medicaciones, cuya asociación asegura casi siempre una curación radical, mucho más si las manifestaciónes terciarias siguen un curso específico y los accidentes específicos predominan sobre los de orden común. Las formas que á primera vista parecen más malignas son aquellas en las cuales el tratamiento da mejores resultados y cuyo pronóstico es, por consiguiente, favorable; en cambio, cuando existen lesiones degenerativas, no susceptibles de resolución, en los órganos esenciales; cuando estas lesiones son consecutivas, no específicas, y hay marasmo y caquexia, ó una degeneración extensa de los tejidos, se renunciará á perseguir una curación imposible, y vale más, en tales casos, abstenerse del mercurio.

En el período terciario, cuando la enfermedad se halla en estado latente, ó sus manifestaciones son poco marcadas y siguen un curso lento, está indicada una terapeutica racional; sin embargo, en ciertos casos hay que preocuparse menos de la curación completa que de los resultados inmediatos que pueda dar el tratamiento. Si, por ejemplo, una sífilis larvada se revela por la procreación de hijos sifilíticos, si está interesado un ór gano importante, como el cerebro, no cabe la expectación y debe administrarse inmediatamente el mercurio.

El tratamiento mercurial, lo mismo en el período secundario que en el terciario, debe aplifarse, à ser posible, cuando el enfermo se halla

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en un estado de salud relativamente satisfactorio. Cuando no sucede así, y no existe ninguna razón para intervenir con urgencia, convendrá someter antes al paciente á un tratamiento tónico y reconstituyente: aceite de hígado de bacalao, leche, preparados de hierro y quina, permanencia en el campo, etc. Ocurre en ocasiones que el mal estado general depende de las manifestaciones sifilíticas existentes, y entonces el tratamiento específico será el agente más útil y activo de la reconstitución general.

La aplicación de estos principios de expectación no deja de ofrecer algunas dificultades en la práctica. El enfermo que padezca sífilis querrá á toda costa verse libre de ella lo más pronto posible. El tratamiento más activo, el más penoso quizás, le parecerá mucho mejor que esa inacción aparente por espacio de algunas semanas. No siempre será fácil hacerle comprender esa paradoja terapéutica, según la cual el resultado del tratamien to será tanto más cierto, tanto mayor, cuanto más tardío sea dicho tratamiento. Necesitase que el paciente tenga gran confianza en el médico para aceptar esa decisión; de no ser así, muchos enfermos irán á buscar otro médico que, teniendo diferente criterio, no ponga ninguna dificultad para prescribir el mercurio al principio. La forma bajo la cual se administra el mercurio tiene una importancia secundaria; lo esencial es darlo en cantidad suficiente y durante algún tiempo. Véase MERCURIO

No es necesario, como ciertos autores han dicho, provocar la salivación para conseguir que cure la sífilis; pero este síntoma tiene bastante valor, porque constituye la piedra de toque de los efectos del mercurio sobre el organismo. Mientras falta la salivación cabe dudar si se han administrado dosis suficientes. La predisposición individual desempeña gran papel en el desarrollo de la estomatitis: en ciertos individuos la inflamación de la boca se declara desde los primeros días; en otros tarda algunas semanas, y á veces falta por completo al cabo de muchos meses. Cuando se declara (V. ESTOMATITIS), se acudirá al clorato de potasa, al interior ó como tópico.

El segundo medicamento antisifilítico es el iodo, que suele administrarse bajo la forma de ioduro potásico. Esta sal es muy eficaz contra los accidentes terciarios, pero su acción no suele ser muy profunda, y, como el tratamiento mercurial administrado en tiempo oportuno y de un modo metódico cura á menudo para siempre esos accidentes, muchos clínicos se limitan a dar el ioduro de potasio en los casos en que el estado general del enfermo no permite esperar una curación completa, ó en aquellos en que, por circunstancias particulares, no puede aplicarse el tratamiento mercurial. Téngase en cuenta que muchas contraindicaciones al empleo del mercurio son sólo provisionales, como p. ej. el período del accidente primitivo, la sífilis latente, la lentitud de las manifestaciones secundarias y terciarias. En tales circunstancias, cuando no hay razones particulares para intervenir, es mejor esperar hasta que las manifestaciones sean francas. Si se administra entonces el ioduro de potasio no se hace quizá más que dificultar su evolución y retardar el momento en que pueda prescribirse con éxito el tratamiento mercurial.

En cambio el triunfo del ioduro potásico es innegable en los accidentes terciarios antiguos que han sido curados de un modo incompleto por el mercurio, ó que no ofrecen ninguna tendencia á mejorar. Así, mientras que en la mayor parte de los casos el tratamiento mercurial curará muy bien de un modo duradero las sifilides ulcerosas, hay otros en los cuales resulta impotente y hasta provoca quizás una extensión

de las ulceraciones. Lo mismo sucede en las afecciones óseas antiguas; en estos casos se obtiene con el ioduro, si no una curación, al menos considerable mejoría.

También se puede ensayar el ioduro en las afecciones que no son puramente específicas, sino que dependen de las lesiones consecutivas. Por último, una de las principales indicaciones del tratamiento iodado se refiere a los casos en que debe renunciarse á una curación radical y hay que contentarse con una curación relativa.

Para dosificar el medicamento que se prescriba se tendrán en cuenta diversas circunstancias, y sobre todo el estado general del enfermo. Los individuos fuertes, vigorosos, pueden soportar durante mucho tiempo 5 gramos de ioduro de hierro en disolución (10 por 200): en las personas

débiles ó caquécticas no se pasará de 1 á 2 gramos. Asimismo se puede prescribir el jarabe de ioduro de hierro (30 de ioduro por 100 de jarabe simple) para tomar una cucharada tres veces al día, interrumpiendo su uso si provoca un coriza violento ú otras manifestaciones penosas para el enfermo.

La tisana sudorifica, tan empleada en otro tiempo, y que se compone de un cocimiento de guayaca ó de sasafrás, al cual se añaden cortezas y raíces de diversos vegetales; el cocimiento oficinal de raíz de zarzaparrilla, lo mismo que el cocimiento de Zittmann, que contiene indicios de mercurio, dan resultados muy poco seguros y sólo deben prescribirse cuando existe contrain. dicación absoluta de un tratamiento enérgico.

Las aguas mineromedicinales, entre ellas las sulfurosas calientes (las de Archena no tienen rival en España y acaso en Europa), convienen sobre todo en los casos en que no puede aplicarse desde luego un tratamiento específico.

Ciertas afecciones sifilíticas pueden también desaparecer, ó cuando menos mejorar, por el tratamiento local. Así, la limpieza, las lociones ligeramente astringentes, hacen desaparecer la supuración de los condilomas, y hasta detienen su crecimiento. La mayor parte de las úlceras sifilíticas reclaman una medicación local, al mismo tiempo que el tratamiento general. El uso de los gargarismos y colutorios apropiados presta grandes servicios en las afecciones de la boca y faringe. Una vez terminado el tratamiento específico se necesita algunas veces la intervención quirúrgica para reparar las pérdidas de substancia, que desfiguran al enfermo ó producen actitudes viciosas. El tratamiento local es eficaz, sobre todo contra las lesiones que nada tienen de específicas y que pertenecen a las complicaciones secundarias.

El tratamiento de la sífilis hereditaria se apoya en los mismos principios. Cuando está indicada la indicación mercurial se seguirá el mismo método que en los adultos, aunque disminuyendo las dosis. En los niños de pecho se harán fricciones, dos veces al día, con 30 centigramos á un gramo de ungüento gris, ó bien se administrarán los calomelanos al interior á la dosis de 2 à 10 centigramos.

SIFILÍTICO, CA: adj. Med. Perteneciente, ó relativo, á la sífilis.

la caquexia SIFILÍTICA, la escrofulosa y la raquitica, son también legados funestos que se transmiten á la prole. MONLAU.

- SIFILÍTICO: Med. Que la padece. U. t c. s. SIFILIZACIÓN (de sífilis): f. Med. Inoculación del virus sifilítico. Para demostrar que el pus de la úlcera blanda es transmisible á los animales, Auzias-Turenne inoculó con él en 1844 á un mono. La inoculación dió resultados positivos, y con la úlcera producida repitió las inoculaciones, hasta que por último quedó el animal inmune contra la inoculación del pus chancroso.

Experimentos en el hombre demostraron que también éste, por inoculaciones sucesivas, llega á hacerse insensible para el virus, de modo que, según sus ideas unicistas, queda libre de la sífilis constitucional, de la misma manera que los individuos vacunados quedan insensibles para el virus varioloso. Entonces se usaron inoculaciones repetidas con pus chancroso como medio profiláctico contra la sífilis, y se designó á este método con el nombre de sifilización.

No se dieron por satisfechos los autores con esta sifilización profiláctica. Sperino, en Turín, propuso también emplear el mismo método para la curación de la sífilis constitucional ya adquirida; es decir, la sifilización curativa terapéutica. Entonces fueron inoculados muchos individnos con pus chancroso, con fines ya profilácticos, ya curativos. Cada tercero ó cuarto día se les hacía una inoculación (hasta cuatro ú ocho), desarrollándose úlceras chanerosas cuyo pus se utilizaba para nuevas inoculaciones ulteriores. Cuando el pus tomado de las úlceras propias ó de las de otro individuo no prendían ya, se consideraba al sujeto como sifilizado.

Sin embargo, muy pronto se vió la ineficacia de la sifilización profiláctica, al mismo tiempo que con la terapéutica (1858 y 1859) hacían extensos ensayos Sigmund, Hebra y otros, con resultados poco recomendables. Boeck, en Cris tianía, amplió este método y apareció en el pa

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