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guir del que se produce en la cirrosis ordinaria; la naturaleza sifilítica de la lesión apenas puede establecerse en tal caso más que por el análisis minucioso de los antecedentes y de los síntomas concomitantes. En los pulmones se encuentran, sobre todo en los recién nacidos que padecen sífilis hereditaria, y más rara vez en los adultos, tumores granulares en vías de degeneración caseosa, que constituyen verdaderas gomas. También puede sobrevenir, según parece, una infiltración difusa del parénquima pulmonar. Asimismo se ha mencionado, como una de las consecuencias de la sífilis, la esclerosis del pulmón. Las afecciones sifilíticas de los centros nerviosos dan lugar á trastornos graves y variados de las funciones cerebrales, trastornos que naturalmente guardan relación con el sitio y extensión de las lesiones; entre ellos cita Liebermeister el histerismo, la epilepsia, la apoplejía, las parálisis y desórdenes de la sensibilidad más o menos generalizados, la afasia y perturbaciones intelectuales que pueden llegar hasta la demencia y el coma. La sífilis puede también dar lugar á todos los síntomas de la parálisis general.

Durante el período terciario sobreviene en el testículo la afección llamada sarcocele sifilítico, constituída por una infiltración difusa de tejido celular intersticial, acompañada en ciertos casos de gomas circunscritos (V. SARCOCELE). Los músculos no son respetados por la sífilis, que determina en ellos, ora una miositis esclerosa, ora la formación de gomas que pueden reblandecerse y abrirse al exterior.

En resumen, la sífilis puede, en el período terciario, dar lugar á procesos morbosos específicos en los órganos más diversos, y su acción se revela, bien por una proliferación de tejido conjuntivo, bien por la formación de gomas. Ninguno de los órganos se ven libres por completo, y se han observado procesos de este orden en el bazo, los riñones y cápsulas suprarrenales, en el intestino, timo, glándulas mamarias, ovario, páncreas, etc.

Entre las afecciones que se observan á consecuencia de la sifilis, importa distinguir las que dependen directamente de la acción del virus morboso las que son verdaderamente consecu. tivas, secundarias. Estas últimas pueden observarse desde el principio de la enfermedad; tales son el fimosis y el parafimosis, determinados por la induración primitiva y la gangrena. Pero las complicaciones de índole no específica son muy frecuentes en el período terciario, y á menudo tienen en ese período mayor influencia que las afecciones específicas sobre el curso y terminación de la sífilis.

No siempre es fácil establecer un límite preciso entre ambos órdenes de accidentes, y, sin embargo, esta distinción tiene gran importancia desde el punto de vista del pronóstico y los resultados de la medicación específica; ésta no obrará nunca con tanta eficacia sobre las lesiones simples como sobre las lesiones sifilíticas verdaderas. En algunas de ellas no hay gran dificultad; así, la naturaleza sifilítica de los gomas no es dudosa; en cambio el reblandecimiento cerebral que se observa alrededor del sifiloma, ó que depende de una obliteración arterial, no puede considerarse como específico. Lo mismo puede decirse de la necrosis de los huesos, de ciertas supuraciones de la piel, de la degeneración amiloidea de los órganos, la caquexia y otras muchas complicaciones.

La sífilis, considerada en su conjunto, tiene al principio un curso típico; sus manifestaciones se desarrollan siguiendo un orden determinado y en un período de tiempo más o menos fijo. En época avanzada el curso es menos regular. En ciertas afecciones el período de su aparición, lo mismo que el orden en que se suceden, pueden presentar grandes diferencias. Mientras que el accidente primitivo y los secundarios precoces aparecen algunas semanas después de la infección y la fecha en que se manifiestan es casi siempre la misma, sin que el tratamiento llegue à modificar dicho curso, la época en que aparecen los accidentes secundarios tardíos ó los accidentes terciarios varían dentro de grandes límites. Los accidentes terciarios típicos, como las formas graves de sifilides ulcerosas, las gomas de los huesos y de los órganos internos, suelen presentarse muy tarde. A menudo transcurre largo intervalo, años enteros quizás, entre las manifestaciones secundarias y las terciarias.

Ciertas causas ocasionales tienen, al parecer,

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gran influencia sobre la localización de las afec ciones sifilíticas y el momento en que se declaran. Así, los verdaderos condilomas apenas se observan más que en las regiones cuya epider mis está macerada; la angina sifilitica puede tener por punto de partida un enfriamiento; la periostitis y aun las afecciones graves de los huesos suelen ser debidas à un traumatismo. Generalmente se declaran las manifestaciones sifilíticas en los órganos que ofrecen menos resistencia. El tratamiento específico retarda de un modo notable la aparición de las diversas manifestaciones. En los dos primeros períodos la enfermedad no influye sensiblemente sobre la salud general; en cambio el período terciario es el de las lesiones consecutivas, que, aunque no específicas, producen á menudo el marasmo y la caquexia. Por otra parte, la sífilis es una de las causas más frecuentes de la degeneración amiloidea del bazo, del hígado, de los riñones y de los demás órganos.

Muchos accidentes locales tardíos, sobre todo los que dan lugar á supuraciones, van acompañados de fiebre, que toma la forma héctica y sume al enfermo en un gran estado de consunción.

Mientras la enfermedad ó sus complicaciones no han determinado lesiones extensas ó profundas, mientras no hay signos de caquexia, el pronóstico es relativamente favorable. La curación puede observarse en todos los períodos. Rara vez espontánea, es casi siempre consecuencia del tratamiento específico, más poderoso contra los accidentes secundarios y terciarios precoces, pues casi siempre hace desaparecer rápidamente las manifestaciones de dichos períodos. Con todo, no hay que olvidar que el sujeto continúa siempre bajo la influencia de la sífilis, y al cabo de algún tiempo, meses ó años enteros, se declaran accidentes que pertenecen á un período más tardío. En ciertos casos la enfermedad revela su existencia por la procreación de hijos sifilíticos. Obtener la curación radical, definitiva, de la sífilis, es misión difícil y penosa; un tratamiento médico, continuado bastante tiempo y con perseverancia, apropiado á las diversas fases de la afección, que no se limite á hacer que desapa rezcan las manifestaciones del momento, á blanquear al enfermo, es el único que puede aniquilar el veneno morboso en la profundidad de los tejidos. Una vez llenas dichas condiciones, si el tratamiento está bien dirigido, puede esperarse una curación definitiva y duradera en la mayoría de los casos.

La sífilis, como enfermedad general, lo mismo que por sus manifestaciones locales, tiene fácil diagnóstico. Al principio, los antecedentes de un coito sospechoso y el examen de la parte afecta no suelen dar lugar a dudas. En el período secundario las adenopatías múltiples, sifilides cutáneas, y sobre todo los condilomas, son tan característicos, que aun cuando no existan indicios del accidente primitivo se puede afirmar sin vacilación la naturaleza específica de los accidentes. En el período terciario los fenómenos que han llegado á su completo desarrollo ofrecen también caracteres que permiten establecer su origen, aun en los casos raros en que faltan datos acerca del accidente primitivo las afecciones secundarias. Comienza la dificultad cuando la sífilis se halla latente, es larvada ó sólo se revela por alguna manifestación local. Es fácil descono. cer la naturaleza sifilítica de una lesión que no va acompañada de ningún otro accidente sifilítico, sobre todo cuando no existen antecedentes que puedan servir de guía.

En ciertas circunstancias, sobre todo cuando existan afecciones contra las cuales han sido impotentes todos los tratamientos, será oportuno en caso de duda ensayar la terapéutica mercurial y admitir, según los resultados, la especifici dad de la afección. Así, por ejemplo, los autores citan casos graves de afecciones cerebrales en las que apenas se podía sospechar vagamente sífilis, y sin embargo la medicación específica, administrada con prudencia, dió los mejores resulta dos. Téngase en cuenta que ciertas afecciones sifilíticas pueden mejorar y aun curar por este mismo tratamiento.

La profilaxia se funda en la etiología. Las medidas de policía sanitaria, destinadas á circunscribir los progresos de la enfermedad, son las mismas para la sífilis que para todas las afecciones venéreas. Consisten, por una parte, en vigilar con cuidado y reglamentar conveniente

mente la prostitución (V. PROSTITUCIÓN), y por otra en dar á los individuos grandes facilidades para el tratamiento tan pronto como aparecen los primeros accidentes.

Existen numerosos hospitales y administraciones de beneficencia cuyos reglamentos guardan gran severidad respecto á la sífilis y otras afecciones venéreas, cuando precisamente debería hacerse lo contrario, pues el mejor medio de limitar la extensión de la enfermedad es facilitar la admisión de los que la padecen. En la clínica de Tubinga (Liebermeister, Enfermedades infecciosas), en la cual ingresan gratuitamente todos los pobres, los sifilíticos, venéreos y sarnosos son admitidos en la misma forma que los demás pacientes. Se les trata con el mismo régimen que á éstos, si no presentan accidentes muy repugnantes para sus vecinos ó si circunstancias especiales no hacen necesario su aislamiento; son asistidos en las mismas salas que los individuos que padecen afecciones cutáneas ú otras enfermedades que reclamen tratamientos análogos.

Puede considerarse como tratamiento profiláctico el que tienda á destruir in loco el virus des pués del contagio. Si inmediatamente después de la inoculación se pudiera cauterizar con energía el punto en que ha sido depositado el germen específico, se neutralizaría el virus; pero eso ocurre poquísimas veces. Ordinariamente se sabe que ha habido infección cuando aparece la pápula ó la induración, es decir, á las tres ó cuatro semanas del coito impuro. Se han citado casos en los cuales la escisión de la ulceración parece que previno la sífilis constitucional, pero las más veces no pudo impedirse la generalización. El agente morboso, en el período de incubación, ha penetrado ya profundamente en los tejidos, y quizá también en los linfáticos, y no es posible alcanzarle. Sin embargo, en los chancros mixtos la cauterización enérgica y precoz de la úlcera podría quizá destruir el virus y prevenir la ulceración. Para ello se han empleado las cauterizaciones con el ácido nítrico fumante, con el ácido fénico concentrado, con una fuerte disolución de sulfato de cobre; estas cauterizaciones, si se practican pronto, no tienen ningún inconveniente; pero aunque den buen resultado ninguna conclusión puede formularse, porque cuando falta la induración cabe dudar si se trata en realidad de una induración sifilítica.

La sífilis pertenece al grupo muy limitado de enfermedades contra las cuales posee la ciencia un específico: el mercurio. El iodo tiene también eficacia indiscutible en el tratamiento de esa afección tan frecuente, pero su campo de acción resulta mucho más limitado. Poco después de aparecer la sífilis en Europa, se recurrió á las preparaciones mercuriales; pero su empleo dió lugar á viva oposición, considerando ese medicamento inútil y hasta peligroso. Los antimercurialistas llegaron á pretender que los acciden tes terciarios no eran debidos á la enfermedad, sino á la intoxicación mercurial. Aun en época moderna se encuentran médicos que sostienen dicha oposición. El Dr. Liebermeister, ocupándose en este asunto, dice: «Si bien consideramos el tratamiento mercurial como la única medicación verdaderamente eficaz de la sífilis, debemos reconocer que los argumentos de los antimercurialistas tienen alguna razón de ser, al menos desde el punto de vista histórico. Mientras la blenorragia y el chancro eran considerados como accidentes sifilíticos, se sostenía que la medicación mercurial era necesaria en todos los casos, y que sólo con ella se podía obtener la curación. Hoy todos los médicos admiten la no especifi cidad de dichas afecciones, y sólo los charlatanes prescriben el mercurio en las purgaciones ó el chancro simple, lo cual quita todo valor á uno de los principales argumentos de los adversarios de la expresada substancia.>>

¿Debe administrarse el mercurio en el primer período? Algunos autores tratan la induración primitiva exclusivamente por medios locales, se abstienen de dar la medicación específica en el período de incubación, y dejan que la sífilis siga su curso hasta que aparezcan los accidentes secundarios. Esta práctica no se halla de acuerdo con la adoptada por la mayor parte de los médicos, pero puede invocar en su favor la autoridad de eminentes sifiliógrafos. La papula primitiva, mientras no está escoriada, no reclania ningún tratamiento; todo se limita á los cuidados de limpieza para evitar que se irrite y ulcere, y, si sobreviene la ulceración, á lociones con líquidos

ligeramente astringentes. Además del reposo absoluto y un régimen severo, se prescribirán los baños locales frecuentes con una infusión de manzanilla, á la cual se añadirá, al usarla, un poco de agua blanca; también pueden ser útiles las lociones con agua fagedénica negra, ó con una débil disolución de sulfato de cobre y de ácido fénico. Las curas con iodoformo dan también buenos resultados, aunque el olor de dicha substancia denuncia constantemente la enfermedad.

El fimosis y el parafimosis se reducen casi siempre fácilmente cuando se ha hecho desaparecer la tumefacción de las partes por medio de ligeros astringentes; sin embargo, algunas veces son necesarias la incisión ó separación total del prepucio. Al practicar esta operación se tendrá en cuenta la facilidad con que una herida en contacto con el pus virulento se transforma en ulceración chanerosa, y se tomarán precauciones para evitarlo.

Los accidentes secundarios, cuando se desarroIlan de un modo normal, se tratarán por el mercurio. Se puede formular, casi como principio general, que, cuanto más tarde comience el tratamiento, más evidentes serán los resultados. Las adenopatías, la aparición de la roséola y los exantemas papulosos al principio, no constituyen en manera alguna una indicación para intervenir. En cambio, cuando aparecen los condilomas y su crecimiento es rápido, ha llegado el momento de obrar con energía. El tratamiento mercurial da grandes resultados en las sifilides tardías, sobre todo cuando se asocian á otros accidentes. Esta regla, dice Liebermeister, no es aplicable á los casos en que una afección local grave y de marcha invasora amenaza algún órgano importante, por ejemplo las úlceras fagedénicas de la garganta, la iritis, etc. En tal caso es preciso intervenir pronto y con energía. El tratamiento mercurial parece que obra con tanta más energía, es tanto más eficaz, cuanto más profundamente ha penetrado el virus en la sangre; cuanto más múltiples son las manifestaciones externas; cuanto más aguda es su marcha: por el contrario, su acción parece tanto más fugaz y superficial cuanto menos pronunciados son los síntomas sifilíticos. Puede decirse, desde este punto de vista, que los resultados del tratamiento serán tanto más ciertos cuanto más maligna sea la forma.

En ciertos casos, si las erupciones brotan mal ó de un modo incompleto, puede ser ventajoso favorecerlas por los baños calientes y prolongados. Estas consideracionos son también aplicables al tratamiento de los accidentes terciarios.

en un estado de salud relativamente satisfactorio. Cuando no sucede así, y no existe ninguna razón para intervenir con urgencia, convendrá someter antes al paciente á un tratamiento tónico y reconstituyente: aceite de hígado de bacalao, leche, preparados de hierro y quina, permanencia en el campo, etc. Ocurre en ocasiones que el mal estado general depende de las manifestaciones sifilíticas existentes, y entonces el tratamiento específico será el agente más útil y activo de la reconstitución general.

La aplicación de estos principios de expectación no deja de ofrecer algunas dificultades en la práctica. El enfermo que padezca sífilis querrá á toda costa verse libre de ella lo más pronto posible. El tratamiento más activo, el más penoso quizás, le parecerá mucho mejor que esa inacción aparente por espacio de algunas semanas. No siempre será fácil hacerle comprender esa paradoja terapéutica, según la cual el resultado del tratamien to será tanto más cierto, tanto mayor, cuanto más tardío sea dicho tratamiento. Necesitase que el paciente tenga gran confianza en el médico para aceptar esa decisión; de no ser así, muchos enfermos irán á buscar otro médico que, teniendo diferente criterio, no ponga ninguna dificultad para prescribir el mercurio al principio. La forma bajo la cual se administra el mercurio tiene una importancia secundaria; lo esencial es darlo en cantidad suficiente y durante algún tiempo. Véase MERCURIO

No es necesario, como ciertos autores han dicho, provocar la salivación para conseguir que cure la sífilis; pero este síntoma tiene bastante valor, porque constituye la piedra de toque de los efectos del mercurio sobre el organismo. Mientras falta la salivación cabe dudar si se han administrado dosis suficientes. La predisposición individual desempeña gran papel en el desarrollo de la estomatitis: en ciertos individuos la inflamación de la boca se declara desde los primeros días; en otros tarda algunas semanas, y á veces falta por completo al cabo de muchos meses. Cuando se declara (V. ESTOMATITIS), se acudirá al clorato de potasa, al interior ó como tópico.

El segundo medicamento antisifilítico es el iodo, que suele administrarse bajo la forma de ioduro potásico. Esta sal es muy eficaz contra los accidentes terciarios, pero su acción no suele ser muy profunda, y, como el tratamiento mercurial administrado en tiempo oportuno y de un modo metódico cura á menudo para siempre esos accidentes, muchos clínicos se limitan á dar el ioduro de potasio en los casos en que el estado general del enfermo no permite esperar una curación completa, ó en aquellos en que, por circunstancias particulares, no puede aplicarse el tratamiento mercurial. Téngase en cuenta que muchas contraindicaciones al empleo del niercurio son sólo provisionales, como p. ej. el pe

la lentitud de las manifestaciones secundarias y terciarias. En tales circunstancias, cuando no hay razones particulares para intervenir, es mejor esperar hasta que las manifestaciones sean francas. Si se administra entonces el ioduro de potasio no se hace quizá más que dificultar su evolución y retardar el momento en que pueda prescribirse con éxito el tratamiento mercurial.

La fórmula, tantas veces invocada, de que el mercurio es el específico del período secundario y el iodo del período terciario, es demasiado absoluta. El ioduro de potasio da sin duda buenos resultados contra las manifestaciones de este últi-ríodo del accidente primitivo, la sífilis latente, mo período, pero nunca se obtiene con ese medicamento una curación tan duradera y profunda como con el mercurio. Lo mejor es emplear á la vez ambas medicaciones, cuya asociación asegura casi siempre una curación ralical, mucho más si las manifestaciónes terciarias siguen un curso específico y los accidentes específicos predominan sobre los de orden común. Las formas que á primera vista parecen más malignas son aquellas en las cuales el tratamiento da mejores resultados y cuyo pronóstico es, por consiguiente, favorable; en cambio, cuando existen lesiones degenerativas, no susceptibles de resolución, en los órganos esenciales; cuando estas lesiones son consecutivas, no específicas, y hay marasmo y caquexia, ó una degeneración extensa de los tejidos, se renunciará á perseguir una curación imposible, y vale más, en tales casos, abstenerse del mercurio.

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En cambio el triunfo del ioduro potásico es innegable en los accidentes terciarios antiguos que han sido curados de un modo incompleto por el mercurio, ó que no ofrecen ninguna tendencia á mejorar. Así, mientras que en la mayor parte de los casos el tratamiento mercurial curará muy bien y de un modo duradero las sifílides ulcerosas, hay otros en los cuales resulta impotente y hasta provoca quizás una extensión de las ulceraciones. Lo mismo sucede en las afec ciones óseas antiguas; en estos casos se obtiene con el ioduro, si no una curación, al menos considerable mejoría.

También se puede ensayar el ioduro en las afecciones que no son puramente específicas, sino que dependen de las lesiones consecutivas. Por último, una de las principales indicaciones del tratamiento iodado se refiere a los casos en que debe renunciarse á una curación radical y hay que contentarse con una curación relativa.

Para dosificar el medicamento que se prescriba se tendrán en cuenta diversas circunstancias, y sobre todo el estado general del enfermo. Los individuos fuertes, vigorosos, pueden soportar durante mucho tiempo 5 gramos de ioduro de hierro en disolución (10 por 200); en las personas

débiles ó caquécticas no se pasará de 1 à 2 gramos. Asimismo se puede prescribir el jarabe de ioduro de hierro (30 de ioduro por 100 de jarabe simple) para tomar una cucharada tres veces al día, interrumpiendo su uso si provoca un coriza violento ú otras manifestaciones penosas para el enfermo.

La tisana sudorifica, tan empleada en otro tiempo, y que se compone de un cocimiento de guayaca ó de sasafrás, al cual se añaden cortezas y raíces de diversos vegetales; el cocimiento oficinal de raíz de zarzaparrilla, lo mismo que el cocimiento de Zittmann, que contiene indicios de mercurio, dan resultados muy poco seguros y sólo deben prescribirse cuando existe contraindicación absoluta de un tratamiento enérgico.

Las aguas mineromedicinales, entre ellas las sulfurosas calientes (las de Archena no tienen rival en España y acaso en Europa), convienen sobre todo en los casos en que no puede aplicarse desde luego un tratamiento específico.

Ciertas afecciones sifilíticas pueden también desaparecer, ó cuando menos mejorar, por el tratamiento local. Así, la limpieza, las lociones ligeramente astringentes, hacen desaparecer la supuración de los condilomas, y hasta detienen su crecimiento. La mayor parte de las úlceras sifilíticas reclaman una medicación local, al mismo tiempo que el tratamiento general. El uso de los gargarismos y colutorios apropiados presta grandes servicios en las afecciones de la boca y faringe. Una vez terminado el tratamiento específico se necesita algunas veces la intervención quirúrgica para reparar las pérdidas de substancia, que desfiguran al enfermo ó producen actitudes viciosas. El tratamiento local es eficaz, sobre todo contra las lesiones que nada tienen de específicas y que pertenecen á las complicaciones secundarias.

El tratamiento de la sífilis hereditaria se apoya en los mismos principios. Cuando está indicada la indicación mercurial se seguirá el mismo método que en los adultos, aunque disminuyendo las dosis. En los niños de pecho se harán fricciones, dos veces al día, con 30 centigramos á un gramo de ungüento gris, ó bien se administrarán los calomelanos al interior á la dosis de 2 á 10 centigramos.

SIFILÍTICO, CA: adj. Med. Perteneciente, ó relativo, á la sífilis.

..., la caquexia SIFILÍTICA, la escrofulosa y la raquitica, son también legados funestos que se transmiten á la prole. MONLAU.

- SIFILITICO: Med. Que la padece. U. t c. s.

SIFILIZACIÓN (de sífilis): f. Med. Inoculación del virus sifilítico. Para demostrar que el pus de la úlcera blanda es transmisible á los animales, Auzias-Turenne inoculó con él en 1844 á un mono. La inoculación dió resultados positivos, y con la úlcera producida repitió las inoculaciones, hasta que por último quedó el animal inmune contra la inoculación del pus chancroso.

Experimentos en el hombre demostraron que también éste, por inoculaciones sucesivas, llega á hacerse insensible para el virus, de modo que, según sus ideas unicistas, queda libre de la sífilis constitucional, de la misma manera que los individuos vacunados quedan insensibles para el virus varioloso. Entonces se usaron inoculaciones repetidas con pus chancroso como medio profiláctico contra la sífilis, y se designó á este método con el nombre de sifilización.

No se dieron por satisfechos los autores con esta sifilización profiláctica. Sperino, en Turín, propuso también emplear el mismo método para la curación de la sífilis constitucional ya adquirida; es decir, la sifilización curativa terapéutica. Entonces fueron inoculados muchos individuos con pus chancroso, con fines ya profilácticos, ya curativos. Cada tercero ó cuarto día se les hacía una inoculación (hasta cuatro ú ocho), desarrollándose úlceras chancrosas cuyo pus se utilizaba para nuevas inoculaciones ulteriores. Cuando el pus tomado de las úlceras propias ó de las de otro individuo no prendían ya, se consideraba al sujeto como sifilizado.

Sin embargo, muy pronto se vió la ineficacia de la sifilización profiláctica, al mismo tiempo que con la terapéutica (1858 y 1859) hacían extensos ensayos Sigmund, Hebra y otros, con resultados poco recomendables. Boeck, en Cristianía, amplió este método y apareció en el pa

lenque como su partidario más acérrimo, dando lugar también á que le cultivaran otros médicos escandinavos. La cuestión de la sifilización, estudiada en Cristianía por una comisión científica (1856), fué causa de discusiones y experimentos múltiples. Se demostró ante todo que el nombre de sifilización era poco oportuno, y se propuso la denominación de inoculación chancrosa curativa (Faye). Además se vió que la inmunidad era sólo temporal y local, pues con pus reciente al cabo de algún tiempo se obtienen resultados positivos en otros puntos, esto es, nuevas úlceras por inoculación. Por otra parte, el resultado terapéutico de la sifilización debe considerarse únicamente como consecuencia de una derivación que puede conseguirse lo mismo por la inoculación de substancias acres (aceite de croton, tártaro emético, etc., Langenbeck, Hjoert, Parcot), de modo que este método, fundado en premisas erróneas (puesto que el virus chancroso, identificado erróneamente con el vi rus sifilítico, no puede transmitir á nadie la sífilis ni librar á nadie de ella), fué abandonado por completo y no se usa ya en la actualidad.

SIFILOMA (de sífilis, y el sufijo oma, tumor, neoplasma): m. Patol. Producción neoplásica de origen sifilítico.

Constituye el sifiloma uno de los síntomas principales, acaso el único, del período primitivo de la sífilis: éste se extiende desde el momento del contagio local á aquél en que aparecen trastornos funcionales y materiales que iudican la intoxicación general. La incubación (V. SIFILIS) tiene duración variable, aun en sujetos que ha yan adquirido casi á la vez la sífilis en la misma fuente.

Abre la marcha, en el punto infecto, una mancha que después se eleva en el centro en forma de papula rojo-obscura, luego se descama, trasuda, se exulcera, y en ocasiones se convierte pronto en verdadera ulceración Entretanto la infiltración se extiende, profundiza, avanza el trabajo destructor y se convierte en una dureza perfectamente circunscrita, compacta y fibrosa. La erosión segrega poca serosidad y se cierra muy pronto. A la vez va desapareciendo la induración, llegando en ocasiones á disiparse por completo. Por término medio, en los casos en que se inoculó el virus, sobrevinieron las adenopatías á los once días de la enfermedad. En los casos de contagio accidental la incubación es algo más larga (por término medio tres ó cuatro semanas); en ocasiones excepcionales fué de pocos días y á veces de 12 á 16 semanas (téngase en cuenta que no siempre puede asegurarse la fecha exacta de la infección.

Es innegable, de todos modos, que la inoculación artificial da sus frutos mucho más pronto. Esto puede depender de que la materia inoculada ofrece un grado de concentración especial, y se lleva en cierta cantidad á la piel sana por debajo de la epidermis, donde se mezcla necesariamente con el corion. En el contagio accidental no existen esas condiciones que facilitan la absorción del virus. Este, diluído en serosidad, pus, etc., opone cierta resistencia á las causas que amenazan quitarle de aquel sitio; por lo demás, aun cuando caiga sobre una solución de continuidad, la infiltración que suele existir por debajo no se halla en las mejores condiciones para facilitar su camino á la infección.

En todo caso de sífilis adquirida, el sifiloma, es en realidad un elemento necesario; sin él no hay intoxicación. Sin embargo, su corta duración y el sitio que a veces ocupa pueden hacer que sea difícil y aun imposible encontrarlo. Se desarrolla y vive en el mismo punto en que se ha depositado el virus. Su germinación y multiplicación se revelan por una alteración hiperplásica (pápula, nódulo, elevación); sus elementos linfoideos constitutivos degeneran, se desprenden, son reabsorbidos ó se reorganizan según los casos. También es posible que sobrevenga una solución de continuidad que a veces dura algunas semanas y en ocasiones pocas días, ó solución de continuidad á menudo erosiva ó exulcerativa, casi nunca ulcerosa, que se abre á expensas de los tejidos linfoideos de infiltración, que segrega serosidad contagiosa y que va acompañada de una infiltración, a menudo tan superficial que no merece el nombre de úlcera.

La sifiloma se manifiesta, ora con una mancha eritematosa redonda, oval, circunscrita, seca, descamativa, más tarde húmeda, con base dura,

superficial, ora con una pápula ó tubérculo, es decir, una elevación más pronunciada de la mancha. La eflorescencia, seca en los primeros días, se torna después húmeda, pierde parte de su epitelio (erosión), ofrece el color blanco amarillento de un producto diftérico y da una secreción serosa escasa. En algunos casos comienza por ser una pápula plana, es decir, deprimida y hasta convexa, ó bien parece un tumorcito nudoso ó hemisférico, que puede erosionarse y segregar virus. En cuatro ó cinco días de trabajo puede declararse una elevación limitada, bastante dura, indolente, con erosiones y acompañada de adenopatías; sin embargo, sólo en corto nú mero de enfermos se declara en tan poco tiempo esa síntomatología.

Pasadas tres ó cuatro semanas (en cuyo tiempo la base se hace más dura, sin haber dado lugar á una solución de continuidad ni á una verdadera descamación) la pápula puede disiparse, dejando en su lugar una depresión obscura y violácea. En cambio otras veces la dureza se ensan cha y profundiza, la pérdida de substancia crece y se manifiestan las adenopatías.

La infiltración no hace el tejido pastoso, jugoso, reductible por la presión, como sucede en el edema y en la tumefacción flogística ordinaria, pero determina una dureza especial, no sólo por su carácter circunscrito, sino también por las sensaciones que suminista. Es una dureza perfectamente limitada, que cesa bruscamente al nivel del tejido sano, que no se pierde gradualmente, sino de un salto (por decirlo así), y que da al tacto la impresión de una dureza seca, elástica, como de un cuerpo extraño que estuviera encajado en el tegumento normal. Dicha dureza puede compararse á un trozo de cartón ó caucho, de fibroma ó de cartílago. Varían sus dimensiones desde algunos milímetros á 3 ó 4 centímetros cuadrados. Puede ofrecer la forma y volumen de medio guisante, de un grano de maíz y hasta de una avellana, que estuvieran introducidos por completo ó en parte en el tejido, de un verdadero callo que se hubiera desarrollado en aquel punto; otras veces la dureza se extiende algo en superficie, para formar un disco, una placa, una lámina que, palpada entre los dedos, transmite la sensación como de un trozo de pergamino ó naipe algo consistente, con una base y una periferia cuyo tejido ofrece la consistencia normal.

Al lado de la induración callosa ó nudosa puede describirse la induración laminar, con sus dos variedades, apergaminada y foliácea ó papirácea. Existen casi siempre razones anatómicas que deciden en los diversos puntos la forma y grado de la induración, haciendo que aumente en superficie ó en profundidad; por lo demás, aun en una misma localidad (los pezones de las mamas, la lengua, etc.), son posibles una y otra forma de esclerosis. La induración superficial puede, resolviéndose en la parte central, tomar la forma anular; esto se ve en ocasiones, desde el principio en el orificio de la uretra, tanto en el hombre como en la mujer; penetrando en el conducto ofrece quizá la forma cilíndrica. En el borde de la lengua, en los pezones, parece un surco lineal. La erosión suele desaparecer una vez iniciada la infiltración, empero hay casos en que pasan dos semanas después de haberse declarado la solución de continuidad. Por lo general éste se reduce á una simple pérdida del epitelio ó de la epidermis más superficial (erosión); otras veces llegan á estar destruídas las papilas (exulceración); en casos excepcionales se destruye el corion á cierta profundidad ó en todo su espesor (úlcera).

Si la induración superficial acompaña ó sigue á la erosión, la ulceración, la úlcera, descansan sobre infiltrados nudosos, los cuales ofrecen también á veces cierta erosión. Las erosiones pueden tener el tamaño de un grano de mijo, de una lenteja y hasta de una almendra; pueden ser circulares, ovales, punteadas y lineales; ora residen sobre una superficie plana y protuberante, ora aparecen al mismo nivel que el tejido que las rodea. El fondo es lardáceo, amarillento ó rojo sucio, casi siempre reluciente, barnizado y húmedo. Unidas varias erosiones pueden simular un herpetismo (sifiloma herpetiforme). Desde los bordes de la exulceración de la úlcera hasta el fondo existe generalmente una pendiente gradual que las puede dar aspecto de embudo.

Por lo general la induración es más extensa

que la pérdida de substancia, la cual no aparece (salvo la existencia de complicaciones) ni una sola vez fuera de los límites de aquélla.

El sifiloma que reside fuera de los órganos genitales (sifiloma extragenital), tanto en el hombre como en la mujer, puede presentar los rasgos más característicos; aun en las mamas de la mu. jer es muy raro que no ofrezca una fisonomía explícita. En los mismos genitales femeninos la mayor parte de los sifilomas presentó induraciones decisivas, por las cuales se les pudo diagnos ticar á primera vista.

La configuración del sifiloma es tan simétrica que podría siempre dividirse en dos partes. Si varios sifilomas se funden entre sí, ó si la induración se difunde con cierta amplitud por los linfáticos aferentes, falta esa simetría, que también pueden modificar la gangrena y el fagedenismo. Por lo general el sifiloma tiene en el centro color rojo obscuro sucio, á menudo con puntos equimóticos en su seno; alrededor de la neoplasia se ve una zona más pálida y luego otra más obscura que la segunda y más clara que el disco del centro, viniendo después un aspecto algo irisado por la existencia de ciertos elementos emigrados; la placa endurecida tiene color variable (gris, amarillento, etc.). La misma evolución de la enfermedad, con las modificaciones inherentes al círculo sanguíneo, hace que prevalezca tal ó cual color.

La secreción es serosa ó serosanguinolenta, rara vez seropurulenta, algo viscosa, fácilmente concrescible, sobre todo en contacto del aire. En el centro, donde las papilas, llenas de sangre, se hallan al descubierto, puede salir alguna gota de dicho líquido. En ocasiones la pérdida de substancia se cubre de un exudado difteroide, muy adherente, fibrinoso. Nunca hay supuración franca cuando no intervienen irritaciones especiales. Las falsas menbranas se forman casi exclusivamente cuando la enfermedad reside en las mucosas; si, por el contrario, radica en la piel, se cubren de escamas y costras. En la localización mixta, mucosocutánea (labios de la vulva, prepucio), pueden coincidir el exudado gris, las costras y las escamas.

ó

El sifiloma nace, crece, se erosiona y disipa ordinariamente sin que existan dolores; tampoco los provocan, en muchos casos, las lociones detersivas, las medicaciones emolientes, las manipulaciones necesarias para el diagnóstico. Como en todos los procesos vitales (dice Bréda, Manual práctico de enfermedades venéreas y sifilíticas, traducción española del Dr. Carreras Sanchis, Madrid, 1889), desde la aparente estacionalidad se pasa casi insensiblemente á la reparación. El color local se hace más claro, restáurase la falta de tejido y cesa el exudado. Un anillo epitelial epidermoidal liso, reluciente, rojo-amarillento, limita más y más la solución de continuidad y rápidamente le cubre por completo. También la induración va disminuyendo, el tejido se torna pastoso, blando, y desaparece. En ocasiones queda, durante meses y años enteros, un indicio, un resto de la induración, que, unido á cierta pigmentación, denota el sitio por el cual se abrió paso el virus; pocas veces queda una verdadera aunque pequeña cicatriz. En la mitad próximamente de los casos, algunas semanas bastan para alejar de la localidad todo vestigio del mal; esa desaparición completa, absoluta, se observa con más frecuencia en las mucosas, donde la dureza suele ser más plana y la resolución más pronta que en la piel.

La duración del sifiloma se halla subordinada á diversas circunstancias. Los muy voluminosos y compactos ceden con gran lentitud; en cambio los pequeños y superficiales lo hacen rápidamente; los del cuello uterino curan con prontitud extraordinaria; cuando están situados alrededor de la uretra y de la piel se disipan poco á poco. Las irritaciones locales de cualquier índole, la incuria, las complicaciones, el embarazo, pueden retardar la reintegración.

El sifiloma, pues, se distingue por su larga incubación, por su benignidad, indolencia y cnrabilidad espontánea; puede no presentar nunca solución de continuidad, ó bien ser ésta muy superficial y de corta duración. A veces constituye una lesión insignificante. Su aparente benignidad, unida á la larga incubación y á hallarse situado en no pocos casos fuera de los genitales, hace que no impresione bastante su presencia, ni aun á la persona más cuidadosa de su propia salud, al individuo más aprensivo.

Generalmente el sifiloma es único; con todo, ápicales del Nuevo Mundo, y son plantas herbá veces se ven dos, tres, cinco y hasta siete en un mismo individuo. Los múltiples suelen aproximarse tanto en su crecimiento, que llegan á fundirse entre sí. Reconocen un origen contemporáneo, y por consiguiente su aparición es casi simultánea. Algunos días después de que aparezca el sifiloma pueden formarse, por efecto de la irradiación hiperplásica, bien en el tejido celular circunvecino, bien en una porción circunscrita de la red linfática superficial, focos de infiltración, de engrosamiento, semejantes al sifiloma, y que se parecen á las induraciones que se ven en la herida ó en la cicatriz de un prepucio, etc., de donde se ha separado por la escisión el fenómeno primario. Estas manifestaciones no dependen de una nueva contaminación.

La índole de este artículo y el carácter especial del asunto que trata impide entrar en mayores detalles.

Al formular el pronóstico del sifiloma hay que tener en cuenta la neoplasia por sí misma, y más aún sus relaciones con la infección general. Por lo que á él toca, es una lesión leve, indolente, que cura de un modo espontáneo y que sólo en casos excepcionales lleva consigo complicaciones, generalmente leves. Aunque resida en los labios, en la lengua, en los carrillos, en la garganta, no suele perturbar de un modo notable la masticación, la deglución, ni las funciones gás tricas. Las mismas adenopatías que lo circundan no causan regularmente molestias dignas de mé

rito.

Respecto al tratamiento, téngase muy en cuenta lo dicho en el artículo SIFILIS. La medicación local, que debe aplicarse al sifiloma en la generalidad de los casos, se resume en pocas pala bras: <cuanto menos se haga, mejor es» (Bréda, loc. cit.). «Con la higiene, el agua y las hilas, se cura fácil y rápidamente, ó más bien se deja curar; y no hay otra cosa que hacer, porque su tendencia consiste en curar por sí solo, de un modo espontáneo» (Fournier). Conviene, desde que aparece este accidente, desde el primer ingreso en el territorio de la sífilis, evitar las fatigas materiales, la exposición á las temperaturas extremas, etc. Será útil tener limpia y protegida la parte con unas hilas ó una compresita untada de emplasto mercurial, ó bien pasar por encima de ella, mañana y tarde, unguento mercurial ó calomelanos, para favorecer la resolución de la induración. Tiene asimismo sus indicaciones el iodoformo.

En las balanopostitis infectantes las inyeccio

nes con disoluciones de ácido fénico ó de sublimado podrán no bastar para impedir la gangrena que amenaza por compresión, y entonces se des bridará el prepucio haciendo una incisión. En el orificio de la uretra, y en una porción más interior del conducto, podrá el sifiloma producir estrecheces que dificulten la micción; entonces es útil intervenir á tiempo, aplicando candelillas cónicas, dilatadores de Dittel, etc. No se olvidará en estos casos el unguento ó el emplasto mercurial, que se debe introducir en la uretra, y tam bién puede convenir un amasamiento moderado. El nitrato de plata puede servir cuando el foco tiene mal carácter o es demasiado vegetante ó atómico; las demás veces no es necesario, é irrita extraordinariamente.

¡Se debe plantear inmediatamente el tratamiento general cuando aparece el sifiloma (tratamiento preventivo), ó bien es mejor esperar las manifestaciones secundarias (método expectante)? Contestado á esta pregunta, dice el Dr. Bréda, director del Instituto Dermosifilopático de Padua: «Por nuestra parte, durante tres años hemos empleado el tratamiento preventivo por me. dio de los mercuriales, y, durante otros dos, con los iódicos; en cambio, en los últimos siete años hemos esperado los efectos de la sífilis generalizada antes de recurrir à tales específicos. Hasta ahora no hemos visto que las consecuencias de la expectación sean desastrosas, ni que el tratamiento preventivo asegure el porvenir mejor que el expectante; lo que conviene siempre es una higiene sana, rigurosa y continuada. El ioduro de potasio tiene, al parecer, mayor influencia sobre la fiebre que el mercurio. Este, sin duda alguna, puede activar la resolución de la esclerosis. >

SIFISIA: f. Bot. Género de plantas (Siphisia) pertenecientes á la familia de las Aristoloquia ceas, cuyas especies habitan en las regiones tro

todas, ó por los menos las dos inferiores; ovario ínfero, con el vértice ligeramente saliente, bilocular, con óvulos numerosos y anátropos insertos longitudinalmente sobre ambas superficies del tabique medianero; estilo incluído y estigma saliente, bilobulado, con los lóbulos divergentes, orbiculares; cápsula bilocular, que se abre por la parte saliente de su ápice en dos valvas con dehiscencia loculicida; semillas mumerosas, muy pequeñas, con la superficie sembrada de hoyitos; embrión ortótropo en el eje de un albumen carnoso, con la raicilla próxima al ombligo y centípeta.

bra): f. Bot. Género de plantas (Siphogyne) SIFOGINA (del gr. oipwv, tubo, y yʊvý, hemperteneciente á la familia de las Compuestas, subfamilia de las tubulifloras, tribu de las sene

ceas ó fruticosas, tendidas, trepadoras ó volubles,
con las hojas alternas, enteras, acorazonadas y
obtusas; los pedúnculos axilares uni, bi ó mul-
tifloros, y las flores grandes y hermafroditas; cá-
liz coloreado, tubuloso, con el tubo soldado con
el ovario en su parte inferior, y en la superior
ventrudo, curvo, con el limbo dividido en tres
lóbulos iguales; seis estambres insertos sobre un
disco epigino, con los filamentos muy cortos,
casi nulos, y las anteras extrorsas, biloculares,
adheridas por su dorso al estilo; ovario ínfero
con seis celdas, con óvulos numerosos insertos
en dos series en los ángulos centrales, horizonta-
les y anátropos; estilo corto y estigma partido
en seis divisiones radiantes; el fruto es una cáp-
sula coriacea, desnuda, con seis celdas y que se
abre en otras tantas valvas por dehiscencia sepcionídeas, cuyas especies habitan en el Cabo de
ticida, semillas numerosas con la testa coriacea,
prolongada en margen membranosa, con rafe
ancho, fungoso, suberoso, que queda impreso en
el ápice de la chalaza; albumen carnoso ó córneo,
denso, y embrión muy pequeño, situado en la
base del eje del albumen; raicilla centripeta.
SIFNEO (del gr. σipveús, topo): m. Zool. Géne-
ro de mamíferos del orden de los roedores, fami-
lia de los múridos, tribu de los sifneínos, que
ofrece los siguientes caracteres: dientes incisi-
vos anchos, planos y sin surco; molares (
con prismas y sin raíces; calavera ancha y decli-
ve por detrás; apófisis cigomática siempre con
dos raíces; paladar óseo escotado entre los últi-
mos molares; cabeza apenas truncada y plana;
hocico desnudo; ojos pequeños; orejas reducidas
á un borde tan sólo en la abertura del oído; los

3

tres dedos medios de las extremidades anteriores

con uñas largas, robustas y en forma de cuchillo;
las extremidades posteriores, más débiles todas,
con cinco dedos.

La especie tipo de este género es el Siphneus
aspalax Pall., que habita en Altai.

SIFNOS: Geog. V. SIFANTO.

SIFOCALIZ (del gr. oipwv, tubo, y xáλvg, cá-
liz): m. Bot. Género de plantas (Siphocalyx)
perteneciente á la familia de las Escrofulariá-
ceas, cuyas especies habitan en los países fríos
del hemisferio boreal, y son plantas fruticosas,
inermes, con las hojas arrolladas en la estiva-
ción, esparcidas, palmeadolobuladas ó hendi-
das, con pecíolo ensanchado en su base, semi-
abrazador, y flores dispuestas en racimos colgan

tes, con una bracteita en su mitad ó en su base,
ó dos cerca del ápice; flores verdosas, blanqueci-
nas ó amarillas, alguna vez dióicas por aborto;
cáliz con el tubo aovado, soldado con el ovario, y
el limbo súpero, colorido, acampanado ó tubulo-
so y partido en cinco divisiones iguales; cinco
pétalos insertos en la garganta del cáliz, peque-
ños y escamiformes; estambres en igual número
insertos con los pétalos, alternos con éstos é in-
cluídos; ovario infero, unilocular, con dos pla-
centas parietales, nerviformes y opuestas; óvu-
los numerosos, pluriseriados, sostenidos por fu-
nículos cortos, insertos oblicuamente; dos esti-
los libres ó algo soldados en su porción inferior,
terminados por estigmas sencillos; el fruto es
una baya coronada por el limbo del cáliz, que se
marchita y se arruga, pero no se desprende, y
tiene una sola cavidad llena de pulpa y con se-
millas generalmente bastante numerosas; semi-
llas angulosas, con la testa gelatinosa, con rafe
libre y tegumento interior crustáceo adherido
al albumen; embrión ortótropo, muy pequeño,
situado en la base de un albumen casi córneo y
con la raicilla centrífuga.

SIFOCAMPILO (del gr. oipwv, tubo, y кau-
Túλos, encorvado): m. Bot. Género de plantas
(Siphocampylus) pertenecientes á la familia de
las Lobeliáceas, cuyas especies habitan en las
regiones tropicales de América, y son plantas
sufruticosas, con las hojas alternas ú opuestas,
pecioladas, aserradas, y las flores axilares, solita-
rias, pediceladas, rojas, rara vez reunidas en raci-
mos ó corimbos; cáliz con el tubo cónico-inver-

tido, apeonzado ó hemisférico, y el limbo súpero,
quinquéfido, con la corola inserta en lo alto del
cáliz, tubulosa, con tubo generalmente algo en-
corvado, y limbo quinquéfido, bilabiado, con las
lacinias casi iguales o las dos superiores algo
más largas; cinco estambres insertos con la co-
rola, con los filamentos y anteras soldados; es-
tas últimas barbadas ó mucronadas en el ápice

Buena Esperanza, y son plantas fruticosas muy ramificadas, con las hojas alternas ú opuestas, lineales, algo carnosas, bien enteras o bien trífidas en su ápice, generalmente vellososedosas ó pubescentes, rara vez lampiñas, con las cabezue. las en racimos ó umbelas, alguna vez solitarias, casi globosas y cubiertas después de la antesis de tomento lanudo y apretado, formado por pelos blanquecinos ó rojizos; cabezuelas multifloras, heterógamas, con las flores del radio liguladas ó casi femeninas y las del disco tubulosas y masculinas; involucro doble, el exterior acampanado, con cuatro ó cinco escamas aovadas y libres,

el interior con muchas, soldadas entre sí y lanudas por la cara exterior; receptáculo pajoso; corolas del radio semiflosculosas, con la ligula trasovada, dentada en el ápice ó casi tubulosas, con el limbo entero y truncado oblicuamente; las del disco flosculosas, con tubo quinquedentado; anteras sin apéndices y estilos bífidos en las flores del radio, y sencillos, mazudos y truncados en las del disco; aquenios del radio, únicos que existen, comprimidos y sin alas; vi

lano nulo.

SIFOMÉRIDO (del gr. oipwv, tubo, y μépos, parte): m. Bot. Género de plantas (Siphomeris) perteneciente a la familia de las Apocináceas, cuyas especies habitan en las regiones tropicales y subtropicales del Antiguo Mundo, y son plantas arbóreas ó fruticosas, con las hojas alternas, pecioladas, enterísimas, cubiertas de pelos estrellados, blanquecinas por el envés, con tres á siete nervios; estípulas laterales y geminadas; pedúnculos axilares ó terminales apareados, terminados por umbelitas bracteoladas, desnudas lanceolados, coloridos por la cara interna y val ó involucradas; cáliz de cinco sépalos lineales ó vados en la estivación; corola de cinco pétalos hipoginos más cortos que el cáliz, enteros ó escotados en el ápice, con una glandulita adherida ó una fosita nectarífera en la cara interna de su base, con prefloración arrollada; estambres numerosos, con los filamentos filiformes, libres, y mente dehiscentes; ovario sentado en el ápice las anteras didimas, biloculares y longitudinaldel artejo que sostiene los estambres, con dos ó cuatro celdas sencillas ó dobles por la existencia de un tabique longitudinal, con óvulos horizontales y anátropos, solitarios ó geminados, rara vez tres ó cuatro, superpuestos en el ángulo central; estilo sencillo y estigma muy breve. mente bi ó cuadripartido; el fruto es una drupa cuadrilobulada, con uno ó cuatro núcleos óseos y lisos ó biloculares y dispermos; semillas erguidas ú horizontales, con la testa membranosa; embrión ortótropo, carnoso, en el eje de un albumen abundante y casi tan largo como él, con los cotiledones planos, foliáceos, y la raicilla cilindrica, próxima al ombligo, ínfera ó centrípeta.

SIFÓN (del lat. sipho; del gr. oipwv): m. Tubo metálico, generalmente arqueado, que sirve para el más corto se sumerge en el envase que ha de trasegar líquidos. Tiene dos brazos desiguales; vaciarse y el más largo entra en el que ha de llenarse, colocado en el nivel inferior. Se hace el vacío en el tubo y al instante empieza el trasiego.

- SIFON: Fis. Nada más sencillo que la teoría física del sifón, ó la explicación de la corriente que se entabla á través de éste: todo se reduce á que se establece y mantiene una diferencia de potencial gravitatorio.

Sea A (fig. 1) un vaso con un líquido cualquiera, y BCD un tubo doblemente encorvado

con una rama corta introducida en parte en el vaso y la otra más larga al aire libre y todo él lleno del mismo líquido. Tendremos un sifón por cuya extremidad D se establecerá una salida de líquido por las razones siguientes. Consideremos la hoja o capa mn de líquido que está en la parte más alto del sifón, y analicemos las presiones á que está sometida. En la dirección a'm experimenta una presión igual á la presión atmosférica H, que se transmite á través de la columna líquida aB, disminuída en el peso de una columna líquida de altura aa' ó h, es decir, H- h. En el sentido opuesto b'm aquella misma capa mn experimenta la presión atmosférica H, que se transmite a través de la columna líquida DC, disminuída en el peso de una columna líquida de una altura igual à Db' ó h'. Y como Db' es mayor que aa', esta última presión es menor que la primera ó la que se ejerce en el sentido a'm, y la diferencia está representada por el peso de una columna de líquido de una altura igual á Db ó h'-h; por tanto, la capa mn será impelida de C hacia D por una fuerza igual a dicho peso, y esta presión es la que determina la salida del líquido. Como se ve, para que se produzca la salida del líquido por el sifón es preciso que h sea mayor que h, es decir, que la salida por el

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orificio D continuará mientras el nivel ab no descienda por debajo de D. Si h=h', habría equilibrio y no saldría líquido; si h'<h, el líquido contenido en el sifón volvería al vaso.

Si el vaso A estuviera cerrado, muy pronto el líquido cesaría de correr por el sifón, pues no teniendo libre acceso el aire á la parte superior del vaso la presión H va disminuyendo y la diferencia de presión interior y exteriormente se hace nula.

La teoría dada del sifón es aplicable al funcionamiento de este aparato, cualquiera que sea el medio ambiente, siempre que la densidad del líquido trasvasado sea superior á la del fluido ambiente. Así, el sifón funcionará de la manera explicada si se emplea en el interior de un líqui do, el agua por ejemplo, para trasvasar mercurio de un vaso superior A á otro vaso inferior B. Pues si Py P son las presiones que se ejercen en las superficies de separación de los líquidos en A y B, h la diferencia de nivel de estas superficies y Dy d las densidades de los dos líquidos, la presión transmitida de abajo á arriba á la capa de líquido en el sifón, situada al nivel de la superficie de separación en A, es P; y la presión transmitida de arriba á abajo á la misma capa es PhD = P-h(D −d), que será menor siempre que D>d.

Si esta condición no queda satisfecha, el sifón funcionará en sentido inverso. Compruébase esto experimentalmente enlazando por un sifón dos vejigas que contengan agua, é introduciendo el conjunto en una cuba de mercurio. Se puede hacer también la experiencia por medio del petróleo y el agua con un aparato adecuado al objeto.

Para que el sifón funcione es preciso que esté lleno del líquido que se quiere trasvasar, y esto se consigue de diferentes maneras. Cuando la naturaleza del líquido y las dimensiones del sifón lo consienten, lo más sencillo y cómodo es hacer una aspiración por la extremidad que queda al aire libre ó de la rama larga, estando la otra extremidad introducida en el líquido que se quiere trasvasar. Para poder seguir este procedimiento cuando es peligroso ó incómodo que

el líquido llegue a la boca, llevan algunos sifones un tubo adicional adaptado á la parte inferior de la rama exterior, como se representa en la fig. 2, por el que se hace la aspiración, después de tapar el orificio de salida de esta rama

Figs. 2 y 3

larga. El tubo adicional lleva algunas veces hacia su parte media un ensanchamiento (fig. 3), donde el líquido sube muy lentamente, para evitar que no llegue á la boca, si se aspira muy bruscamente.

Cuando el sifón tiene grandes dimensiones hay que llenarle del líquido que se quiere trasvasar haciendo la succión por medio de una bomba ó echando este líquido en él por un orificio que lleva en la parte superior y estando cerrado en sus extremidades por medio de llaves dispuestas al efecto.

La velocidad de salida de un líquido, y por tanto la cantidad de éste, vertida en un mismo tiempo, será constante, siempre que la diferencia de nivel entre el orificio de salida y la superficie libre del líquido en el vaso sea constante. Para conseguir esto no hay más que poner un flotador á la rama del sifón que entra en el líquido y disponer el aparato de modo que pueda descender á medida que el nivel del líquido en el vaso baje, lo cual es realizable suspendiendo el sifón de un cordón que pasa por dos poleas y que mantiene tenso un peso un poco menos pesado que el sistema flotante.

El sifón tiene muchas aplicaciones en los usos ordinarios de la vida, en los laboratorios y fabricas, en las conducciones de aguas para salvar las elevaciones del terreno, etc., y su teoría explica algunos fenómenos muy notables, como el de las fuentes intermitentes.

El llamado vaso de Tántalo, aludiendo al castigo de este personaje mitológico, condenado á padecer una sed rabiosa teniendo los labios tan cerca del agua que casi la tocaba, y sin poder, sin embargo, satisfacer su desesperante necesidad, es una aplicación del sifón. Imaginemos un vaso (fig. 4) en el cual hay un sifón, una de cuyas ramas tiene la abertura cerca del fondo del vaso y la otra atraviesa este fondo. Si se echa agua en este vaso irá subiendo el nivel,

n

Fig.

manteniéndose éste el mismo dentro y fuera del sifón hasta que llegue á la parte culminante n, en cuyo caso el líquido caerá por la rama larga llenándola, siempre que el diámetro de ésta no sea muy considerable, y empezará á funcionar el sifón, por el cual saldrá todo el líquido del vaso. En lugar del sifón se emplea algunas veces un tubo recto que atraviesa el pie del vaso y que está recubierto por una campana estrecha que tiene en su parte inferior ligeras escotaduras por donde puede penetrar el líquido.

Désele al sifón una forma ú otra dentro del vaso, suele ir tapado por una figura que representa á Tántalo, dispuesta de manera que su boca quede á una altura muy poco superior à la de la parte más alta del sifón, pues así, cuando al echar el agua en el vaso llega ésta cerca de los

labios de la figura, empieza á desaparecer y bajar el nivel del líquido.

Existen en la naturaleza manantiales intermitentes cuyo juego se explica por el sifón. Se supone que la abertura por donde sale el agua al exterior comunica con una cavidad subterrá nea por medio de un conducto ó canal, formado naturalmente en el terreno, de la forma de un sifón. El agua que por filtración llegue à la cavidad va haciendo subir el nivel poco a poco hasta que llega á una altura igual à la de la parte más alta del conducto que hace de sifón. Entonces éste empieza á funcionar, y el líquido á correr. Si el agua que penetra en la cavidad es menos que la que sale por el manantial, el nivel del líquido en la cavidad ó depósito va bajando hasta que es inferior à la boca o entrada de la rama corta del sifón, en cuyo caso éste deja de funcionar y el agua de correr. Y no volverá á reaparecer el manantial hasta que con las lluvias y filtraciones entre agua bastante en la cavidad para llenar el canal ó conducto que hace de sifón.

La invención del sifón se atribuye generalmente á Heron de Alejandría, pero del estudio de los monumentos del antiguo Egipto, en los que figura este aparato, resulta que ya lo usaban los egipcios mil setecientos años antes de nues

tra era.

- SIFÓN: Carr., Ferr. é Hidr. Obra de fábrica ó hierro empleada en las vías de comunicación, como carreteras, ferrocarriles y canales, para salvar algunos cursos de agua. Cuando una vía de comunicación encuentra á su paso un curso de agua, pueden ocurrir tres cosas: que la corriente se halle á mayor, á igual ó á menor altura que la vía; en el primer supuesto, puede ocurrir que la altura del cauce sobre la vía sea tal que, conssuficiente para el paso de los vehículos que por truyendo una obra que cruce la vía, deje espacio la misma han de pasar, en cuyo caso se constru ye dicha obra, que se llama acueducto (V. ACUEDUCTO), ó que dicha altura sea insuficiente; en el tercer caso de los enumerados al principio puede suceder que la vía deje entre ella y el cauce espacio suficiente para establecer otra obra de condiciones más ventajosas que la que nos ocupa, y entonces á ella se acude construyendo una tajea, alcantarilla, pontón, puente ó grupos de estas obras (V. ALCANTARILLA, PONTON, PUENTE Y TAJEA); cuando la distancia entre la y vía y la corriente sea insuficiente para la colocación de una de las obras enumeradas, ó cuando cauce y camino se encuentran a igual altuia, procede, según la importancia y condiciones de la corriente, bien cruzar la vía por un badén (véase), bien hacer una tajea de pozo si el terreno lleva alguna inclinación transversal que lo consienta, ya llevar las aguas por la cuneta hasta buscar un desagüe natural, ya, por último, construir un sifón. Difícil por demás es fijar todos los casos en que procede la construcción de esta obra, de medianas condiciones de conser vación, pudiendo sólo un detenido estudio de los datos del problema determinar su conveniencia; pero desde luego puede asegurarse que en los casos en que hemos dicho que puede construirse será indispensable, cuando haya de conservarse la altura de la corriente, así como su caudal y posición, como sucede cuando el cauce que se encuentra al paso es una acequia de riego, y cuando no siendo posible ó conveniente llevar las aguas por una cuneta (véase), pueda huirse por este medio de un badén, de condiciones mucho peores que un sifón, para la circulación so

bre la vía.

El nombre de sifón que á las obras que vamos á estudiar se aplica es ciertamente poco apropiado, si se tiene en cuenta lo que esto significa en Física, pudiendo únicamente decirse que es un sifón invertido, compuesto de tres ramas, formando una U, en la que la rama inferior y la ascendente marchan siempre á boca llena, sin lo que el agua no podría salir, y la descendente también, en virtud de la teoría de vasos comu. nicantes, que no es ocasión de estudiar en el presente artículo; la rama ascendente puede te ner igual o menor altura que la descendente, lo que depende de la inclinación ó perfil transversal del terreno, y puede ser de fábrica ó de tubería de hierro, determinando la elección del sistema, en primer lugar, la carga sobre la rama inferior, de cuyo estudio nos ocuparemos al hablar de los sifones de las conducciones de agua (véa

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